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viernes, 23 de noviembre de 2012


Página/12


  Publicado en Página 12 el viernes 23 de noviembre de 2012


 Por: Alejandra Rodríguez*

Las manifestaciones del 13S y el 8N, que congregaron un número importante de personas sin liderazgos o estructuras políticas definidas, se presentan como acontecimientos que invitan a pensar los límites y alcances de la política en el presente.
En ambas manifestaciones se expresaron distintos reclamos: el de la inseguridad, la inflación, la libertad de expresión y otras demandas parciales alternadas con frases y cánticos reaccionarios y con apelaciones a la soberbia en el estilo de gestión y a la poca capacidad de escucha por parte del Gobierno. No estuvieron presentes entre las demandas la aparición con vida de Julio López o la reforma de una política tributaria, entre otras. Fue una marcha de los sectores medios, aquellos que, paradójicamente, gracias a medidas políticas implementadas por el gobierno nacional, han aumentado en el último tiempo su capacidad de consumo. Esto, más allá del rótulo fácil que supone decir “no sé de qué te quejás, si a vos no te va mal”, es algo que debe ser problematizado, formulando preguntas que ayuden a comprender cuáles son los resortes que se mueven entre esas subjetividades políticas, aunque no se compartan sus razones.
Una de las críticas que se les hace a los manifestantes es la de no tener representatividad. Ser disconformes sin proyecto, sin partido político, sin líderes que los representen, lo que supone –desde el punto de vista de quienes esgrimen estos argumentos– que carecen de legitimidad en términos políticos. En ambas marchas se levantaron múltiples slogans, si bien algunos estuvieron más cercanos a reclamos de corte liberal que a expresiones de los sectores populares, debemos reconocer que la multitud que salió a la calle no integra un grupo de fascistas destituyentes organizados. Instalar este relato empobrece la comprensión de lo sucedido y supone no querer escuchar ni ver en su amplia dimensión lo acontecido. Nadie podría negar que existió una dimensión organizativa y que las corporaciones mediáticas hicieron lo suyo, sobretodo en el 8N, ya que el 13S tuvo un carácter más espontáneo, pero lo que tampoco se puede negar es que se trató de una expresión de descontento ciudadano. Muchos de ellos manifestaron su disconformidad con la actual representación política, no sólo del gobierno nacional, sino también de la dirigencia en su conjunto. Si algo caracterizó a los manifestantes fue su carácter de “no representados”. Pero la política no sólo es la manifestación de sujetos representados con un claro liderazgo o ciudadanos que votan en los comicios. La política es también esa irrupción, aunque sus voces resulten antipáticas. Reconocerlas supone tener una mirada amplia y plural sobre la democracia. No como negación, indiferencia o mediante la rotulación simplista que ve en ellas sólo expresiones antipopulares o destituyentes. Explicaciones tranquilizadoras para quienes se sitúan en la vereda de enfrente, pero poco constructivas como lectura política ya que, lejos de dimensionar su complejidad, la simplifica. Resulta más sencillo ver a los manifestantes con el prisma de estereotipos variados de los más retrógrados y así diferenciarse de ellos, que asumir la tarea incómoda de formular preguntas acerca de sus porqué, aquello que los moviliza y los motivos de su descontento. Allí donde se anteponen explicaciones se pierden posibilidades de entender. En vez de hacer la constante reafirmación metonímica de tomar la parte por el todo y de adoptar explicaciones dicotómicas, convendría intentar una escucha atenta, proponerse ver la imagen en su compleja composición, con sus matices y sus grises.
Las subjetividades políticas se labran día a día en la experiencia social y en la posibilidad de verificar el efecto de la política en las propias vidas, por lo tanto no se pueden subsumir al voto ni suponen que exista una representación directa entre ellas y los comicios. Asumo entonces este ejercicio dialéctico que demando y pregunto: ¿qué tipo de subjetividades políticas son las que se están labrando en la experiencia social? ¿Qué hace la política para no ser sólo el voto obligatorio o la marcha heterogénea, desarticulada y reaccionaria? ¿Qué hace la política para incluir estas disidencias en el marco de un proyecto? ¿Qué nos están diciendo estas movilizaciones? ¿Qué sucede allí donde implosionan estas expresiones que surgen por fuera de la política representativa? La lectura de la realidad debería suponer interpelaciones y volver en forma de preguntas sobre la política, así se fortalece la experiencia democrática.

* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior.

sábado, 8 de septiembre de 2012



Página/12


Publicado en Página 12, 08 de septiembre de 2012.
EL PAIS › OPINION

La pluralidad parcial

Por Alejandra Rodríguez *

Desde hace un tiempo sostengo que las condiciones actuales de los debates políticos se inscriben bajo el imperio de la lógica binaria. Estos se presentan en una encrucijada difícil de resolver, ya que resulta complejo definirse kirchnerista y criticar alguna medida del Gobierno, o no serlo y defenderla.

La idea principal que quisiera poner en cuestión, a partir del debate surgido en estos últimos días, es la falsa antinomia que plantean quienes sostienen que oponerse al imperio de la lógica binaria supone ser un adherente de la “pospolítica”, una política sin antagonismos que elimina la dimensión conflictiva. Alimentar esta contraposición es un razonamiento, al menos, reduccionista. No es posible la política sin conflicto, sin correlación de fuerzas, sin lucha de intereses, sentidos e interpretaciones de los hechos. Pero reconocer su dimensión antagónica no supone encasillar los conflictos en dos campos definidos: kirchnerismo–antikirchnerismo. Justamente porque esos conflictos y esos intereses son múltiples, complejos, simplificamos su comprensión cuando intentamos polarizarlos. Reconocerlos en su pluralidad supone tener una visión democrática de la política. Si nos denominamos plurales, no podemos serlo de manera parcial, es necesario ser plurales no sólo para hablar de las conformaciones heterogéneas de las sociedades modernas, ésa es una lectura que le corresponde a la sociología. La pluralidad en términos políticos supone reconocer la complejidad de los múltiples conflictos sin etiquetarlos compulsivamente en derecha-izquierda, progresista-liberal, etcétera.

Restringir la mirada plural contribuye a la emergencia de un discurso hegemónico que construye en un “otro” antagónico a cualquiera que no acate en bloque las medidas del oficialismo y acusa de traidor y opositor al que señale cualquier contradicción entre las políticas y las prácticas y la lógica del modelo que se pretende defender. En muchos casos, el discurso hegemónico choca con las prácticas concretas de los sujetos que lo fogonean y reduce el pluralismo a la antinomia.

Ahora bien, la lógica binaria en la polarización política se reproduce en la circulación de las ideas, en los murmullos de la gente, eso que puede parecer intangible es una dimensión sustantiva de la vida en democracia, el caldo de cultivo en el que la política se alimenta y se construye cotidianamente. Es importante escuchar qué sucede en esos territorios. No se es menos kirchnerista por hacer esa escucha atenta. En este sentido, pregunto: ¿es posible reconocerse protagonista y constructor del proyecto nacional y popular en marcha, no identificarse con la oposición política ni con las corporaciones mediáticas, pero tener puntos críticos y desacuerdos con el kirchnerismo?

Algunas posiciones argumentan que el pluralismo lógico de toda sociedad no es incompatible con un reagrupamiento dentro de bloques más homogéneos que pretendan alcanzar cierta hegemonía política. Esta postura intenta trazar una línea divisoria de dos polos político-ideológicos: los neoliberales, que sostienen que las ideologías terminaron con el fin de instalar un neoliberalismo hegemónico, y los progresistas, que pretenden no dejarse engañar por este discurso. El pluralismo pretendido sería desde esa óptica apenas un argumento engañoso para instalar una visión o mirada unívoca sobre lo social. Nada invalida que las posiciones políticas puedan reagruparse, pero el que sean dos bloques, y no tres o cuatro, es arbitrario. Pero si aún todos coincidiéramos en que la línea divisoria está trazada “objetivamente” entre liberalismo-progresismo, este reagrupamiento de identidades sólo sería conciliador de la multiplicidad si se las reconociera y no se las invalidara. Lo más grave de todo es que la díada etiquetadora de derecha-izquierda, y de buenos y malos, lleva a asignar la etiqueta más solapada de amigo-enemigo.

Entonces, ¿es posible admitir prácticas plurales cuando la política es comprendida como una guerra, donde el que piensa diferente es etiquetado y convertido en un enemigo que debe ser combatido? La política tiene su cuota de disputa, sería imposible negarlo, pero una cosa es disputar en la diferencia reconocida, en el intercambio, y otra en la negación y el rotulamiento, tanto dentro como fuera del mismo espacio político.

Desde esta lógica, toda crítica al gobierno progresista es considerada una crítica de derecha, neoliberal, del enemigo o bien de un alma bella dedicada al análisis teórico y abstracto que desconoce la esencia misma de lo político. No cabe otra opción dentro del pensamiento binario etiquetador. Se pretende ingenuidad o mala intención allí donde hay crítica o disidencia. No, no idealizo a la política, sé de su espíritu de contienda, pero aquí no se trata de eso, sino de dónde y cómo se trazan los campos de “lucha” y de qué modo esa línea grotesca inhibe el desarrollo de nuestra cultura política.

* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de Educación Superior.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Sobre el imperio de la antinomias...


Entrevista que me hicieron en el programa radial "Rios de Tinta Tigres de Papel" el domingo 13 de agosto, luego de la publicación de mi artículo "El imperio de las antinomias" en el diario La Nación.


http://arinfoaudios.homeip.net/entrevistas/alejandrarodriguez.mp3


jueves, 9 de agosto de 2012



Jueves 09 de agosto de 2012 | Publicado en edición impresa


El imperio de las antinomias

Por Alejandra Rodríguez  | Para LA NACION

En los últimos tiempos, el debate político se ha tornado complejo, empobrecido en una encerrona de la que resulta difícil desmarcarse. El escenario social y cultural que se presenta como continente se delimita entre dos campos definidos: el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Tal es así que resulta casi imposible reconocerse kirchnerista y criticar alguna medida del Gobierno, o bien no serlo y defenderla. El kirchnerismo y el antikirchnerismo funcionan como lugares desde los que se pueden anticipar y explicar los comportamientos, las intenciones y los efectos de las palabras. De modo tal que las opiniones se ven condicionadas a priori en una suerte de lógica antinómica mediante la cual se está de un lado o del otro.
En un programa televisivo por Canal Encuentro, Adrián Paenza nos recuerda que el sistema binario está incorporado en nuestra vida cotidiana como forma de proceder para interpretar el mundo que nos rodea y que podemos escribir con 0 y 1 cualquier número hasta el infinito, así como codificar textos e imágenes. Ahora bien, ¿qué pasa cuando trasladamos esta lógica a la política? ¿Qué sucede si utilizamos la lógica de los sistemas binarios a la hora de abrir los debates? Es ahí donde la matemática encuentra sus límites ya que no alcanza como herramienta para la comprensión o la argumentación política. Por definición, la lógica de los sistemas binarios supone imaginar un escenario dividido en dos con la grave consecuencia de poner de un lado todo lo que no está del otro. Entonces, el destino del debate de ideas resulta inexorablemente empobrecido.
La coyuntura política viene marcando la agenda de debate público, para el que debemos pagar -a modo de peaje- con una toma de partido por una u otra posición antes de abrir diálogo alguno. De este modo, nuestras argumentaciones quedan encasilladas en algún lugar del tablero. La dicotomía se impone sobre el juicio reflexivo, aquel que se caracteriza por constituirse como juicio con otros, entre otros. Entonces, la palabra termina siendo ruido y el diálogo un "como si", porque dialogar supone estar dispuestos a pararnos en el lugar del otro, no para pensar como él, pero sí para incorporar su punto de vista, para conocer sus valores, sus razones e incluso para reafirmar las propias posiciones. El diálogo político supone la voluntad de desplazar las certezas, a riesgo de que éstas se vean modificadas; se trata de buscar el entendimiento aun en el desacuerdo.
El debate y el intercambio de ideas son condimentos indispensables para el fortalecimiento de la vida democrática, porque la democracia no se garantiza con un porcentaje determinado de votos, al menos, no, la democracia real, aquella que se sostiene con una ciudadanía activa, participante, dispuesta al ejercicio de la palabra y a la verificación constante de las elecciones y decisiones.
Es imposible pensar la búsqueda de entendimiento y la profundización de los procesos de transformación social sin incorporar la crítica, y ser críticos no significa desconocer lo avanzado o estar "en contra de"; es importantísimo consolidar los logros conseguidos, pero esto no debe imposibilitarnos para revisar los pasos que seguimos dando, ni el replanteo de ideas, ni dejar de lado la capacidad autorreflexiva.
Mucho se habla del cambio cultural como un desafío de este tiempo, y sin duda se vienen dando avances muy importantes en este sentido, pero la cultura se transforma cuando incluye. Y una inclusión que no debe ser excluyente en ninguno de los aspectos que hacen a la vida en comunidad. Nos distanciamos de las posibilidades del cambio cultural cuando excluimos de antemano o rotulamos al que no piensa igual que nosotros o cuando agudizamos las confrontaciones bajo la concepción simplista de un "ellos" vs. un "nosotros". La pregunta que nos formulamos es si seremos capaces como sociedad de avanzar hacia la superación de la concepción binaria de la política.
Sabemos que cuando las corporaciones mediáticas hegemonizan la interpretación de los acontecimientos sus consecuencias son negativas en el seno de la vida social, sucede también lo propio cuando se hegemoniza la experiencia política, invalidando aquello que no entra en el molde. Tal vez venga bien recordarnos que los proyectos políticos y las transformaciones sociales son el resultado del trabajo de conjunto, nunca son propiedad de algunas agrupaciones, espacios o personas, aunque sean estos dinamizadores, gestores o representantes elegidos por el voto popular. La construcción de un país inclusivo para todos no es privativa de quienes militan en un espacio determinado o de quienes ocupan cargos en el poder superestructural. El proyecto nacional, con sus logros y desafíos pendientes, es propiedad, construcción y responsabilidad de todos.
© La Nacion.

viernes, 27 de enero de 2012





Publicado en Página 12, 17 de enero de 2012


Por Alejandra Rodríguez *

”Actuar con el pensamiento es propio de todos, por ende, de nadie en particular (...) En este sentido, nadie tiene derecho a hablar como intelectual, lo que equivale a decir que todo el mundo lo es.”
Jacques Rancière

El debate en torno de la figura del intelectual y su relación con el poder político es de larga duración. Esta tensión es reavivada por algunas situaciones que despuntan cada tanto en la escena pública; son ejemplo de ello en estos últimos días, la entrevista a José Pablo Feinmann en el diario La Nación y la aparición de Plataforma 2012, así como lo ha sido en su momento el cruce entre Vargas Llosa y Horacio González o la participación de Beatriz Sarlo en el programa televisivo 6,7,8.
Una de las características sobresalientes de este proceso político es justamente la aparición pública de los denominados y autodenominados intelectuales. A partir de esto nos permitimos reflexionar acerca de la condición del intelectual y su relación con la vida social, en tal caso, repensar esta denominación distintiva arraigada en el sentido común que les otorgamos a ciertas personas cuando las definimos como “intelectuales”.
Una primera aproximación al concepto “intelectual” admite la existencia de personas con determinadas características diferenciales en relación con otros. Ser un intelectual supone el ejercicio del intelecto, por lo tanto son intelectuales aquellos que trabajan con el pensamiento y las ideas. En muchos casos el término intelectual es utilizado como sinónimo de “académico”. Por otra parte, existe una idea romántica e iluminista en torno del intelectual, aquella persona que en soledad es capaz de gestar las ideas más brillantes y originales, por lo tanto es necesario que éste mantenga cierta distancia de la masa social, del poder político y de los medios masivos de comunicación para garantizar un pensamiento critico, complejo y original. La soledad es la garantía para que esto suceda. En esta línea, los intelectuales requieren del reconocimiento y valoración de sus ideas, y eso es legítimo, siempre que se considere que las ideas son propiedad de una cabeza ilustrada, reflexiva e iluminada.
En este sentido quisiéramos replantearnos esa posición frente a las ideas, ya que consideramos que éstas son productos de contextos socioculturales, de relaciones intersubjetivas y actos de comunicación que suceden entre las personas de una comunidad. Las ideas son sociales.
Los pragmatistas norteamericanos: Holmes, James, Pierce y Dewey, tenían diferencias personales y filosóficas, pero compartían una idea sobre las ideas, ellos creían que las mismas no están “ahí” esperando ser descubiertas, sino que son herramientas –como los tenedores, los cuchillos y los microchips– que las personas crean para hacer frente al mundo en que se encuentran.
Desde esta perspectiva todos somos intelectuales porque todos somos capaces de pensar; el pensamiento no es privativo de nadie, por más trayectoria académica que una persona posea. Este posicionamiento nos lleva a cuestionar la doxa, esa opinión que otorga autoridad a los intelectuales para intervenir en las cosas de la política. El proceso político transformador que estamos transitando necesita ser profundizado con constructores pensantes, por eso creemos que es necesario reconfigurar esa posición sostenida de que sólo aquellos habilitados y formados para pensar son los que pueden otorgar legitimidad o cierta claridad lumínica a los acontecimientos sociales. El tiempo que transcurre no necesita ser iluminado por los que piensan, como si fuesen una parte externa del mismo, un grupo de voyeurs hermeneutas, cuya racionalidad que sobrevuela el común de las personas es la indicada para develar y explicar el sentido de las contiendas políticas y culturales. El alumbramiento sucede en las múltiples expresiones comunicativas y en el carácter de autorreflexividad colectiva que los pueblos tienen producto de la experiencia social compartida.
En estas posiciones se dirime la sintonía fina de la disputa cultural del presente, un tiempo en el que la originalidad y la soledad del pensamiento (si es que esto fuese posible) no son valores primordiales. La generosidad de este momento político nos demanda la construcción de artilugios teóricos, discursivos y retóricos que sean interpelados en su aplicabilidad social, no para explicarles a los “no intelectuales”, ni para contribuir a la interpretación de lo que va sucediendo, sino para comprender colectivamente el devenir de este tiempo y el horizonte de nuestra experiencia. Esta comprensión de conjunto se construye en la vida social, no en la cabeza o la voluntad de una o algunas personas. La producción de igualdad es una tarea que nos debemos también en este sentido. Como sociedad nos queda el desafío de reinventar nuevos modos de producción de conocimiento, nuevos modos de pensar la relación entre el campo de las ideas y la experiencia social.


* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), integrante de Pensamiento Militante y Red Mujeres con Cristina.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Miradas al Sur - Generaciones Políticas

Año 4. Edición número 170. Domingo 21 de agosto de 2011


Por Exequiel Siddig


 
Referentes intelectuales de treinta y pico proponen un espacio para pensar la política argentina por fuera de la militancia verticalista, con eje en la recuperación del Estado y pensando el kirchnerismo después de Cristina.

En los ’90, después de que la perestroika derribara el Muro que iba “de Stettin en el Báltico, a Trieste en el Adriático”; después de que la CNN proyectara la primera guerra estilo videogame en Irak; con el primer film de Ben Stiller, Reality Bites, Winona Ryder se convirtió en icono de una generación perdida. Así como en los ’80 la economía en América latina se había “perdido”, en la década posterior la eterna y vieja juventud preglobalizada había entrado en un laberinto y se había convertido poco menos que en un zombi colectivo. Winona, efigie curda y nihilista, entraba y salía de la comisaría del condado como un penitente.
Aquel era uno de los relatos hegemónicos que cundieron para los nacidos durante los ’70, quizás los años más hoscos de la Guerra Fría. Al menos para el Cono Sur. Se decía, pues: los jóvenes” (de los ’90) son “apáticos”. No hay nada que los levante, salvo el porno o los excesos sin causa con las drugs y el rocanrrol. En Argentina, el desprecio generacional hizo síntoma en un conjunto de acontecimientos económicos e ideológicos, tanto mundiales como locales. Por un lado, la rauda destrucción de la educación pública, pergeñada por el Consenso de Washington; la precarización laboral, expresada en las pasantías no rentadas (para los universitarios) y en el negreo (para los jóvenes del bajo fondo).
Por el otro lado, a falta de un cuentito trascendental y aglutinador (“el fin de los grandes relatos”), o por la carencia de “maestros” que se hicieran cargo de la posta, aquella juventud habría padecido un retraso en la madurez política, más allá de su atrincheramiento módico y titilante en la resistencia universitaria o en la loable militancia caritativa en pos de sostener una malla social que venía en descomposición.
Con el kirchnerismo, y definitivamente luego de la muerte de Néstor Kirchner, esa generación se desflora hoy en la arena pública asumiendo una militancia que –a grandes rasgos– abreva en un gestus propio de los ’70, pero con un contenido ideológico que repica en la caída y rebote del 2001. En el debate sobre esa generación, con los militantes de La Cámpora vueltos a la gestión pública y como pilares de la presunta reelección de Cristina, se impone la pregunta sobre si a esa muchachada le da el piné para convertirse en una Generación Política. Sobre si podrá desmarcarse del “estrago paterno” y conjurar un sentido de la política más aproximada a sus biografías y a sus obsesiones. En definitiva, si de cara al futuro, podrá usar a la actual Presidenta para crear una cultura política más parecida al siglo XXI.
El debate que sigue está inspirado en la producción textual del colectivo Pensamiento Militante (pensamientomilitante.blogspot.com), y una mesa redonda organizada el 4 de agosto pasado por el think tank nac&pop Generación Política Sur (GPS, www.generacionpoliticasur.org). Todos los consultados nacieron en los años ’70.
Desbordar lo político. El plato fuerte radica en la sombra que ejerce el retorno de la Generación de los ’70 con la fuerte impronta que el primer gobierno de Néstor Kirchner concedió a los derechos humanos. “Se puede retomar una memoria, pero no creo que pueda hacerse un puente de conexión política entre el 2001 y los ’70”, tercia Nicolás Freibrun, politólogo y coordinador del área de Identidades y Procesos Políticos de GPS. “Lo que esta generación tiene poco problematizado es un debate político conceptual de aquellos elementos que hoy con el kirchnerismo son fundamentales. Por ejemplo, ‘recuperar el Estado’. ¿Qué es afectar la maquinaria estatal para que la sociedad sea mejor? ¿Qué significa trabajar para el Estado? Articular una voz generacional es generar una agenda de problemas: tanto temas como prioridades. Y es importante fijar una agenda que traspase el tiempo del kirchnerismo: la riqueza, la hegemonía, los periodistas y los intelectuales.”
Amílcar Salas Oroño es doctor en Ciencias Sociales y especialista en América latina. Durante los ’90, se fogueó en la agrupación universitaria El Mate. Al contrario de Freibrun, Salas Oroño teje otra continuidad histórica. “Pondría a una Generación en términos de una cultura militante. Es muy claro en el pasaje que hay con los hijos del peronismo en los ’60 y ’70, una generación intensamente política. Había un campo cultural posibilitado, por un lado, por ciertos libros claves y maestros referentes, y por el otro por cierto vínculo con lo laboral-sindical. Los hijos de la Generación de los ’70 aparecen en el 2001. Y el problema de entonces eran las ideas: los hijos de los ’70 tenían una visión antipoder. Había mucha energía militante, pero en un contexto que no potenciaba su expresión política: había que hacer asistencia social, patear mucho, adaptarse al contexto maltrecho. Era una militancia ‘reparadora’. La forma como se constituye esta generación es a partir de la contención, sin un pasaje articulado hacia la política.”
En cambio, hoy el poder ha dejado de ser un tema tabú para esta generación. “Hoy, hay una idea positiva del poder, no tan resistente ni tan foucaultiana”, completa Freibrun. “Los del kirchnerismo no son los hijos de nadie”, dice Salas Oroño. “No hay una experiencia compartida entre Boudou y un pibe de 16 años y el Canca Gullo. Ahora, todos quieren encontrar algo nuevo, ahí. Y lo interesante es que esa idea se instala: los jóvenes entonces ‘participan de la política’, tienen que gestionar en el Estado, tienen que estar ‘incluidos en un proyecto’.”
Para Martín Rodríguez, “la gran dificultad de la Generación del kirchnerismo es introducir novedades: pensar los faltantes más allá de la gestión”. Rodríguez es un militante del kirchnerismo de la primera hora; escribe en el suplemento Ni a palos. “La canonización de los ’70 es un problema. En los ’90, empezaba a haber una vinculación más crítica con los ’70 que se cortó en la última década. Incluso la apertura de los Juicios permite una profundización de la verdad histórica que no divida entre buenos y malos, sin sentir que le hacés el juego a una impunidad. El kirchnerismo en ese sentido introduce el lenguaje de los ’70, pero por suerte en un contexto que necesariamente no puede incluir la destrucción del Otro. Y ese también es un problema discursivo para el kirchnerismo.”
“En el corazón de la juventud kirchnerista confluye una suerte de experiencia común que estuvo activa durante los ’90, previa a Néstor –sigue Rodríguez–. Y en ese sentido, son los que de algún modo mejor interpretan una parte del sentido histórico del kirchnerismo. Esa especie de herencia que se juega entre los ’70 y hoy. Paradójicamente, mientras el kirchnerismo es una experiencia en el corazón del aparato peronista, construye una herencia simbólica con la militancia de las agrupaciones más autónomas de los ’90: la de la UBA, Hijos y algunas experiencias sindicales de la CGT y la CTA.”
“Hay algo del maniqueísmo de la política contemporánea que a esta generación incomoda, aunque acompañe haciendo el aguante, estructurando una militancia muy al son peronista, de arriba hacia abajo, sin cortapisas. En los ’90 hubo militantes contra el menemismo que participaron de ajustes en el sistema educativo en la universidad, en luchas por la flexibilización laboral”, comenta Nicolás Tereschuk, coeditor de la mentada página web artepolitica.com, flamante padre de mellizos y hasta hace poco con una participación activa en el sabbatellismo… “El vínculo con la política del sector de la militancia juvenil kirchnerista se referencia cabalmente en Cristina. En los ’70 era diferente, porque las posturas sobre Perón eran más ambiguas. Hoy no se quiere conducir o reemplazar a Cristina. Esta juventud tiene un vínculo menos rebelde con la política; se le suelen criticar los trajes y las Blackberry. A mí, en cambio, no me parece mal. Los treinta años de democracia existieron, no se pueden pasar por alto. Tienen una valoración de la vida en todos sus detalles: ninguno de nosotros va a dar la vida por la militancia”, dice Tereschuk.
Para Alejandra Rodríguez, “somos una generación cuya vida política amaneció por fuera de las trincheras, lo que de algún modo colisiona con las maneras de entender lo político con la generación que nos precede.” Alejandra es una de las fundadoras de Pensamiento Militante, un colectivo que se propone deconstruir la cultura política argentina, proponer otras performances, otros lenguajes. “Crecimos en una sociedad despolitizada por el miedo heredado de la dictadura. Ahora, somos una generación que no lleva el lastre de esa tragedia ni en la piel ni en la almohada, pero que padeció la muerte de sus contemporáneos por otras vías. ¿Cuántos desaparecidos de la vida hubo después entre los adictos al paco, los que no pudieron imaginar otra cosa que ‘salir de caño’ para delinquir, los desnutridos? La represión continuó por vía de las políticas neoliberales implementadas por el menemismo-cavallismo-delarruismo. Quiero decir que en nuestra biografía generacional hay padecimientos: fuimos mantenidos a raya, y por fuera de la cosa pública. El kirchnerismo tardío fue nuestro despertar definitivo. Entonces nos debemos crear un ámbito donde el pensamiento político acompañe la praxis de la política real.”
Gabriela Rodríguez plantea un reparo sobre su tocaya (y a esta altura esta nota podría llamarse “Sin documentos”). La tercera Rodríguez de este seleccionado es doctora en Filosofía por la Universidad París 8 y docente de la UBA, donde se recibió de politóloga. “Es difícil pensar en ‘matar al Padre’ cuando hay muchos que están tratando de reconstituirlo o recuperarlo, porque nunca lo tuvieron. Tal vez, lo que sí se puede hacer es revisitar los mitos políticos y desarmarlos. Es verdad que la política requiere de mitos para la creación de sentidos. Y ésa es una responsabilidad nuestra.”
Especialista en la Generación del 37, Gabriela plantea una preocupación de localización de la política. “Corremos el riesgo de convertirnos en los liberales doctrinarios franceses de 1830. Aquellos eran los hijos de la Revolución Francesa, nacieron alrededor de 1790, o sea que fueron a la escuela de la Revolución y vivieron el período napoleónico cuando eran adolescentes. Cuando viene la Restauración Monárquica, se hacen liberales. Lo que me parecía interesante del planteo de Pierre Rosanvallon en el texto que trata este tema (‘El momento Guizot’) es que dice que uno en general detiene la mirada en las generaciones revolucionarias, rupturistas, cuando es a todo o nada. Los liberales doctrinarios fueron ignorados por la historiografía porque tuvieron dos defectos: haber sido los primeros en querer clausurar la Revolución y el haber reconocido que la sociedad era democrática desde un punto de vista social, pero que el gobierno a veces exigía limitar ese afán democrático. Finalmente, terminaron absorbidos por ‘la gestión’: no había más política que la que pasaba por el gobierno. Bueno, eso podría terminar pasándonos a nosotros.”

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tiempo Argentino - Un foro de debate virtual y real


Las muchachas cristinistas todas unidas triunfaremos 

Publicado en Tiempo Argentino, el 21 de Noviembre de 2010
 


En 2007, en plena campaña presidencial de Cristina Fernández, un grupo de mujeres decidió que la defensa del proyecto político kirchnerista que creían hacer solitariamente y necesitaba un espacio donde hacerse público. Así nació la red Mujeres con Cristina, un foro de debate virtual y real desde el que se disparan propuestas de discusión colectiva que invitan a pensar la política desde la reivindicación del modelo que impulsa la presidenta.

Convocadas por Tiempo Argentino, cinco de las integrantes de la red reivindicaron la posibilidad de rescatar a figura de Cristina, no sólo por su condición de mujer, sino por su capacidad y experiencia política: “Cada vez que la escuchábamos o la veíamos actuar estábamos todas muy orgullosas de ella, pero cuando una iba a una fiesta las propias minas le pegaban como si fuera Barrionuevo”, recuerda Ana Laura Herrera. Su compañera Alejandra Rodríguez agrega: “Y sin embargo era una mujer ocupando el espacio más importante de la institucionalidad política. No cualquier mina podía llegar a presidente, y ella era inteligente, un cuadro político.” “Y algo muy importante –interviene Silvia Rufaldi–: representaba un modelo al que adheríamos, sólo que a veces nos sentíamos solas por pertenecer a la clase media, que tiende a reproducir el discurso dominante en lugar de identificarse con el modelo de inclusión social.”
El esquema de acción política que eligieron se inspiró en el pensamiento impulsado por Walter Benjamin en su texto sobre la historia del capitalismo francés del siglo XVIII. Así, cada semana suben a la red un fragmento que puede variar desde un párrafo de un artículo de los periodistas Mario Wainfeld o Sandra Russo, hasta un pensamiento de Gramsci, pasando por algún escrito de John William Cooke o Hannah Arendt. “El fragmento genera protagonistas, no espectadores pasivos ni lectores solamente. Subimos fragmentos porque pensamos que el pensamiento fragmentario abre una idea, no la cierra y a la vez es una confianza en la inteligencia del otro”, explica Alejandra.
La invitación tuvo éxito. Hoy cuentan con más de 5000 miembros activos en la Red y 6000 seguidoras en Facebook, donde a la cuenta original tuvieron que sumarle una segunda versión (Mujeres con Cristina II). Para integrarse no hay condicionamientos ideológicos, excepto la adhesión al proyecto iniciado por Néstor Kirchner y continuado por la presidenta: “No todas somos peronistas, pero sí todas somos kirchneristas”, advierte Ana Belloso. Organizadas en todo el país de manera horizontal a través de nodos, las “chicas” realizan cada 15 días encuentros de formación en teoría política  en la Biblioteca Nacional y una vez por mes convocan a charlas en la Fundación Tido o en la Manzana de las Luces.
Creen que con la muerte de Néstor Kirchner los jóvenes y las mujeres se hicieron visibles como  sujetos políticos, y confiesan que el pin que hoy lucen con orgullo sobre el pecho antes no se animaban a usarlo en cualquier lado. “Hay que tener la energía para bancárselo, es como salir con un pantalón amarillo…”, comentan divertidas. Convocadas a reflexionar sobre las razones por las que decidieron darle un enfoque de género a la red, advierten que uno de los motivos fue la invitación de Cristina a trabajar para el cambio cultural: “La palabra femenina alimenta la política. Reconocernos como actores sociales, políticamente activas es una condición indispensable para comenzar a repensar y modificar las situaciones de avasallamiento de nuestros derechos”, afirman. Antes de terminar la charla, admiten que hay una identificación con la presidenta por su condición de mujer, pero también –aclaran con el dedo levantado– “porque ya sabemos cómo lo hicieron los hombres”.<

Diario Perfil - Las causa de un fenómeno...

Cristina: criticada tú eres entre (casi) todas las mujeres

Los analistas coinciden en que las mujeres son más duras que los hombres en sus críticas contra la Presidenta, como lo revelan, por ejemplo, el lenguaje de los carteles que ellas portan en las protestas y sus mensajes en Internet. Hay varias causas: una mayor sensibilidad contra la arrogancia, el tema de la apariencia y el cuerpo y la sombra de Evita.

 

Por Gabriela Manuli

 


Moda. En tiempos de crisis, da gran importancia a su imagen: no repite vestidos y cuida hasta el mínimo detalle de su look.


Antipatía o aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea. Así define la palabra odio el Diccionario de la Real Academia Española. Y es esa sensación la que expresan muchas mujeres argentinas hacia la primera presidenta electa de la historia nacional. Cristina Fernández de Kirchner despierta sentimientos encontrados en el electorado femenino, casi sin término medio.
A Cristina se la critica por muchas cosas. El bótox es una de ellas. Y aun señoras que aceptarían hacerse una cirugía o ven con buenos ojos que la actriz del momento se haga un refreshing consideran inaceptable que una mujer en el sillón de Rivadavia modifique su apariencia. También se suman las joyas, la ropa o las carteras Louis Vuitton. Se duda de su título de abogada. Molesta su tono de voz al estilo “maestra ciruela”. Se dice que es soberbia o déspota. Y la lista sigue. La pregunta es cuántos de estos reproches tienen que ver con que Cristina K es mujer.
Carmen Colazo, consultora en género y magíster en Sociología, busca una respuesta. “La experiencia demuestra que en general las mujeres tiene un voto y posturas culturalmente muy conservadoras. No es raro que esto sea así. Tiene que ver con la asignación de género como guardianas y transmisoras de la cultura patriarcal. No hay término medio: o muy progresistas o muy conservadoras”.

Colazo cree que al momento de juzgar a un político a una política, las categorías no son las mismas. “A las mujeres se las mide con la sensibilidad y a los hombres se los mide desde lo racional. Entonces la gente se mete en la vida privada, en cómo se viste, en cómo habla, en si es machona o femenina. A los hombres eso no se les analiza, sino que se los mide por la participación política. Parece que nadie se acuerda cuando Carlos Menem usaba Armani o llevaba una peluquera en el avión”, explica la especialista. “Cristina tiene el karma de Evita –agrega–. No se ha separado tampoco de esa figura. Es una paradoja irresoluble: quieren una mujer femenina, pero no entienden que lo femenino pueda tener poder.”
Bronca on line. Internet hoy funciona como una caja de resonancia del odio ante todo y todos. Un espacio donde la queja, la bronca, la denuncia son situaciones mucho más comunes que el apoyo, la adhesión o el optimismo. El grupo “Odio a Cristina Kirchner”, creado por una mujer, es uno de los más populares de los espacios anti K en la red social Facebook. Ya ronda los 2 mil miembros y funciona como una suerte de catarsis colectiva donde pueden leerse desde razonamientos detallados acerca de la aversión a la Presidenta hasta insultos de todo calibre. Pero Cristina no es la única política con un grupo de antifans. “No puedo ni ver a la Carrió” ya suma casi 1.300 adeptos.
El grupo “Odio a Cristina” muestra que la bronca muchas veces es intergeneracional: “¡Te odiamos HDP! Mi mamá y yo”, escribe una adolescente furiosa. Y otra retruca: “Recién escuché a esta loca hablando en un acto de Clivilcoy (sic). No la soporto tengo que cambiar de canal, me lastima el alma y el cuerpo y me enferma la mente”. “Ver su foto me pone mal”, agrega otra internauta. Mientras otra se pregunta: “¿Te agarra hipotensión por aplicarte bótox?”.

La comparación con otras mandatarias también es parte del cruce de críticas: “No la soporto. Si vemos a las otras líderes mujeres del mundo son austeras, siempre arregladas pero ni una pizca de más. Esta chiruza (sic) se cree que es Julia Roberts, o alguna modelito o no sé qué, pero siempre sube el tono y está fuera de afinación (en cuanto al look y ni hablar en cuanto al discurso)”. Otras le critican que “en vez de ocuparse del país, se ocupa de qué se va a poner”, y hay hasta quienes le piden: “Dejate de hacer cirugías y de andar en rollers por la quinta”.

Números. Según el último relevamiento nacional de Poliarquía, la imagen positiva de Cristina es del 28%, y la negativa asciende al 41 por ciento. Para Sergio Berenztein, director de la consultora, no se pueden hacer juicios apresurados. “Hay que tener cuidado en dejarse llevar por el microclima en el que uno está inserto. No estoy diciendo que a los K los ame demasiada gente. La gente en general no ama a ningún político.” Y también destaca diferencias en el acceso entre distintos sectores socioeconómicos: “El apoyo o la base social en la cual descansa el consenso de los Kirchner a veces no tiene la presencia mediática necesaria para que se conozcan sus opiniones”. Y, por esta misma razón, relativiza el auge anti Cristina en redes sociales como Facebook: “Mucha de la gente que quiere a Cristina no tiene computadora, y a veces ni siquiera tiene luz”.
Y coincide con el obstáculo del género: “Pasó lo mismo en Chile con Michelle Bachelet. No se mide a todo el mundo con la misma vara. Y los antecedentes en Argentina tampoco ayudan a Cristina, si pensamos en Isabelita, María Julia y tantas otras”. Y a eso se suma, agrega, “que ella no gobierna con total autonomía. Llegó por medio de su marido al poder y sin él nunca hubiera sido presidenta”.

Para el encuestador Artemio López las reacciones polarizadas frente a Cristina no son una novedad. “Ya sucedió en 2007, más allá del 45 por ciento de los votos el resto tenía una imagen muy adversa de Cristina. Siempre hubo una gran divisoria de aguas. El peronismo es un componente de rechazo para una suculenta porción de ciudadanos. Es una primera minoría en el país, siempre en torno al 40 por ciento”. Y cree que el tema de género requiere más tiempo: “Para nosotros es algo nuevo ver cómo reacciona el electorado frente a una presidenta. Es evidente que hay una corriente negativa en mujeres, pero no sólo por el género, sino también por pertenencia, por residir en grandes núcleos urbanos o por el efecto contagio del entorno. Hay una intervención muy fuerte de la construcción mediática de la figura de Cristina. De la crisis del campo en adelante los medios han tenido posiciones críticas respecto al Gobierno. Pero eso es parte de las reglas de juego de la democracia”.

Y le resta importancia a la explosión anti K en Internet. “Es el reino del anonimato donde no existen formas de control. Querría ver si sostienen lo mismo si se les pone un micrófono. Supongo que debe ser también una moda, y hay que ver qué pasa en diez años. También es una forma de recuperar el protagonismo que la sociedad argentina tuvo en los 70 o en los 80. Es un fenómeno sucedáneo de formas de participación que se han perdido”.
Sensación térmica. Paula Feijoó tiene 31 años y es otra de las exponentes de jóvenes mujeres que odian a Cristina. “No me cae bien su modo de hablar y además no me marea su extenso vocabulario para decir la nada misma. Acá mucha gente confunde el manejo de un gran vocabulario con el conocimiento. Ella podrá saber muchos sinónimos y muchas frases para dar a conocer algo, pero el contenido sigue siendo nulo o vacío”. Pero no termina ahí: “Me provoca cuando habla con altanería, me crispa los nervios cuando sólo saca provecho del poder para darse la gran vida olvidándose de la política comunitaria, de la convergencia de poderes y de la institucionalidad (cuando son sus ‘amigos’ los que ocupan el poder), de los deberes de la Carta Magna que le demanda el pueblo al elegirla. Detesto a la señora K”.

Ella no es la única dentro de su amplio grupo de amigas: más de la mitad piensa lo mismo y concuerda con sus argumentaciones. “Como mujer carece de toda característica de género, más allá de lo puntillosa que resulta en su cuidado personal –a veces en exceso–. No me transmite sensaciones que tienen que ver con lo femenino, como la calidez y la sensibilidad. De hecho, como mujer me hace sentir muy lejana. Sus discursos, lejos de parecerme conmovedores, me parecen dignos de patoterismo, llenos de soberbia y cinismo. Incluso cuando habló de su salud recientemente percibí eso. Cuando la escucho pienso: ‘¿Creerá que somos todos tan idiotas?’”, coincide Natalia.

Alejandra Rodríguez es integrante de la “Red de Mujeres con Cristina”, que también cuenta con un espacio cibernético y que nació con la campaña presidencial. “Queremos hacer política de una manera distinta, dejando atrás las formas tradicionales de la vieja política que nos quiere imponer su estilo. Es momento para las mujeres, y es bueno que seamos innovadoras en algunas formas de encarar la política ciudadana, elaborando una comprensión de la política democrática”, explica. Ella, junto a sus compañeras, también escucha las críticas. “No se trata de lo que es Cristina, ni cómo se viste, sino de lo que somos capaces de construir entre todos. Ese tipo de crítica no nos parece política, ya que apunta a la vida privada y la política es siempre vida pública. Cristina expresa un proyecto político y en todo caso es eso lo que estamos dispuestas a discutir. Recuperar la política implica reconocernos en sociedad como mujeres activas y constructoras de la democracia”.
Miradas. Para Monique Altschul, presidenta de la Fundación Mujeres en Igualdad, Cristina K tiene una deuda pendiente respecto a sus pares femeninos. “En ningún momento ha respondido a ninguno de los temas que nos interesa desde el género. Hemos progresado más en esos temas cuando Néstor era presidente”. Y recuerda las críticas que se le hacían a Evita, cuando ella era una niña: “Muchos comentarios eran parecidos a los que se escuchan hoy. Hay un involucramiento personal, no una crítica política. Una de las frases que más escuchaba era ‘¿Pero quién se ha creído ésta?’”.

“Yo recorro el país desde Jujuy hasta Tierra del Fuego y conozco una amplia mayoría que le tiene afecto y respeto a Cristina. Sobre todo la gente más humilde”, aclara al inicio María José Lubertino, presidenta del INADI y defensora de los derechos de la mujer. “Me preocupa cuando escucho a otras dirigentes caer en la trampa del sexismo. Cuando se hacen eco de los estereotipos del sexismo y en lugar de argumentar hablan de cuestiones estéticas. No se dan cuenta de que ellas también van a quedar presas de esos estereotipos”, agrega, y acepta que para las mujeres la política es un terreno más escarpado. “Si es blanda le dicen que no puede. Si es dura que es autoritaria. Si es sensible le dirán que no está preparada. Eso no pasa con los hombres. Si discute es valiente y si es sensible se dice que es democrático y tiene capacidad de diálogo. Lo importante es que las mujeres ayuden a deconstruir esos estereotipos.”

Poco tiempo antes de asumir Cristina había vaticinado a la candidata presidencial del socialismo francés, Ségolène Royal, que “el siglo XXI será de las mujeres”. Aunque por ahora, entre ellas, también encuentre a sus peores detractoras.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Entrevista a Ernesto Laclau - Miradas al Sur

 

 Ernesto Laclau: “Puede haber Congresos con una voluntad antidemocrática”


Considerado uno de los politólogos argentinos más prestigiosos, es profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra. Desde 1969, vive en ese país, tras emigrar en la dictadura de Onganía. Laclau vino al país a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Unsam, creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario.

Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo, defiende la necesidad de presidencialismos fuertes en Latinoamérica. Se declara partidario de la reelección indefinida.
Hace una década, América del Sur comenzaba el largo e inexorable periplo de tocar fondo, una serie de crisis que detonarían jornadas de crispación antineoliberal masiva. Los ejemplos son conocidos. El 26 de febrero de 1989, el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez, conchabado con el FMI y su paquete económico, subía el 30% del precio de la nafta. Esta decisión desembocaría, tres días más tarde, en el llamado “Caracazo”. De este y otros ajustes anteriores, surgiría diez años más tarde la “Revolución Bolivariana”.
En Bolivia, la “Guerra del Gas”, la privatización del agua y el atosigamiento anticocacolero del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada parirían, en enero de 2006, al primer presidente aymara y el primer Estado del mundo constitucionalmente plurinacional.
En Ecuador, la traición electoral del presidente Lucio Gutiérrez al Partido de Unidad Plurinacional Pachakutik llevaría a la presidencia, en 2007, a un cuadro formado en Harvard pero con la mirada puesta en la reivindicación nacionalista de una economía totalmente dolarizada.
A los liderazgos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, los críticos conservadores los han acusado de abrevar en la tradición populista latinoamericana, un régimen con una presunta tendencia autoritaria. Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, así como el de Fernando Lugo, son atacados con los mismos argumentos. “Pero la amenaza real a la democracia viene de la oligarquía neoliberal”, tercia Ernesto Laclau, uno de los más reconocidos politólogos argentinos, profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra, donde reside.
Vino a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Universidad de San Martín, un instituto creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario. Sin embargo, su presencia en el país tiene una intención política definida. Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo como la panacea de las nuevas democracias en Latinoamérica, Laclau redobla la apuesta y defiende la necesidad de presidencialismos fuertes.
“Un proceso de democratización como el que han experimentado Venezuela y Bolivia serían impensables sin la figura de Chávez y de Evo”, dice en su casa, cerca de Plaza San Martín, antes de regresar a su cátedra en Colchester, Inglaterra. “Para las democracias latinoamericanas, soy partidario de la reelección presidencial indefinida. No en el sentido de que vayan a elegirse presidentes de por vida, sino de que éstos puedan presentarse a elecciones una y otra vez. Porque cuando la voluntad colectiva de cambio se ha aglutinado alrededor de ciertos significantes, imágenes y nombres, la discontinuidad de ese proceso puede llevar a la reconstrucción del viejo régimen sobre la base de diluir el poder en una serie de comités y corporaciones de distinto tipo”.
–¿Pueden existir Congresos antidemocráticos hoy en América Latina?
–¿Con una voluntad antidemocrática? Sí, claro que puede haber.
–¿Y en el caso del Congreso argentino actual?
–La oposición fue demasiado estúpida para hacer pleno uso de las posibilidades que se le plantearon. Pero, evidentemente, la tendencia a transformar el Congreso en una forma de coartar la acción del Poder Ejecutivo se movía en una dirección corporativa antidemocrática.
–¿En qué ocasiones, por ejemplo?
–En muchas circunstancias. Una fue intentar tomar por asalto todas las comisiones del Congreso, aprovechando una mayoría circunstancial e ignorando la proporción de los votos que el pueblo había expresado en las elecciones.
En su ya clásico libro La razón populista, Laclau intentaba alejarse de la percepción eurocéntrica del populismo como un régimen político tendiente a menguar los valores de la democracia representativa. “El populismo es simplemente un modo de construir lo político”, escribía. Se trata de un discurso que divide a la sociedad e interpela a los de abajo, confrontándolos con los que detentan el poder. En el populismo, hay “una dicotomización del espacio público”, aunque no tiene un signo político determinado. Puede ser de izquierda o de derecha. Para Laclau, “populistas fueron tanto el fascismo italiano como el maoísmo”.
Desde su perspectiva, la imprecisión del vocablo ayudó a su ninguneo tanto en la teoría como en la retórica política. En principio, el populismo no se asemeja al entramado de relaciones clientelísticas que compran una identificación basada en la oportunidad (lo que en mal criollo equivaldría a “van por el chori y la coca”). Tampoco cabe la acusación de que se trata de un sistema de manipulación de masas bajo la apelación a los “bajos instintos” de la comunidad no letrada.
Finalmente, es falso pensar que el populismo erige un liderazgo demagógico que traiciona la voluntad popular. En este punto, y como precisó en su conferencia “Populismo y democracia” , en el Hotel Bauen el 5 de mayo último, Laclau piensa con Derrida que no hay un modelo puro al que el representante se deba ceñir, sino que hay sólo representación. “Es una relación doble, que va del representado al representante y viceversa. Algo cambia en el proceso: el político elabora un discurso para equiparar la demanda de un grupo al interés nacional y, al mismo tiempo, ese discurso altera la identidad de ese grupo”.
El ejemplo del peronismo. Para explicar su teoría sobre el populismo, Laclau recurre al peronismo. En el régimen oligárquico argentino previo a la crisis del ’30, las demandas sociales se abastecían individualmente a través de un esquema de punteros políticos, caudillos y congresales (“doctores”), de modo que no existiera identificación de las demandas de los diferentes grupos entre sí (“lógica de la diferencia”).
La cultura de la resistencia creada a causa de las demandas no satisfechas de los migrantes internos de las décadas del ’30-’40, crearon entre sí una “lógica de la equivalencia”, en el sentido que las demandas se identificaron en su orfandad estatal. “El peronismo tenía un discurso puramente equivalencial”, afirma Laclau. “La gente ya no necesitaba el favor personal de un puntero para acceder al médico, porque la organización social nueva había construido un hospital sindical.”
En definitiva, el populismo laclausiano tiene tres dimensiones: la integración de una multiplicidad de demandas en una “cadena equivalencial”; la formulación de una frontera interna que divide el campo social en arriba/abajo; y la consolidación de la cadena equivalencial en una identidad popular que excede la simple suma de los lazos solidarios entre las demandas.
–A la luz de los procesos de crisis económica y reconfiguración del campo popular en lo que va del siglo en América Latina, ¿qué sistema político conviene a la región?
–Hoy América Latina se debate entre el camino de las democracias nacional-populares y la parlamentarización del poder con el objetivo de imposibilitar llevar a cabo los cambios sociales. En la experiencia democrática de las masas latinoamericanas hay, por un lado, una tendencia administrativista, oligárquica o tecnocrática, que consiste en diluir el poder en una serie de instituciones corporativas. Por otro lado, una tendencia populista que lleva a la consolidación del poder alrededor de ciertos centros. Ahora, esos centros tienen como punto importante de referencia la concentración en ciertas figuras. Eso puede tener una dirección de derecha o de izquierda. El gaullismo en Francia, la V República, hubiera sido impensable sin la concentración simbólica de una nueva figura: De Gaulle. O sea, que no es una cuestión de la ideología del régimen, sino de la existencia de un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos. En América Latina, se da una combinación bastante sana entre un institucionalismo reafirmado –porque ya no hay regímenes que estén invocando la destrucción de las instituciones del Estado liberal; es decir, nadie está proponiendo la derogación de la división de poderes– y el momento de un Poder Ejecutivo fuerte con fuertes identificaciones colectivas.
–¿Hay diferencias en la apelación a “los de abajo” entre el gobierno de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández? Por ejemplo, Libres del Sur o Barrios de Pie son movimientos sociales que alguna vez formaron parte de la “transversalidad” kirchnerista, pero hoy están por fuera del dispositivo de poder estatal.
–Hay que retomar una perspectiva histórica. En la Argentina, después de la crisis del 2001, hubo una enorme expansión horizontal de la protesta social: las fábricas recuperadas, los piqueteros y toda esa serie de fenómenos similares. La limitación de toda esa onda expansiva de la protesta social –que lanzó a la esfera pública a grupos que nunca habían participado de ella– fue que no logró traducir sus efectos al nivel político. El lema era “que se vayan todos”. Pero decir que se vayan todos, implica que siempre se va a quedar alguno.
–¿Por qué?
–Porque el poder como tal no puede desaparecer. Y si ese uno no ha sido elegido por el campo popular, posiblemente no va a seguir una orientación de tipo popular. De modo que llegamos a las elecciones de 2003 con una bajísima participación ciudadana en el sistema político. Las cosas salieron bien porque, por esos avatares impredecibles de la política peronista, el que fue elegido fue Kirchner. Pero si hubiesen sido elegidos De La Sota o Reutemann, no quiero pensar dónde estaríamos ahora. Todas las posibilidades de ajuste económico hubiesen sido implementadas, la protesta popular hubiese sido acallada de una forma u otra. Kirchner tuvo la virtud de darse cuenta de que toda esa expansión horizontal tenía que complementarse con una penetración vertical de efectos en el nivel del sistema político. Y tuvo una política de incorporación de sectores en ese sentido. Esa política, muy lejos de haber triunfado totalmente, es una cierta dirección en la cual el proceso comenzó a moverse. Esa combinación entre expansión horizontal e integración vertical es lo que define finalmente la calidad de un sistema democrático.
–¿Cuáles son los bordes del “campo popular”, cómo se constituye? ¿El peón ganadero que vota una opción de derecha como De Narváez compone el campo popular? ¿Y el taxista que celebra la xenofobia radial de González Oro? ¿Y el politólogo progre que no tiene militancia en una organización social?
–¿Cómo decirlo a priori? Eso es imposible. Lo seguro es que cualquier política de constitución del campo popular tiene que actuar sobre esos sectores. Para ganarlos. Finalmente, toda la movilización del campo en el 2008 fue una movilización contrahegemónica, que consiguió que muchas demandas populares, que debieron ser parte del campo popular, se situaran en la vereda de enfrente. Ahora hay que reconquistar ese espacio, es decisivo. El campo popular no es una entidad que se pueda definir platónicamente en abstracto; el campo popular es un área expansiva o regresiva. En mi teoría, he tratado no sólo de hablar de “significantes vacíos” (sin significados taxativos), que implica el campo popular, sino de “significantes flotantes”, porque muchas demandas democráticas pueden ser reabsorbidas por un polo reaccionario.
–¿Es por eso que el populismo no es una ideología?
–Claro. Insisto en esto: el populismo es una forma de construcción de la política sobre la base de la dicotomización del espacio social. Eso se puede hacer desde las ideologías más diversas. El fascismo absorbió demandas democráticas en una onda expansiva que era profundamente antidemocrática. El nazismo hizo lo mismo en Alemania. Siempre hay una cierta área de indiferencia política sobre la cual la acción va a ser necesaria. Es exactamente lo que Gramsci denominaba una “guerra de posición”, en la cual las trincheras se van desplazando constantemente de un punto al otro.
–Respecto del reclamo por la “inseguridad”, le pido una reflexión. Hagamos un itinerario caprichoso. Comienza, tal vez, a partir de las primeras tomas de rehenes con De la Rúa, y con la vocación mediática de “vender” una imagen de Buenos Aires como una ciudad bogotizada. Comienza a presentarse a “los delincuentes” como el enemigo interno contra un “nosotros” trabajador y honrado. Luego aparece Juan Carlos Blumberg y la modificación de la ley para bajar la edad de imputación de los delitos. Continúa con la reacción de este gobierno, con el ministro Aníbal Fernández discerniendo entre “inseguridad” y “sensación de inseguridad”. Hoy, finalmente, es una demanda instalada en todos los sectores de la política.
–El discurso sobre la inseguridad es un típico discurso por el que el espacio de la derecha se va reconfigurando. En el caso Blumberg, fue una burbuja que explotó, porque trataron de hacer olas en una dirección política de derecha, en la cual las cadenas equivalenciales que trataban de formar eran imposibles. Simplemente, la gente no se la creyó y, después de un tiempo, se encontraron aislados, a tal punto que Blumberg ha desaparecido como fenómeno político. El significante de la inseguridad es típicamente “flotante” porque, por un lado, hay demandas reales alrededor de la seguridad (que tienen que ser parte de una política progresista de Estado), pero por otro, esa demanda es tan fluida que puede ser articulada como un elemento que organice el discurso conservador de la derecha, que insiste en la represión. Y que quiere extender la idea de inseguridad sobre fenómenos que la exceden, como los piqueteros o los asambleístas de Gualeguaychú. El típico discurso de lo que en inglés se conoce como law and order .
–En este retorno de lo político, ¿cree que las generaciones post dictadura en la Argentina descubrieron la política, finalmente?
–Por supuesto. De hecho, la situación es mucho mejor ahora que hace 10 años. Es el momento de politización mayor. La participación política juvenil es visible, hay lenguajes políticos nuevos. Ahora, cuando doy conferencias, encuentro un esfuerzo en los auditorios juveniles por ligar la discusión teórica a problemas concretos que están experimentando. Hace 15 años, la gente se quedaba en un nivel teórico abstracto y la relación con la política concreta no existía. Hoy todo el mundo discute acerca del kirchnerismo, hasta qué punto es la izquierda o no lo es. Sin dudas vivimos un momento mucho más vivo, que me recuerda a los años ’60.
HOBSBAWN, EL MENTOR
El acervo intelectual del profesor Ernesto Laclau abreva en aguas intelectuales tan eclécticas como el posmarxismo gramsciano, la deconstrucción à la Derrida y el psicoanálisis de Jacques Lacan. Su primera obra, Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo (1978), ya descubría su universo de temas. Con su esposa, Chantal Mouffe, escribió un clásico de la ciencia política, Hegemonía y estrategia socialista (1985), del que Ricardo Forster y otros celebraron sus 25 años en la última Feria del Libro.
Formado en la UBA durante los primeros ’60, Laclau militó en la izquierda nacional con Jorge Abelardo Ramos y dirigió el semanario del partido Lucha Obrera. El responsable de su mudanza a Inglaterra fue uno de los más prestigiosos historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn.
“En el ’66, después de graduarme, obtuve mi primer cargo en la Universidad de Tucumán, con tan buena suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía. No fue un golpe terriblemente represivo pero, de todos modos, mil profesores universitarios quedaron afuera; yo fui uno de ellos. De modo que volví a Buenos Aires a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era Hobsbawn. A él le gustó mi trabajo y me preguntó si quería que me ayudara a conseguir una beca en la Universidad de Oxford para hacer mi doctorado. Le dije que sí. Jamás había pensado en ir a estudiar a Inglaterra. Estuve en Oxford desde 1969 hasta el ’72. Ese año estuve por volver a la Argentina, pero en el ’73 conseguí un fellowship en la Universidad de Essex. Después, la situación política se deterioró y ya no pude volver al país.