viernes, 27 de enero de 2012





Publicado en Página 12, 17 de enero de 2012


Por Alejandra Rodríguez *

”Actuar con el pensamiento es propio de todos, por ende, de nadie en particular (...) En este sentido, nadie tiene derecho a hablar como intelectual, lo que equivale a decir que todo el mundo lo es.”
Jacques Rancière

El debate en torno de la figura del intelectual y su relación con el poder político es de larga duración. Esta tensión es reavivada por algunas situaciones que despuntan cada tanto en la escena pública; son ejemplo de ello en estos últimos días, la entrevista a José Pablo Feinmann en el diario La Nación y la aparición de Plataforma 2012, así como lo ha sido en su momento el cruce entre Vargas Llosa y Horacio González o la participación de Beatriz Sarlo en el programa televisivo 6,7,8.
Una de las características sobresalientes de este proceso político es justamente la aparición pública de los denominados y autodenominados intelectuales. A partir de esto nos permitimos reflexionar acerca de la condición del intelectual y su relación con la vida social, en tal caso, repensar esta denominación distintiva arraigada en el sentido común que les otorgamos a ciertas personas cuando las definimos como “intelectuales”.
Una primera aproximación al concepto “intelectual” admite la existencia de personas con determinadas características diferenciales en relación con otros. Ser un intelectual supone el ejercicio del intelecto, por lo tanto son intelectuales aquellos que trabajan con el pensamiento y las ideas. En muchos casos el término intelectual es utilizado como sinónimo de “académico”. Por otra parte, existe una idea romántica e iluminista en torno del intelectual, aquella persona que en soledad es capaz de gestar las ideas más brillantes y originales, por lo tanto es necesario que éste mantenga cierta distancia de la masa social, del poder político y de los medios masivos de comunicación para garantizar un pensamiento critico, complejo y original. La soledad es la garantía para que esto suceda. En esta línea, los intelectuales requieren del reconocimiento y valoración de sus ideas, y eso es legítimo, siempre que se considere que las ideas son propiedad de una cabeza ilustrada, reflexiva e iluminada.
En este sentido quisiéramos replantearnos esa posición frente a las ideas, ya que consideramos que éstas son productos de contextos socioculturales, de relaciones intersubjetivas y actos de comunicación que suceden entre las personas de una comunidad. Las ideas son sociales.
Los pragmatistas norteamericanos: Holmes, James, Pierce y Dewey, tenían diferencias personales y filosóficas, pero compartían una idea sobre las ideas, ellos creían que las mismas no están “ahí” esperando ser descubiertas, sino que son herramientas –como los tenedores, los cuchillos y los microchips– que las personas crean para hacer frente al mundo en que se encuentran.
Desde esta perspectiva todos somos intelectuales porque todos somos capaces de pensar; el pensamiento no es privativo de nadie, por más trayectoria académica que una persona posea. Este posicionamiento nos lleva a cuestionar la doxa, esa opinión que otorga autoridad a los intelectuales para intervenir en las cosas de la política. El proceso político transformador que estamos transitando necesita ser profundizado con constructores pensantes, por eso creemos que es necesario reconfigurar esa posición sostenida de que sólo aquellos habilitados y formados para pensar son los que pueden otorgar legitimidad o cierta claridad lumínica a los acontecimientos sociales. El tiempo que transcurre no necesita ser iluminado por los que piensan, como si fuesen una parte externa del mismo, un grupo de voyeurs hermeneutas, cuya racionalidad que sobrevuela el común de las personas es la indicada para develar y explicar el sentido de las contiendas políticas y culturales. El alumbramiento sucede en las múltiples expresiones comunicativas y en el carácter de autorreflexividad colectiva que los pueblos tienen producto de la experiencia social compartida.
En estas posiciones se dirime la sintonía fina de la disputa cultural del presente, un tiempo en el que la originalidad y la soledad del pensamiento (si es que esto fuese posible) no son valores primordiales. La generosidad de este momento político nos demanda la construcción de artilugios teóricos, discursivos y retóricos que sean interpelados en su aplicabilidad social, no para explicarles a los “no intelectuales”, ni para contribuir a la interpretación de lo que va sucediendo, sino para comprender colectivamente el devenir de este tiempo y el horizonte de nuestra experiencia. Esta comprensión de conjunto se construye en la vida social, no en la cabeza o la voluntad de una o algunas personas. La producción de igualdad es una tarea que nos debemos también en este sentido. Como sociedad nos queda el desafío de reinventar nuevos modos de producción de conocimiento, nuevos modos de pensar la relación entre el campo de las ideas y la experiencia social.


* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), integrante de Pensamiento Militante y Red Mujeres con Cristina.

viernes, 13 de enero de 2012

Este es el romance del pensamiento militante, de la aventura colectiva y unas pocas cosas más…

                                                                                       Publicado en www.pensamientomilitante.blogspot.com
Por  Alejandra Rodríguez


Mientras la política queda atrapada, muchas veces,  en el callejón (¿sin salida?) de la correlación de fuerzas, descuida que las disputas de este tiempo transitan también por el camino de las ideas y los sentidos. La lucha no se dirime solo por los espacios de poder.

Ahora bien, la monopolización del sentido no puede quedar en manos de unos pocos, porque somos muchos los que venimos siendo parte de la conversación social. La interpretación del tiempo que transitamos se enriquece con múltiples verdades y puntos de vistas y se empobrece en la pretensión de unificar lecturas, de polarizar las posiciones.

El pensamiento militante es pensamiento-acción, es una posibilidad que se despliega en el vínculo intersubjetivo, allí, cuando nos imbricamos. Es activo, transformador, se recrea permantemente en las conversaciones, en las lecturas, es abierto, se anima a la autocrítica, busca nuevos interrogantes, interpreta, complejiza, no se limita a la reproducción automática, es generador, co-productor de sentidos y prácticas.

El pensamiento militante no pretende “acompañar”, ya que esto supone mirar desde afuera, sino más bien “protagonizar” la revuelta de estos tiempos, ser parte de la masa descubridora de su potencia. El trabajo del pensamiento está en cruzar los puntos que se tejen con  los hilos de las palabras- apasionadas, imprecisas, balbuceadas – y con ellas trazar líneas, crear formas, sentidos y prácticas. El pensamiento no tiene dioses ni maestros iluminados que lo autorizan  a pensar, a qué pensar. La confianza y el motor están en la comunicación entre pares, en el entendimiento colectivo.

Quienes integramos este colectivo político no pretendemos ser la vanguardia de nada más que nuestras posibilidades, a las que no pensamos renunciar en el altar de la falsa antinomia: pensamiento o acción. La reposición del pensamiento en la experiencia política y social es tarea de todos, no se trata de privatizarlo ni confinarlo como propiedad de los que “piensan” en contraposición a los que “hacen”. Pensar es hacer, al comunicarnos accionamos, nos ligamos, hacemos lazo, nos ponemos en relación, construimos comunidad. Nuestro pensamiento es praxis, porque se anima a cuestionar lo instituido, a reflexionar más allá de lo que se presenta como inexorable, poniendo en duda el orden dado y el continente que organiza y estructura nuestra percepción sensible del mundo que habitamos.
  
Así lo decía nuestro compañero John William Cooke: “...la teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos inciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas”.

jueves, 12 de enero de 2012

La política que despolitiza
Las nuevas derechas globales: del espectáculo al corazón
Publicada en La Nave, revista de pensamiento político. Año 2 Nº 4. (Dic. 2011)

Por Alejandra Rodríguez
“Hay una estética de la política en el sentido
en que los actos de subjetivación política redefinen
lo que es visible, lo que se puede decir de ello
 y qué sujetos son capaces de hacerlo”.
Jacques Ramcière,[1]

Lejos de pensar en el fascismo italiano o la Alemania de Hitler, la reflexión sobre la relación entre totalitarismo y democracia cobra dimensiones significativas en el presente a la hora de pensar en la conformación de las nuevas derechas globales.
El surgimiento del empresariado en los asuntos políticos, una religiosidad espectacular que congrega multitudes, y el poder mediático,  son formas locales que adquiere la alianza entre capital financiero internacional, la economía modernizada y  las expresiones culturales religiosas. Sus estrategias políticas se orientan al debilitamiento de la democracia participativa y operan limitando el rol del  ciudadano al de espectadores ‘voyeur’,  dispuesto al entretenimiento o el fanatismo religioso mientras los ‘políticos’ y los ‘expertos’ se encargan de la cosa pública. Esto nos plantea la necesidad de pensar en los enigmas sociales de la sensibilidad e identificar las formas del enlace entre mundo  global y mundo privado. La pregunta por el status de las representaciones que definen a los nuevos sujetos y esas formas que operan sobre las subjetividades sociales se hacen visibles en las performances de pastores religiosos, empresarios devenidos políticos y personajes mediáticos.
Nos proponemos en éstas líneas un recorrido por algunos escenarios con sus personajes y discursos:
En la Avenida 9 de Julio, un mega escenario iluminado con una puesta en escena a lo Shakira u cualquier otra presentación de taquilla mundial, promocionado por una fuerte campaña publicitaria, con una estética de espectáculo y el eslogan "Buena música y Buenas noticias", hace su presentación Luís Palau, el pastor evangelista argentino nacionalizado en Estados Unidos. Lo acompaña una multitud de gente, seguidores fervientes a quienes les habla de valores éticos y religiosos. Según consta en su sitio oficial  ha sido orador ante más de 22 millones de personas en 22 países. Su dispositivo incluye congresos, seminarios y conferencias – festivales que alternan sus discursos con recitales de grupos musicales y cantantes populares.
En el televisor encendido de cada noche,  Marcelo Tinelli - el reconocido conductor televisivo y empresario, ex -relator de fútbol y devorador de alfajores enteros-  hace bailar a todos por un ¿sueño? La construcción mediático-popular de soltero codiciado y exitoso, conserva algo del pibe de pueblo, familiar y sensiblero, un tipo común qué con esfuerzo y trabajo llegó a ser famoso y millonario. En su programa la vida se resuelve “bailando por un sueño”, un sueño que solo es una excusa para el desfile de escenas bizarras, escandaletes novelescos y coreografías que tienen al cuerpo de la mujer como fetiche de atracción, todo recortado sobre el fondo de una superproducción televisiva.
En la Ciudad de Buenos Aires, el empresario Mauricio Macri llega a la Jefatura de Gobierno (elegido por el voto popular) luego de ser Presidente del Club Boca Juniors. Ofrece sus propuestas cual productos en el mercado, las que  acompaña con la promesa de trasladar su capacidad de éxito empresarial al terreno de lo público.  Su campaña recreada en la diversión de un pelotero de globos de colores, tuvo como eje de la estrategia comunicativa la apelación al ‘vecinalismo festivo’. Mauricio le habla a un electorado despreocupado de tomar partido o comprometerse por los asuntos comunes, un votante consumidor y autista.

El filósofo alemán Jürgen Habermas[2] describe un conjunto de valores que caracterizan a  la nueva derecha global, a saber: el ideal del hombre rico, emprendedor y eficaz;  la importancia del mérito personal, de la ‘diferencia’ como un bien superior; la política como una suma de ‘acciones exitosas’ y el rol de los ciudadanos organizando su intervención (cívica) en los asuntos públicos a través de un sistema de intercambio,  que equivale a un mercado. El pastor que oficia como portavoz de la civilidad, el empresario mediático y el candidato empresario encarnan estos valores y representan formas de identificación masivas como parte de la saga despolitizadora.
En Palau, la dosis de comunidad internacional se entrelaza con la situación personal de sus seguidores y se refuerza con la propia historia del pastor, referencia última para los congregados, le habla a lo “descarriados” para que sean personas de bien.  Esto decía al abrir el Festival en la  9 de Julio “La Argentina está viviendo un despertar espiritual seguido por todo el mundo a través de 40 mil computadoras encendidas. Dios está haciendo una obra grande en la Argentina. ¿Cuántos de los que está aquí son solteros o solteras? Yo sé  porque vinieron…están buscando novio o novia, por eso vinieron. Les recomiendo mi libro “Con quien me casaré”, está en todo los kioscos, cómprenlo, así se casan bien”.
Tinelli, reedita diariamente un contrato con sus telespectadores reafirmando al pibe de Bolívar - que podría ser cualquier televidente -  le habla al tipo común, al soñador. Por su parte, Mauricio con su discurso vecinalista, teñido de falsa armonía, se dirige al vecino molesto por los trapitos que cuidan los autos o por los manteros que complican el buen vivir de la Ciudad Autónoma: “Quiero decirles que cada día estoy más enamorado de esta Ciudad y decirles a todos los vecinos que voy a seguir tocándoles el timbre porque necesito escucharlos, que estemos cerca, que estemos unidos, porque Juntos Venimos Bien. Juntos Venimos Bien.”.

Esto discursos, apelan a la estrategia de la proximidad entre ellos y los que escuchan, intención que a la vez refuerza la distancia, la brecha entre los que miran y los que actúan. Distantes de la noción de igualdad, descansan en la idea de la individualidad, con un poder de convicción inédito que construye realidad y que tiene detrás apoyos sociales masivos. Un mix que combina la construcción espectacular con la dimensión singular, una forma de entrar (modelar) al mundo privado de las personas. Así, la derecha global, en tanto modelo del nuevo espíritu capitalista hace presente en cada momento de la vida social, de la comunicación y la opinión pública los procesos de globalización. Según Chantal Mouffe[3], su éxito se debe, por un lado, a la articulación de demandas democráticas reales que no son tomadas en cuenta por los partidos tradicionales y por el otro, a la eficaz consciencia que tienen de la “dimensión afectiva de la política”, de las necesidad de movilizar pasiones y cierta forma de esperanza, según la creencia de que las cosas podrían ser diferentes. Son ejemplos de ello el eslogan de  Francisco De Narváez  en la última campaña: “El cambio comienza un día” o el de Sebastián  Piñera en Chile cuyo jingle fue un cover “Quiero gritar que te quiero” - del grupo argentino Los Náufragos-   modificado a “Quiero gritar viva el cambio”. 
En este sentido, es necesario introducir en el devenir político una lectura en clave estética, entendida ésta como la forma en que se organiza nuestra percepción de la realidad, nuestra relación sensible con el mundo. Hoy, la pregunta por los enigmas sociales de la sensibilidad, por los mundos recombinados, resimbolizados,  es una pregunta estética más que política, ya que en esa percepción y organización se producen jeraquizaciones, se moldean subjetividades y se configuran los imaginarios colectivos. La disputa de estos tiempos se dirime en la manipulación de los estados de ánimo, en las ficcionalizaciones  de lo real, en la imposición de los imaginarios, en la puesta en escena, en lo que concierne al mundo privado, al inconsciente, a la imaginación, a la imagen y el montaje de los hechos y las cosas, es decir, territorio estético y político.


[1] Rancière, J., (2010), El Espectador Emancipado, Buenos Aires, Bordes Manantial.
[2] Habermas, J., (2004), Tiempo de transiciones, Trotta, Madrid.
[3] Mouffe, Ch., (2009), En torno a lo político. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.

sábado, 7 de enero de 2012

Amores

Por Alejandra Rodríguez

De regreso en el taxi, luego de compartir la charla con  mi amiga Laura Vaccari, me quedo sola con el taxista. Venimos por Av. Alem. Al pasar por el edificio del correo, comenta:
- Vió que hermoso está quedando, lo mandó a refaccionar Néstor porque su papá trabajaba en el correo. ¿Sabía usted?
- No, le contesto.
-Ahh, entonces seguramente no sabe que la mamá de Néstor es chilena y se conocieron en el correo, en el sur. Entre los teléfonos y las cartas. El se enamoró. Viajó a Chile y se casó. ¡Qué metejón!
-¿Y usted como sabe? le pregunté
- Me lo contó Néstor.
Me quedé en silencio. No quise saber más.
La noche hermosa. No esperaba un relato de amor. Un relato de Néstor.
Al llegar a destino y mientras me cobraba, concluyó: me llamo Juan Domingo, nací el 25 de mayo del '52, Perón es mi padrino. Este es el mejor gobierno que conocí, después de Perón, pero yo no soy fanático por eso a la mañana escucho a Magdalena y después a Víctor Hugo. Qué descanse señorita y que Dios cuide y bendiga a nuestra Presidenta.

Bellezas

Por Alejandra Rodríguez

En la sala de espera de la Clínica Modelo, una señora inicia el diálogo:
“¿Conocen la nueva clínica de la calle Roque Sáenz Peña?
No señora – contestamos.
Continúa: “Ayyy…es una belleza, una hermosura, los pisos brillosos, todo limpito, impecable…..y los médicos son divinos, hacen operaciones que son una belleza, todos jovencitos, no saben qué divino lugar. Le 'pasó el trapo' al Sanatorio Santa Rosa y a  esta Clínica. Es un lugar ‘espetacular’, tienen que ir a conocerlo. Es una hermosura. Además, el desayuno, parece 'norteamericano'”

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una mirada política sobre El Estudiante

  
Por Alejandra Rodríguez

El cine no está hecho sólo de imágenes, ya que como manifestación cultural contiene una enorme reproductividad de significados que involucran instituciones, productores, realizadores, críticos y espectadores. Las películas son representaciones que se inscriben en un contexto determinado, por lo tanto, la perspectiva estética y contextual permite establecer el correlato entre la película  y el presente. Este es el punto  que se intenta abordar en estas líneas.

El Estudiante,  es la ópera prima de Santiago Mitre,  un thriller político ambientado en la Universidad de Buenos Aires. El film recrea el mundo universitario y nos invita adentrarnos en él a través de la mirada de Roque, un joven que llega desde Ameghino, Prov. de Buenos Aires, para hacer una carrera universitaria e ingresa a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Motivado por el deseo amoroso hacia Paula (profesora y militante de Brecha)  participa de una reunión política,  en la que se debate acerca de la traición de un integrante de la agrupación. Roque, escucha en silencio, observa atentamente, hasta que propone como estrategia política “desenmascarar al traidor”. A partir de ese momento comienza el despliegue de su talento para las operaciones y la militancia. 
Con el paso del tiempo deja de estudiar, comienza a ganarse la vida haciendo encuestas  y ocupa su tiempo trabajando como “puntero” de Acevedo, profesor titular de una materia, jefe político de la agrupación y potencial Rector.

En un contexto sociocultural en el que la política se reinscribe en la experiencia social como una práctica colectiva y se reestrena con los rostros de las nuevas generaciones ¿Cómo situar El Estudiante? Un relato que reduce la política a la habilidad carismática de un joven con capacidad para la rosca,  con inquietudes poco definidas, alguien que puede manejar situaciones y voluntades colectivas. Mientras que en el presente la política implosiona como experiencia de todos,  en su dimensión antagonista, conflictiva pero fundamentalmente  como herramienta privilegiada de transformación, el universo recreado por el film es el de la operación y el miserabilismo político, aquel que sobredimensiona el talento individual para direccionar destinos colectivos.  No podríamos afirmar que esta dimensión de la política no exista,  pero no se puede tomar la película como una representación metonímica – la parte por el todo- de la política universitaria.  En este sentido cabe el siguiente interrogante ¿Cuál es el universo diegético evocado por el film? Nos preguntamos por ese universo interno creado por la historia, que está dentro de la narración y que los personajes experimentan. Si bien existen indicios que nos hacen situar la historia en el presente -los carteles con los rostros de  Mariano Ferreyra y de Néstor Kirchner que empapelan los pasillos de la universidad – la trama parecería referir más a la experiencia política de los 90, época en la que el relato moral funcionaba como contrapunto del neoliberalismo. Es en esta década que cierra lo que Acevedo les dice a los jóvenes de Brecha en una reunión política “el golpe moral es lo que más les interesa a ellos, la traición es la forma más común, de esta habrá miles”.

El Estudiante contiene en su lógica de producción y distribución un cuestionamiento respecto a la política estatal y a los criterios para el otorgamiento de créditos. Fue realizada sin subsidios del INCAA, de manera autogestiva, filmada en HD digital y producida en forma independiente con aportes de las productoras de Pablo Trapero y Mariano Llinás. Esto marca un posicionamiento explícitamente político. Pero, por otra parte, narra una historia que limita y empobrece la política, al presentarla como una práctica degradada, sosteniendo entre otras cosas la falsa antinomia “militar o estudiar”  ya que si militas, a la larga dejas de estudiar, ese el sentido común reforzado por la historia que se cuenta. El relato emerge proponiendo un nuevo paradigma en términos de la construcción del punto de vista, pero en la historia que plantea recrea los viejos y peores vicios de la práctica política universitaria.

El relato moral termina por absorber al relato político, en el final, la enunciación se sitúa allí.  Un final tranquilizador -una especie de happy end del cine clásico- una caricia para las almas bellas que piensan que la política se define en la decisión individual entre el bien y el mal.  El arco moral de la película presenta la disyuntiva entre la habilidad de un dirigente o su posición ideológica, así lo expresó el director en una entrevista televisiva. Ahora bien, ese dilema, ¿no es acaso un dilema puesto en agenda por la cultura neoliberal? que pregonó entre otras cuestiones,  el manejo de la cosa pública como tema personal y la realización individual por sobre los intereses colectivos. Porque si algo está ausente en el relato, es eso, un sujeto político colectivo empoderado. Las situaciones se dirimen en diálogos solitarios entre los que “manejan la cosa”.

La película de Santiago Mitre está realizada con virtuosismo formal, con una minuciosa mirada etnográfica del mundillo universitario y con buenas actuaciones. Se ubica dentro de la saga de películas del denominado nuevo cine argentino[1], aquel que tiene sus orígenes con Historias Breves I en el año 1995  y que fue realizado por una nueva generación de cineastas que a partir de los años 90 producen un corte y una renovación en el cine argentino. Este nuevo cine que surge en el auge de la plena vigencia del neoliberalismo, tiene entre sus principales características la multiplicidad de estéticas y la pluralidad de miradas.  En los 90, estos cineastas se inclinaban por contar relatos por fuera del “relato neoliberal” al que era más afín sin dudas el cine comercial. Por otra parte, este cine mantuvo con el cine argentino de los 80 una ruptura expresada fundamentalmente en el rechazo a contar historias ancladas en la demanda política e identitaria. 

Las películas se producen y recepcionan en un determinado contexto social, cultural y en un tiempo concreto. El nuevo cine argentino en la década del 90 tuvo que asumir los cambios de un mundo que ya no era el mismo, demostrando de este modo su apertura al presente. El tiempo hoy es otro y necesita ser reinventado, ese es el gran desafío para las nuevas generaciones. Reinventar es también construir relatos para nuestro tiempo.  Como dice un de los personajes del film: “Abrí lo ojos, la política cambió chabón”.  



[1] Vale la aclaración de que el primer nuevo cine argentino surgió en la década del 60, conocido también como la Generación del 60`

A propósito de Videocracy


Publicada en La Nave, revista de pensamiento político. Año 2 Nº 3. (Julio 2011)


Meno male che Silvio c’é! 
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El Realismo italiano

Por Alejandra Rodríguez


Al comienzo, imágenes en blanco y negro de un bar, se trata de un programa nocturno de preguntas de la televisión comercial italiana, en el cual los televidentes llaman y si aciertan las respuestas, una mujer con el rostro tapado  comienza a desnudarse. Las fábricas de la zona se quejaban porque los obreros llegaban  dormidos a trabajar al quedarse hasta altas horas de la noche frente al televisor. Este programa de la década del 70, era el comienzo de la televisión berlusconiana y el inicio de la revolución cultural en Italia. 

Videocracy, el documental del italiano Erik Gandini  analiza la acumulación de poder que ha experimentado la televisión en Italia durante los últimos tres decenios y de cómo influye intensamente en los comportamientos de la población. Gandini se centra en el imperio mediático de Silvio Berlusconi y en los estrechos vínculos entre intereses políticos y televisivos. 

Con variadas imágenes de archivo, construido con una estética fragmentaria, televisiva,  el director toma como eje de la narración al primer ministro italiano, pero también nos cuenta la vida de otros personajes que dan una pincelada amplia sobre la conformación del imaginario cultural italiano. La historia de Ricky, “aspirante a estrella”, un karateka veinteañero cuyos ídolos son Van Damme y Ricky Martín - de quien se sabe todas las canciones - y sueña con ser una estrella de la televisión para lo cual destina gran parte de su vida a hacer castings mostrando su show que combina ambos personajes. La paleta la completan: el paparazzi Fabrizio Corona, un fotógrafo que chantajea gente famosa y que a través de su particular profesión puede provocar el derrumbe o el triunfo de cualquiera; el relacionista público y amigo de Berlusconi Lele Mora -fanático de Musolini  que tiene en su iPod el himno fascista “Camicia negra” – un bonachón cuya figura se recorta en el blanco estridente de las paredes y objetos de su lujosa mansión de la costa sarda; por último, Fabio Briatore, el director de la versión italiana de Gran Hermano que define uno de los aspectos más sobresalientes de la televisión italiana “mujeres prósperas, saludables, semidesnudas, de senos grandes, luces, colores” . A través del recorrido por estas cuatro historias de personajes masculinos, se muestra la trama cultural de una sociedad en la cual las mujeres - que ocupan el centro del relato - se desnudan, cantan, bailan y acompañan a los hombres. En el documental se cuenta, que en Italia el 80 % de las mujeres  sueña con ser una Veline  (gatita) de la televisión, tener dinero y casarse con un futbolista millonario.
Al final, el dato que aporta el documental, es escalofriante, también el 80 % de los italianos creen que la realidad es lo que muestra la televisión y  que la libertada de prensa en Italia es inexistente.

A finales de agosto de 2009 la cadena pública RAI y Mediaset, controladas por Berlusconi, han declinado retransmitir el tráiler de Videocracy.
El film, nos abre la reflexión acerca de la tendencia mundial a que candidatos empresarios mediáticos poderosos  sean propuestos y elegidos en elecciones democráticas. Por un lado, es sabido que los discursos audiovisuales son los discursos imperantes de nuestra época actual y que a través de la naturalización de sus representaciones construyen identidades operando sobre el imaginario colectivo y sobre las subjetividades. Las sociedades han sido moldeadas más por la naturaleza de los medios con los que se comunican sus integrantes que el contenido mismo de la comunicación. Como diría el teórico Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”. En la Italia actual la realidad se construye en la televisión. A quienes han crecido con esa televisión se les ha implantado una experiencia de vida.  

Por otro loado la cultura política globalizada ha construido una nueva asimilación del discurso de derecha, haciendo presente en cada momento de la vida social, de la comunicación y la  opinión pública los procesos de globalización.  En la actualidad, la puesta en escena de la política ha adquirido una relevancia inédita. Las formas modernas de comunicación política no promueven el contacto físico con el candidato- práctica sostenida por las formas tradicionales - sino que por el contrario, apuestan al contacto virtual y mediático entre candidatos y electorado. “Desde hace más de dos décadas, la cantidad de personas que buscan respuestas a sus interrogantes políticos en la televisión ha crecido en la misma proporción que ha disminuido el número de aquellos que las buscan en los comités partidarios”[1]

El documental nos muestra la simbiosis entre poder político y televisión. En Italia el presidente de la televisión es el presidente del país: “la vida puede ser maravillosa como en mis canales de televisión” dice el primer ministro sobre imágenes de chicas semidesnudas, avivadores de aplausos y conductores riéndose. Fabio Bricatore, explica que cuando el ministro va a hablar en cadena hay que terminar los programas antes de horario, cuestión de no dar tiempo a que los televidentes hagan zapping. Por otra parte, un spot de campaña de Berlusconi nos muestra a decenas de bellas mujeres – profesionales, amas de casa, mujeres modernas – que cantan su lealtad al hombre providencial, reiterando en cada estrofa “meno male che Silvio c’é” (suerte que Silvio está). Podríamos trazar una versión argentina sobre el poder de los monopolios mediáticos – políticos y recordar el triunfo de Francisco De Narváez en la provincia de Buenos Aires. Sucedió en el 2008, con el “alica – alicate”  como muletilla de fondo cada noche en el programa televisivo ShowMatch. Cualquier parecido con Videocracy ¿será producto de la casualidad?

El advenimiento del empresario en los asuntos públicos, desde la caída del muro de Berlín, es una variable que poco se tiene en cuenta a la hora de pensar el vacío ideológico de las ciudadanías contemporáneas. En un momento de retorno de  la política en America Latina, pensar la televisión sólo como una mera mercancía es desconocer la importancia vital que tienen en la configuración de las mentalidades y en la producción de subjetividad.






[1] G.M, Pandiani,  Marketing Politico, Ugerman  Editor, 1999, Bs.As.