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domingo, 11 de agosto de 2013

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Año 6. Edición número 273. 

Domingo 11 de Agosto de 2013


El efecto Bergoglio

Por  Alejandra Rodríguez. Licenciada en Artes Combinadas (UBA)   
 contacto@miradasalsur.com

La elección del cardenal Jorge Bergoglio como Obispo de Roma es, sin dudas, un acontecimiento mundial por múltiples razones: su pertenencia a Latinoamérica, su origen jesuita y sus manifiestos gestos de humildad –dignos de un guión muy bien escrito– hacen de Francisco una suerte de actualización vivificante y contemporánea de la figura de San Francisco de Asís. Su asunción supuso para muchos el comienzo de transformaciones esperanzadoras en la Iglesia, seguros de que el Vaticano ha terminado por reconocer cambios geopolíticos en un mundo en crisis, en el cual regiones antes periféricas como Occidente y América latina disputan el peso global y desplazan a Europa del centro del catolicismo.
En el escenario político argentino un abanico de interpretaciones y diferencias ideológicas invadieron la escena pública los días posteriores a su elección, diferencias que con el correr de las horas fueron mermando en una comunión significativa entre los diversos actores políticos. El Papa logró sintetizar, al menos por unos días, contradicciones que parecían insalvables desde el punto de vista político, una demostración contundente del poder fáctico y real de la Iglesia.
A partir de su asunción como sumo Pontífice, un enorme despliegue de imágenes y sucesos referidos a Bergoglio acompañan nuestra cotidianeidad, amplificados por los medios masivos de comunicación. Al igual que en el realismo mágico, lo que en otro momento podía ser extraño o irreal, se presentó como cotidiano y común: la imagen de Francisco I aparece en la peluquería, en la zapatería o en la carnicería del barrio. Un menú en un bar porteño ofrece un contundente bife de chorizo llamado “Francisco”, por otro lado se puede escuchar la cumbia papal de Yayo o ver el programa de Discovery Channel “El papa de las Américas” que traza un perfil a modo documental sobre la vida de Francisco. Así, la papamanía satura nuestra cotidianeidad.
Esto pudo verse durante los días en los que el Papa estuvo en Río de Janeiro con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento que movilizó a casi 3 millones de jóvenes de 190 países del mundo. Al igual que en otros momentos, el Papa se salió del protocolo, saludó afectuosamente a los congregados que se abalanzaban para tocarlo, tomó mate dentro del papa móvil, instó a los jóvenes argentinos a “hacer lío” para que la Iglesia salga a la calle y en su vuelo de regreso a Roma, manifestó ante los periodistas que lo acompañaban: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”
En los días posteriores a su visita a Río, se pegaron afiches en Ciudad de Buenos Aires de la figura papal junto a Cristina e Insaurralde, fue tapa de la Revista Gente y Aptra le hizo un homenaje en la entrega de los premios “Martín Fierro”, en un teatro Colón colmado por figuras del espectáculo.
La dimensión cultural del “efecto Bergoglio” no se agota sólo en esta secuencia de gestos, expresiones y apariciones públicas sino que debemos pensar su productividad en el entramado de la experiencia social. Me refiero a la manera en que el poder de la Iglesia se distribuye e influye en lo concreto de los distintos espacios sociales y sus instituciones. Más allá de la alegría o el orgullo que pueda significar para muchos que el Papa sea argentino, lo que no podemos negar es la reconfiguración de la Iglesia como actor político de peso en el esquema de poder real y sus posibles efectos.
Sabemos que el Estado y las instituciones, entre las cuales está la Iglesia, operan sobre nuestras vidas singulares y colectivas determinando muchas veces cómo y dónde podemos movernos, asociarnos, trabajar, hablar y decidir sobre nuestras creencias y valores. Por esa razón, debemos dimensionar los efectos de este acontecimiento. Cabe entonces preguntarnos: ¿qué efectos performativos sobre nuestras vidas se podrán suceder a partir de este resurgir de la Iglesia? ¿Cómo se darán las nuevas articulaciones entre Iglesia y Estado en sus múltiples niveles? ¿Cuáles serán las formas de las relaciones entre los poderes eclesiásticos, políticos y las corporaciones? ¿Qué avances serán posibles para determinar la complicidad de la Iglesia en la dictadura militar argentina? ¿Qué pasará con la ley del aborto legal, seguro y gratuito? Estas preguntas no tienen réplicas certeras a priori, pero requieren ser formuladas con cierta hondura. Lejos de respuestas ingenuas, el verdadero desafío para nuestra experiencia política y democrática será seguir sosteniendo estos interrogantes como parte del debate social más allá de que “Dios sea argentino”.

sábado, 31 de marzo de 2012


Lo que la tragedia dejó: el espectáctulo y las palabras

Por Alejandra Rodríguez

A poco más un mes de la tragedia del tren de la línea Sarmiento que tuvo como consecuencia 51 muertos y más de 700 heridos - una de las tragedias ferroviarias más significativas de nuestra historia -nos permitimos reflexionar sobre dos dimensiones abiertas a partir de lo sucedido: la espectacularización de la muerte y el poder de las palabras.

El corolario de los aciagos días posteriores al choque, fue el hallazgo del cuerpo sin vida de Lucas Menghini Rey (20) entre los vagones del tren siniestrado, tras dos días de intensa búsqueda por parte de sus padres. Mientras Lucas no aparecía, el tiempo estuvo suspendido por la incertidumbre, los interrogantes y las elucubraciones. Lucas no estaba en ningún lugar, nadie sabía de él, ni sus padres, ni la empresa, ni el Estado. Durante ese tiempo, entre el desasosiego social teñido de perplejidad, circulaban preguntas ¿Dónde estará? ¿Habrá subido efectivamente al tren? ¿Estará bajo efecto de shock en algún recóndito lugar de la ciudad? La confirmación de que Lucas se sumaba a la lista de víctimas fatales y que además su cuerpo permaneció entre los hierros del tren, sin que nadie se percatara de esto durante más de 50 horas, hizo de su rostro joven, un símbolo de la tragedia. En su rostro, el de todos los demás muertos. Su nombre, Lucas, condensó las posibilidades de sentidos, de impotencias y dolores compartidos socialmente.


Mientras tanto, apenas sucedido el siniestro y con el correr de las horas, se esperaban las palabras de la Presidenta, las que llegaron con contundencia días después de la tragedia. Este reclamo murmurado y amplificado por los medios de comunicación, fue leído desde muchos sectores como una demanda innecesaria, se argumentaba que la Presidenta está gobernando igual, que ha tomado decisiones a través de sus Ministros y que fue siguiendo paso a paso lo sucedido. Ahora bien, por qué no pensar e interpretar esta demanda o necesidad de pronunciamiento público como algo positivo, como un indicador social que da cuenta de la madurez de nuestra experiencia democrática. Donde no hay palabras, hay violencia y especulaciones. Donde el relato instituyente de la política está ausente, funcionan y operan otros relatos. Así, la desestabilizadora estrategia mediática hizo lo suyo como contrapunto del silencio presidencial. El relato de la tragedia fue reactualizado en la instancia del espectáculo, en cada imagen proyectada una y mil veces, porque para la lógica de la maquinaria mediática, la tragedia no puede ser jamás clausurada. La reiteración incansable de las imágenes del dolor, alimentando el morbo, acompañadas por música incidental y por voces dispersas, maniqueas, abocadas poco a informar, pero enérgicas haciendo leña del árbol caído. Así funciona el poder del relato televisivo, sabemos que el poder no se posee como un bien; es una relación desigual que se ejerce, circula, funciona en cadena, reticular y transversalmente  al cuerpo social.


En este escenario, se inscribe el relato de la Presidenta, su palabra pública instituyente, que re ordena, organiza, habilita la posibilidad de reconfigurar una vez más los resortes estratégicos de la política. En uno de sus discursos al comenzar su primer mandato Cristina Fernández dijo: “lo esencial de mi gobierno es el relato” y el relato es aquello que le da sentido a los acontecimientos, a las acciones, al devenir. La palabra pública ante el dolor público, como la sabia que brota de la corteza del árbol social, es lo que puede reencauzar el porvenir, trazar alguna explicación sobre lo sucedido.
Es la palabra del anuncio y la de los hechos, la palabra como puente extendido, como un input que emerge en medio del dolor y la incertidumbre, como lugar de lo común aún en el desacuerdo. Pero también es palabra con sentido de responsabilidad, que incorpora sus efectos sociales, que dimensiona su productividad, su receptividad, que se expresa en el anuncio de las decisiones y en la búsqueda de cooperación. Entonces, es tan necesario decir como querer escuchar, porque así se teje la autoreflexividad colectiva de los pueblos, en una interacción de todos, en un intercambio dialógico indispensable en la conversación social democrática. En este sentido,  y como parte de esta conversación social,  se expresaron los padres de Lucas, sus palabras legitimadas desde el dolor, exigentes de respeto y justicia, interpelaron el relato mediático: “Debemos pensar alguna vez, lo antes posible, que ninguna imagen, ningún sonido, ninguna supuesta primicia  puede violentar el derecho básico a la intimidad de las personas  como nos pasó el viernes a la tarde, cuando anunciaron la muerte de nuestro hijo sin que nosotros tuviésemos la confirmación oficial. Después me esperaron en la morgue, nunca más puede ser visualmente atractivo para nadie ver la imagen de un padre entrando allí a reconocer el cuerpo de su hijo, la obligación de imponer un cambio es nuestra, como trabajadores de prensa pero sobre todo como seres humanos que es una instancia superior a cualquier trabajo”, expresó Paolo Menghini, quien se desempeña como editor en la Televisión Pública.


La palabra reconfigura, abre, alivia, posibilita y funda la construcción del reverso de la  tragedia. De ese modo opera su poder instituyente, como el movimiento  ondulatorio de una red puesta al viento, porque el poder es productivo y sus fuerzas se definen por su capacidad de afectar para bien o para mal la vida de los más.
Hoy, la imagen de Lucas reposicionada en el tiempo de su no aparición, es una presencia ausente, un reaparecido, un recuerdo presente de un pasado siempre por venir en el futuro, si la justicia y la voluntad política no actúan. Una promesa de justicia, una promesa de igualdad cuyo enlace debe ser verificado cada vez más en nuestras vidas singulares y colectivas. Lucas, un ser con la política de la memoria.

viernes, 13 de enero de 2012

Este es el romance del pensamiento militante, de la aventura colectiva y unas pocas cosas más…

                                                                                       Publicado en www.pensamientomilitante.blogspot.com
Por  Alejandra Rodríguez


Mientras la política queda atrapada, muchas veces,  en el callejón (¿sin salida?) de la correlación de fuerzas, descuida que las disputas de este tiempo transitan también por el camino de las ideas y los sentidos. La lucha no se dirime solo por los espacios de poder.

Ahora bien, la monopolización del sentido no puede quedar en manos de unos pocos, porque somos muchos los que venimos siendo parte de la conversación social. La interpretación del tiempo que transitamos se enriquece con múltiples verdades y puntos de vistas y se empobrece en la pretensión de unificar lecturas, de polarizar las posiciones.

El pensamiento militante es pensamiento-acción, es una posibilidad que se despliega en el vínculo intersubjetivo, allí, cuando nos imbricamos. Es activo, transformador, se recrea permantemente en las conversaciones, en las lecturas, es abierto, se anima a la autocrítica, busca nuevos interrogantes, interpreta, complejiza, no se limita a la reproducción automática, es generador, co-productor de sentidos y prácticas.

El pensamiento militante no pretende “acompañar”, ya que esto supone mirar desde afuera, sino más bien “protagonizar” la revuelta de estos tiempos, ser parte de la masa descubridora de su potencia. El trabajo del pensamiento está en cruzar los puntos que se tejen con  los hilos de las palabras- apasionadas, imprecisas, balbuceadas – y con ellas trazar líneas, crear formas, sentidos y prácticas. El pensamiento no tiene dioses ni maestros iluminados que lo autorizan  a pensar, a qué pensar. La confianza y el motor están en la comunicación entre pares, en el entendimiento colectivo.

Quienes integramos este colectivo político no pretendemos ser la vanguardia de nada más que nuestras posibilidades, a las que no pensamos renunciar en el altar de la falsa antinomia: pensamiento o acción. La reposición del pensamiento en la experiencia política y social es tarea de todos, no se trata de privatizarlo ni confinarlo como propiedad de los que “piensan” en contraposición a los que “hacen”. Pensar es hacer, al comunicarnos accionamos, nos ligamos, hacemos lazo, nos ponemos en relación, construimos comunidad. Nuestro pensamiento es praxis, porque se anima a cuestionar lo instituido, a reflexionar más allá de lo que se presenta como inexorable, poniendo en duda el orden dado y el continente que organiza y estructura nuestra percepción sensible del mundo que habitamos.
  
Así lo decía nuestro compañero John William Cooke: “...la teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos inciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas”.

jueves, 12 de enero de 2012

La política que despolitiza
Las nuevas derechas globales: del espectáculo al corazón
Publicada en La Nave, revista de pensamiento político. Año 2 Nº 4. (Dic. 2011)

Por Alejandra Rodríguez
“Hay una estética de la política en el sentido
en que los actos de subjetivación política redefinen
lo que es visible, lo que se puede decir de ello
 y qué sujetos son capaces de hacerlo”.
Jacques Ramcière,[1]

Lejos de pensar en el fascismo italiano o la Alemania de Hitler, la reflexión sobre la relación entre totalitarismo y democracia cobra dimensiones significativas en el presente a la hora de pensar en la conformación de las nuevas derechas globales.
El surgimiento del empresariado en los asuntos políticos, una religiosidad espectacular que congrega multitudes, y el poder mediático,  son formas locales que adquiere la alianza entre capital financiero internacional, la economía modernizada y  las expresiones culturales religiosas. Sus estrategias políticas se orientan al debilitamiento de la democracia participativa y operan limitando el rol del  ciudadano al de espectadores ‘voyeur’,  dispuesto al entretenimiento o el fanatismo religioso mientras los ‘políticos’ y los ‘expertos’ se encargan de la cosa pública. Esto nos plantea la necesidad de pensar en los enigmas sociales de la sensibilidad e identificar las formas del enlace entre mundo  global y mundo privado. La pregunta por el status de las representaciones que definen a los nuevos sujetos y esas formas que operan sobre las subjetividades sociales se hacen visibles en las performances de pastores religiosos, empresarios devenidos políticos y personajes mediáticos.
Nos proponemos en éstas líneas un recorrido por algunos escenarios con sus personajes y discursos:
En la Avenida 9 de Julio, un mega escenario iluminado con una puesta en escena a lo Shakira u cualquier otra presentación de taquilla mundial, promocionado por una fuerte campaña publicitaria, con una estética de espectáculo y el eslogan "Buena música y Buenas noticias", hace su presentación Luís Palau, el pastor evangelista argentino nacionalizado en Estados Unidos. Lo acompaña una multitud de gente, seguidores fervientes a quienes les habla de valores éticos y religiosos. Según consta en su sitio oficial  ha sido orador ante más de 22 millones de personas en 22 países. Su dispositivo incluye congresos, seminarios y conferencias – festivales que alternan sus discursos con recitales de grupos musicales y cantantes populares.
En el televisor encendido de cada noche,  Marcelo Tinelli - el reconocido conductor televisivo y empresario, ex -relator de fútbol y devorador de alfajores enteros-  hace bailar a todos por un ¿sueño? La construcción mediático-popular de soltero codiciado y exitoso, conserva algo del pibe de pueblo, familiar y sensiblero, un tipo común qué con esfuerzo y trabajo llegó a ser famoso y millonario. En su programa la vida se resuelve “bailando por un sueño”, un sueño que solo es una excusa para el desfile de escenas bizarras, escandaletes novelescos y coreografías que tienen al cuerpo de la mujer como fetiche de atracción, todo recortado sobre el fondo de una superproducción televisiva.
En la Ciudad de Buenos Aires, el empresario Mauricio Macri llega a la Jefatura de Gobierno (elegido por el voto popular) luego de ser Presidente del Club Boca Juniors. Ofrece sus propuestas cual productos en el mercado, las que  acompaña con la promesa de trasladar su capacidad de éxito empresarial al terreno de lo público.  Su campaña recreada en la diversión de un pelotero de globos de colores, tuvo como eje de la estrategia comunicativa la apelación al ‘vecinalismo festivo’. Mauricio le habla a un electorado despreocupado de tomar partido o comprometerse por los asuntos comunes, un votante consumidor y autista.

El filósofo alemán Jürgen Habermas[2] describe un conjunto de valores que caracterizan a  la nueva derecha global, a saber: el ideal del hombre rico, emprendedor y eficaz;  la importancia del mérito personal, de la ‘diferencia’ como un bien superior; la política como una suma de ‘acciones exitosas’ y el rol de los ciudadanos organizando su intervención (cívica) en los asuntos públicos a través de un sistema de intercambio,  que equivale a un mercado. El pastor que oficia como portavoz de la civilidad, el empresario mediático y el candidato empresario encarnan estos valores y representan formas de identificación masivas como parte de la saga despolitizadora.
En Palau, la dosis de comunidad internacional se entrelaza con la situación personal de sus seguidores y se refuerza con la propia historia del pastor, referencia última para los congregados, le habla a lo “descarriados” para que sean personas de bien.  Esto decía al abrir el Festival en la  9 de Julio “La Argentina está viviendo un despertar espiritual seguido por todo el mundo a través de 40 mil computadoras encendidas. Dios está haciendo una obra grande en la Argentina. ¿Cuántos de los que está aquí son solteros o solteras? Yo sé  porque vinieron…están buscando novio o novia, por eso vinieron. Les recomiendo mi libro “Con quien me casaré”, está en todo los kioscos, cómprenlo, así se casan bien”.
Tinelli, reedita diariamente un contrato con sus telespectadores reafirmando al pibe de Bolívar - que podría ser cualquier televidente -  le habla al tipo común, al soñador. Por su parte, Mauricio con su discurso vecinalista, teñido de falsa armonía, se dirige al vecino molesto por los trapitos que cuidan los autos o por los manteros que complican el buen vivir de la Ciudad Autónoma: “Quiero decirles que cada día estoy más enamorado de esta Ciudad y decirles a todos los vecinos que voy a seguir tocándoles el timbre porque necesito escucharlos, que estemos cerca, que estemos unidos, porque Juntos Venimos Bien. Juntos Venimos Bien.”.

Esto discursos, apelan a la estrategia de la proximidad entre ellos y los que escuchan, intención que a la vez refuerza la distancia, la brecha entre los que miran y los que actúan. Distantes de la noción de igualdad, descansan en la idea de la individualidad, con un poder de convicción inédito que construye realidad y que tiene detrás apoyos sociales masivos. Un mix que combina la construcción espectacular con la dimensión singular, una forma de entrar (modelar) al mundo privado de las personas. Así, la derecha global, en tanto modelo del nuevo espíritu capitalista hace presente en cada momento de la vida social, de la comunicación y la opinión pública los procesos de globalización. Según Chantal Mouffe[3], su éxito se debe, por un lado, a la articulación de demandas democráticas reales que no son tomadas en cuenta por los partidos tradicionales y por el otro, a la eficaz consciencia que tienen de la “dimensión afectiva de la política”, de las necesidad de movilizar pasiones y cierta forma de esperanza, según la creencia de que las cosas podrían ser diferentes. Son ejemplos de ello el eslogan de  Francisco De Narváez  en la última campaña: “El cambio comienza un día” o el de Sebastián  Piñera en Chile cuyo jingle fue un cover “Quiero gritar que te quiero” - del grupo argentino Los Náufragos-   modificado a “Quiero gritar viva el cambio”. 
En este sentido, es necesario introducir en el devenir político una lectura en clave estética, entendida ésta como la forma en que se organiza nuestra percepción de la realidad, nuestra relación sensible con el mundo. Hoy, la pregunta por los enigmas sociales de la sensibilidad, por los mundos recombinados, resimbolizados,  es una pregunta estética más que política, ya que en esa percepción y organización se producen jeraquizaciones, se moldean subjetividades y se configuran los imaginarios colectivos. La disputa de estos tiempos se dirime en la manipulación de los estados de ánimo, en las ficcionalizaciones  de lo real, en la imposición de los imaginarios, en la puesta en escena, en lo que concierne al mundo privado, al inconsciente, a la imaginación, a la imagen y el montaje de los hechos y las cosas, es decir, territorio estético y político.


[1] Rancière, J., (2010), El Espectador Emancipado, Buenos Aires, Bordes Manantial.
[2] Habermas, J., (2004), Tiempo de transiciones, Trotta, Madrid.
[3] Mouffe, Ch., (2009), En torno a lo político. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una mirada política sobre El Estudiante

  
Por Alejandra Rodríguez

El cine no está hecho sólo de imágenes, ya que como manifestación cultural contiene una enorme reproductividad de significados que involucran instituciones, productores, realizadores, críticos y espectadores. Las películas son representaciones que se inscriben en un contexto determinado, por lo tanto, la perspectiva estética y contextual permite establecer el correlato entre la película  y el presente. Este es el punto  que se intenta abordar en estas líneas.

El Estudiante,  es la ópera prima de Santiago Mitre,  un thriller político ambientado en la Universidad de Buenos Aires. El film recrea el mundo universitario y nos invita adentrarnos en él a través de la mirada de Roque, un joven que llega desde Ameghino, Prov. de Buenos Aires, para hacer una carrera universitaria e ingresa a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Motivado por el deseo amoroso hacia Paula (profesora y militante de Brecha)  participa de una reunión política,  en la que se debate acerca de la traición de un integrante de la agrupación. Roque, escucha en silencio, observa atentamente, hasta que propone como estrategia política “desenmascarar al traidor”. A partir de ese momento comienza el despliegue de su talento para las operaciones y la militancia. 
Con el paso del tiempo deja de estudiar, comienza a ganarse la vida haciendo encuestas  y ocupa su tiempo trabajando como “puntero” de Acevedo, profesor titular de una materia, jefe político de la agrupación y potencial Rector.

En un contexto sociocultural en el que la política se reinscribe en la experiencia social como una práctica colectiva y se reestrena con los rostros de las nuevas generaciones ¿Cómo situar El Estudiante? Un relato que reduce la política a la habilidad carismática de un joven con capacidad para la rosca,  con inquietudes poco definidas, alguien que puede manejar situaciones y voluntades colectivas. Mientras que en el presente la política implosiona como experiencia de todos,  en su dimensión antagonista, conflictiva pero fundamentalmente  como herramienta privilegiada de transformación, el universo recreado por el film es el de la operación y el miserabilismo político, aquel que sobredimensiona el talento individual para direccionar destinos colectivos.  No podríamos afirmar que esta dimensión de la política no exista,  pero no se puede tomar la película como una representación metonímica – la parte por el todo- de la política universitaria.  En este sentido cabe el siguiente interrogante ¿Cuál es el universo diegético evocado por el film? Nos preguntamos por ese universo interno creado por la historia, que está dentro de la narración y que los personajes experimentan. Si bien existen indicios que nos hacen situar la historia en el presente -los carteles con los rostros de  Mariano Ferreyra y de Néstor Kirchner que empapelan los pasillos de la universidad – la trama parecería referir más a la experiencia política de los 90, época en la que el relato moral funcionaba como contrapunto del neoliberalismo. Es en esta década que cierra lo que Acevedo les dice a los jóvenes de Brecha en una reunión política “el golpe moral es lo que más les interesa a ellos, la traición es la forma más común, de esta habrá miles”.

El Estudiante contiene en su lógica de producción y distribución un cuestionamiento respecto a la política estatal y a los criterios para el otorgamiento de créditos. Fue realizada sin subsidios del INCAA, de manera autogestiva, filmada en HD digital y producida en forma independiente con aportes de las productoras de Pablo Trapero y Mariano Llinás. Esto marca un posicionamiento explícitamente político. Pero, por otra parte, narra una historia que limita y empobrece la política, al presentarla como una práctica degradada, sosteniendo entre otras cosas la falsa antinomia “militar o estudiar”  ya que si militas, a la larga dejas de estudiar, ese el sentido común reforzado por la historia que se cuenta. El relato emerge proponiendo un nuevo paradigma en términos de la construcción del punto de vista, pero en la historia que plantea recrea los viejos y peores vicios de la práctica política universitaria.

El relato moral termina por absorber al relato político, en el final, la enunciación se sitúa allí.  Un final tranquilizador -una especie de happy end del cine clásico- una caricia para las almas bellas que piensan que la política se define en la decisión individual entre el bien y el mal.  El arco moral de la película presenta la disyuntiva entre la habilidad de un dirigente o su posición ideológica, así lo expresó el director en una entrevista televisiva. Ahora bien, ese dilema, ¿no es acaso un dilema puesto en agenda por la cultura neoliberal? que pregonó entre otras cuestiones,  el manejo de la cosa pública como tema personal y la realización individual por sobre los intereses colectivos. Porque si algo está ausente en el relato, es eso, un sujeto político colectivo empoderado. Las situaciones se dirimen en diálogos solitarios entre los que “manejan la cosa”.

La película de Santiago Mitre está realizada con virtuosismo formal, con una minuciosa mirada etnográfica del mundillo universitario y con buenas actuaciones. Se ubica dentro de la saga de películas del denominado nuevo cine argentino[1], aquel que tiene sus orígenes con Historias Breves I en el año 1995  y que fue realizado por una nueva generación de cineastas que a partir de los años 90 producen un corte y una renovación en el cine argentino. Este nuevo cine que surge en el auge de la plena vigencia del neoliberalismo, tiene entre sus principales características la multiplicidad de estéticas y la pluralidad de miradas.  En los 90, estos cineastas se inclinaban por contar relatos por fuera del “relato neoliberal” al que era más afín sin dudas el cine comercial. Por otra parte, este cine mantuvo con el cine argentino de los 80 una ruptura expresada fundamentalmente en el rechazo a contar historias ancladas en la demanda política e identitaria. 

Las películas se producen y recepcionan en un determinado contexto social, cultural y en un tiempo concreto. El nuevo cine argentino en la década del 90 tuvo que asumir los cambios de un mundo que ya no era el mismo, demostrando de este modo su apertura al presente. El tiempo hoy es otro y necesita ser reinventado, ese es el gran desafío para las nuevas generaciones. Reinventar es también construir relatos para nuestro tiempo.  Como dice un de los personajes del film: “Abrí lo ojos, la política cambió chabón”.  



[1] Vale la aclaración de que el primer nuevo cine argentino surgió en la década del 60, conocido también como la Generación del 60`

Cambio cultural, desafío de la política y las nuevas generaciones


Publicado en Perspectiva, Mundo Político, Mundo Intelectual. Generación Política Sur (GPS). Agosto 2011 

Por Alejandra Rodríguez

El debate sobre la relación entre cultura y política, es un debate contemporáneo,  instalado con mayor pregnancia en la agenda política en esto últimos tiempos. Lejos de que la cultura termine siendo una “jaula de hierro” con la cual pretendamos explicarnos los vaivenes políticos y sociales, estamos frente a la posibilidad de plantearnos algunas reflexiones para afrontar los desafíos de nuestro tiempo: ¿Puede dinamizarse un cambio cultural desde la política? ¿El cambio político es necesariamente un cambio cultural? ¿Cómo se articulan estas ideas en la experiencia social?  Cuando decimos cambio cultural, no hablamos de los festejos del Bicentenario, de Tecnópolis o Fuerza Bruta, sino de cómo se sale de esas prácticas sociales arraigadas en lo más hondo del individualismo, de la insolidaridad, cómo se reinventa una conciencia nacional y popular contemporánea. Debido a ello, es necesarios trabajar en una política cultural singular, en la “fabricación de lo sensible”  según Rancière, para quien el trabajo político es una tarea estética, porque distribuye lugares, espacios y cuerpos. En tiempos en que la política se entremezcló en nuestra interioridad, el kirchnerismo como proyecto, todavía reclama ser colmado. Es preciso ampliar los márgenes de escucha, hacer una escucha atentísima de aquello que parece y se presenta como novedoso, como una posibilidad de verdad.

La política hoy se reembarca con rasgos de amplitud generacional. Es tiempo de construir lo nuevo,  que se construye con la tradición, como relación dialógica entre el pasado y el presente, no como algo imperturbable. El desafío es pensarnos como una generación que mira a la generación anterior y entiende que la tradición no limita la posibilidad de reinventar.  El juego que se demanda para abonar el cambio cultural de la política debe ser colmado con permanentes apuestas a una construcción desafiante, de conjunto, que remita  a la política como vida pública y colectiva. Que se permita la experiencia de otras formas, lógicas y modos de construir vínculos y poder. Un juego en el que no se trate solo de medir fuerzas sino también de debatir ideas, argumentos, ya que en el entre, allí y sólo allí -  dónde los sujetos se reúnen con el propósito de realizar algo en común -, aparece el poder. El poder es siempre una relación social, el poder circula y se expresa en la experiencia cotidiana y ciudadana. La política es el lugar de lo público, es palabra, es con otros.
El intelectual Antonio Gramsci, nos induce a mirar el saber práctico, la construcción de un saber nacional y popular. Para él, las transformaciones políticas profundas son las culturales, las del conjunto de valores, costumbres y prácticas que constituyen un pueblo, una comunidad.

El horizonte del presente  nos convoca a pensar en la cultura como modos de vida, experiencia social, movilización activa, la cultura como política encarnada, lenguaje propio, pensamiento militante, lectura de época emancipada. Claro que la construcción de fuerza política es necesaria, pero también se la debe acompañar generando generando condiciones para las posibilidades de reinvención de nuevos planteos estéticos y comunicativos. Hay un debate, un planteo en el mundo de las ideas que es necesario hacer, un momento político oportuno: es así,  un desafío para las nuevas generaciones políticas. Así lo planteaba el maestro Nicolás Casullo “No hay proyecto sin generaciones pensantes, polemizadoras, creadoras de ideas, fecundadoras de teorías y memorias. Ahora es el momento”

domingo, 13 de noviembre de 2011

La política como felicidad pública

Nota publicada en Red Mujeres con Cristina. (Marzo,2011)

Por Alejandra Rodríguez, Ana Laura Herrera y Carolina Calvelo

“Quien vive verdaderamente no puede dejar de ser ciudadano y combatir. Odio a los indiferentes... La indiferencia actúa poderosamente en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa… Los hechos maduran en la sombra, unas pocas manos, no sometidas a ningún control, tejen la tela de la vida colectiva y la masa ignora, porque no se preocupa... Soy combatiente, vivo, siento ya en las conciencias viriles de mi bando el pulso de la actividad de la ciudad futura que mi bando está construyendo (...)”  Antonio Gramsci (citado en G. Fiori, Vida de Antonio Gramsci, Peón Negro Eds., 2009 pág. 139).

Las autoras de este artículo formamos parte de una generación que nació en los años '70 y, por lo tanto, crecimos a la luz de la tradición del peronismo, los dolorosos años de la dictadura militar y el advenimiento de la Democracia. Nos tocó comenzar a construir nuestra identidad política y militante durante los ‘90, en la oscura noche del neoliberalismo.

Reconociéndonos en las huellas de ese pasado, hoy protagonizamos el presente participando en la construcción de una nueva cultura política. Asumimos una voluntad política comprometida con el proceso de transformaciones democráticas que vive el país y trabajamos para ampliar aquella diferencia que posibilite actualizar la política.

Desde hace un tiempo se nombra a la juventud como sujeto político que irrumpió en la escena ciudadana tomando por sorpresa a muchos, que dudaban de lo que se venía gestando desde abajo. La presidenta hace permanentes llamados a los jóvenes, dice: “hay en ellos espíritu de cambio, de transformación, de superación y de progreso”. En este sentido, ¿estamos dispuestos/as a revitalizar la política asumiendo el protagonismo de las nuevas generaciones?

Si de la mano del Kirchnerismo se inició un nuevo proceso democrático con disposición a encarar temas que algunos pretendieron sepultar, a dar visibilidad a nuevos sujetos políticos, a transformar estilos y hasta atreverse a nuevas designaciones, como propuestas de renovación del peronismo -sendero que requiere ser revisitado constantemente- similares iniciativas en el resto de las fuerzas políticas quedan por emprenderse, pues el presente exige cierta dosis de reinvención que pueda ampliar la diferencia con el pasado y que pueda ser opción de futuro desde los mejores legados del ayer.

¿Qué implica entonces renovar la política? ¿Los dirigentes más jóvenes se están animando a experimentar nuevas lógicas o siguen reproduciendo las más arcaicas? ¿Los espacios políticos que dicen distanciarse de la vieja política logran contener y satisfacer a los que militan para abrir horizontes?

Si una política no abre el juego y no distribuye poder, si no está dispuesta a aventurarse un poco, a empoderar los nuevos pasos, a ampliar los márgenes de horizontalidad en contra de una verticalidad que solo entiende de “conducción”, se vuelve poco atractiva, envejece a quienes la practican y aleja el entusiasmo de los que se acercan.

El juego que se demanda para abonar el cambio cultural de la política debe ser menos mezquino, con permanentes apuestas a una construcción desafiante, de conjunto, que remita a la política como vida pública y colectiva. Un juego que combata el aislamiento, convencido de que en el entre, allí y sólo allí, dónde los sujetos se reúnen con el propósito de realizar algo en común, aparece el poder. Porque el poder no es otra cosa que una relación social, algo que circula y se expresa en la experiencia cotidiana y ciudadana, del mismo modo que la política solo puede ser en el lugar de lo público, de la palabra, con otros.

Un proyecto popular profundo se afianza si logra integrarse junto al pueblo con consignas y realidades de transformación. Una transformación que es política, pero que también y necesariamente es cultural. Nicolás Casullo ampliaba la imagen de la transformación: “…para cambiar una época hay que delegar un montón, porque tienen que ser un montón las voces que acompañen el discurso oficial, pero no como loros que sólo repiten, sino con ideas propias y aportes de valor. Es parte de la batalla intelectual que hay que dar. Si no te das cuenta de eso estás perdido.” (Revista Debate, abril del 2008)

Así como Evita se rebelaba ante los alcahuetes, ante los propios que obturaban la posibilidad de lo nuevo, de aquello que nunca se había podido pensar, de aquello ante lo que había que habilitar nuevas preguntas, hoy los efectos de no combatir una lógica de construcción política que se conserva como elitista pueden ser dramáticos para el movimiento popular. Quienes venimos militando en el peronismo tenemos el desafío por delante de continuar un proyecto integrado a la experiencia popular.

La nueva política es aquella que se somete a revisión constante, que actualiza reflexivamente las cualidades, propósitos y estrategias del proyecto que venimos construyendo. Las “almas bellas” declamadoras puntillosas y aquellos que aún permanecen alejados del kirchnerismo pueden incorporarse a la construcción de este gran frente nacional, comprometidos con la ampliación de una democracia distinta. Lograremos involucrarnos con las vivencias de la gente y encarar una reflexión más profunda si desde ambos lados asumimos el desafío de construir desde la diversidad, echando por tierra un continuismo que se disfraza de crítica progresista por un lado y la ceguera de un sectarismo que se camufla de convicción por el otro.

La política es felicidad pública, aquella que surge cuando uno descubre que estuvo siempre vinculado a la vivencia del pueblo. Y ese descubrir es una acción, es desatar, destapar esa profunda relación con la experiencia de los más. El peronismo es un proyecto que se construye en el devenir, en la historia, es entonces un mito. La historia es un proyecto que se desarrolla todos los días, con las opciones que se toman, con la impronta que se marca en cada época, de la mano de las luchas sociales. Pensar en la transformación social hoy es pensar en las revoluciones del pasado, ser peronista hoy es asumir la experiencia del ayer, también aquella que ha sido silenciada.

Lo revolucionario del peronismo fue descubrir saber en el pueblo y desplegar su poder desde y en la acción colectiva. Así lo diría J. W. Cooke: “El peronismo es el hecho maldito del país burgués”. Ese fue el hecho maldito del peronismo: revalorizar el saber sin saber, nuestro saber, el saber del pueblo y darle lugar desatando la tremenda potencia que contiene. El pueblo es constructor del proyecto, un pueblo que lucha con estrategias de poder.

Tal vez no se trata de pensar en la revolución como un horizonte casi inalcanzable sino de no abandonar el trabajo incansable por la transformación social, por un cambio social profundo que implica hacer un ejercicio permanente por descubrir y desplegar la fuerza política del pueblo. Este proceso no termina nunca, porque el cambio social es un saber sin saber.

Luchamos siempre, porque siempre hay aspectos para cambiar en la realidad que nos circunda, pero también porque siempre es posible hacer realidad algunas utopías. “Toda revolución debe ser primero rechazo si quiere ser afirmación”, dice Mariátegui. Todo cambio cultural implica una revolución política, el rechazo de sus formas arcaicas junto a la proximidad de un tiempo pasado que se nos hace presente. La dirección política no puede estar a espaldas de los más, de los que venimos cantando, de las palabras que circulan, pues si los días más felices fueron peronistas, es esa felicidad pública la que queremos reconstruir. Pero el optimismo que nos convoca debe contagiar su entusiasmo a nuevas y mayores voluntades que logren desplegar una riqueza inventiva de iniciativas concretas que modifiquen la realidad existente. En palabras de Cooke: “nuestros compromisos son con esta época sin que podamos excusarnos transfiriendo a generaciones que actuarán en un imprevisto futuro”. Es compromiso y estrategia de poder hoy. Valga este artículo como un reclamo de actualidad para la política y para todos/as los/as que somos militantes. 


Y volvió un día, cuando el dolor fue público


Nota publicada en Red Mujeres con Cristina. (Noviembre,2010)

 Por Alejandra Rodríguez

Durante los días tristes y aciagos posteriores a la muerte de Néstor Kirchner, experimentamos - como pocas veces en la historia – la necesidad de encontramos, escucharnos, pensarnos, leernos, contarnos, interrogarnos, compartir el desamparo, sentirnos en comunidad.

Juntos. Dolidos. Fuertes.

A partir del vacío que nos dejó nuestro líder, entre conversaciones y reflexiones vamos haciendo del dolor un relato, intentando encontrar un orden, un sentido al dolor, y con él a nuestras acciones presentes y futuras. Estamos escribiendo en las páginas de la historia nuestro relato colectivo, expresado en innumerables artículos, semblanzas orales y escritas.

Cada narración, cada relato, es el mundo que nos vamos re inventando entre todos. Nuestro pensamiento herborizado y múltiple expresa lo político, ya que no es sólo un proceso interno, es entre nosotros, inter subjetivamente. Tal vez lo más importante de la política no sea explicarnos bien, ni hacer buenos diagnósticos, ni escribir acertados análisis, sino animarnos a suspender las certezas, abrir la palabra como puente extendido hacia los demás, hacer que otros reflexionen con nosotros, algo así como encontrarnos en las vivencias y las palabras de los más.

Y mientras hacemos público el dolor y lo comunicamos, vamos verificando el proyecto político que estamos construyendo. La posibilidad de una experiencia que pueda ser emancipatoria requiere, según Rancière, asumir el riesgo de la verificación, de inventar individual y colectivamente las formas de esa verificación.

Y allí, en contrapunto con la muerte, reaparece la política viva, reestrenándose a si misma.

Potente. Convocante. Sorprendente

Se balbuceaba su retorno desde hacía un tiempo, pero no imaginamos el despliegue de su potencialidad ciudadana en acto. La política explotó desde adentro mismo del pueblo. Rompió pronósticos y análisis. Trascendió lo pensado. Con la vida y la muerte de nuestro líder, la felicidad fue dolor público y fue potencia del pueblo. Las voces y los rostros antes silenciados e invisibilizados encarnaron la reaparición de la política viva. La política está entre nosotros, se mueve en territorio conocido, no excluye a priori, es promesa de producción de igualdad. Ella camina de la mano de nuestro líder, será tal vez porque él hizo lo que parecía una proeza, reconectarnos con la política como vida social, como herramienta de transformación y como práctica de todos, invitándola nuevamente a ser parte de nuestra experiencia cotidiana. Ese es el legado que supimos conseguir.

La política tiene rostro de mujer, camina ahora entre nosotros y nos extiende la mano. 



Instrumentar la esperanza, construir nuevos sentidos

Nota publicada en Red Mujeres con Cristina.  (Marzo, 2009)
Por Alejandra Rodríguez


Transitamos momentos de mucha desazón. Los sectores de la oposición y el mercado monopólico de los medios masivos de comunicación apoyados en dos ejes: la inseguridad y el conflicto con el sector agro exportador (la gauchocracia), alientan e instalan en la opinión pública el advenimiento de la no política, la anti-política, frente a la cual lo mejor es moverse desde la individualidad y desde el reclamo sectorizado. Los representantes de la oposición mediante una incesante propaganda amplificada por los medios afines no 
para n de repetir que la suerte del gobierno está echada.

La pregunta acerca del porque la gauchocracia - que no es más ni menos que una de las múltiples caras de la nueva derecha - ha logrado su lugar en el corazón de los sectores medios despolitizados y viene conquistando con mucha habilidad el sentido común de la sociedad civil, es una pregunta que debemos hacernos porque resulta imperioso entender.

La cultura política de la globalización no conoce de fronteras ni territorios nacionales, vacía de su contenido histórico a las culturas locales a la vez que hace alianzas con ellas. Esa cultura de la globalización instala en distintas partes del mundo, como herramienta estratégica de expansión económica, ideas neoliberales, a partir de las cuales elabora el caldo de cultivo de sus acciones en materia política y económica. La reflexión sobre estas ideas abre nuevos sentidos para pensar y comprender el escenario actual, pues el discurso de la gauchocracia se inscribe en la cultura política más regresiva de la globalización en crisis.

Una primera idea consiste en darse cuenta que esa cultura instala en sus “cultores” el ideal sostenido del hombre emprendedor, aquel que es capaz de producir riqueza. Si todos somos ricos, de esta forma podremos ayudar al país. La idea falaz pasa a ser la de la riqueza entendida como un bien común y a la larga “para todos”. Entonces, es desde esta perspectiva que se formulan la pregunta explicita los productores de la gauchocracia ¿Cómo hacemos para ser más ricos?.

Por otra parte, con relación la cultura que se nos ofrece es de caída de la moral igualitaria, aparece la idea de la moral post- igualitaria, sustentando el ideal de “la diferencia” como un bien superior, sostenida en el mérito personal que todos evidenciamos cuando llegamos a ser diferentes. Acompañando estos conceptos del mundo global, se instala una extraña idea de ciudadanía: los ciudadanos organizan su intervención (cívica) en los asuntos públicos como si se tratara de la provisión de un servicio, es decir a través de un sistema de intercambio en un mercado. Se intercambia mi adhesión política con aquel que tiene poder e influencias. Lo que siempre ha sido la ciudadanía, el ejercicio de los derechos de decidir el rumbo y el gobierno de un país, se transforma así en un ejercicio destinado a obtener beneficios (políticos) con el menor costo posible. Como consecuencia de esto, la política ya no es concertación o cooperación pública, ni “juicio reflexionante”, se trata de llevar a cabo “acciones exitosas”, que si logran este objetivo, se imponen por sí solas.

En este sentido, la gauchocracia aprehendió con gran habilidad el discurso de la derecha global, en tanto prototipo del “nuevo espíritu capitalista” que hacen presente los procesos de globalización en cada momento de la vida social, de la comunicación y la opinión pública.

Ese discurso de la nueva derecha se sostiene y se impone mediante la circulación del saber internacional a través de las redes, la conexión online permanente, los encuestadores y los medios masivos de comunicación. Por otra parte, y como característica sobresaliente de dicho discurso, éste se presenta como no confrontativo, conciliador, con mucha acción y poca estructura.

Se hace necesario pensar, entonces, la cuestión de cómo enfrentar este discurso, como construir nuevos sentidos que tengan arraigo en la sociedad civil. No basta con el anatema que descarga en la nueva derecha todos los males del mundo, pues es necesario darse cuenta que tras ella hay apoyos sociales masivos. Se hace necesario comenzar a problematizar la producción y el orden político con otros principio, de un nuevo paradigma económico político que permita una nueva circulación de saber. Un saber que verifique sus verdades de modo práctico, un saber que sea vida social, un saber que sea acontecimiento.

¿Qué posibilidades de soluciones existen para este momento social y político tan complejo que no signifiquen un retroceso en la profundización del proyecto de país que hemos empezado a construir en el 2003?.
Esta pregunta debe dialogar con estas otras: ¿Como nos vemos en los que piden justicia en la Plaza de Mayo con pancartas y oradores religiosos que ofician como portavoces de la civilidad? ¿Que hay de nosotros en Ellos? ¿Qué hay de nosotros en los que piden muerte por muerte? ¿Cómo descubrir al otro en mí? ¿Como chequear? ¿Cómo verificar? ¿Qué hay de nosotros en lo productores de la gauchocracia? ¿Qué hay de nosotros en el oportunismo miserable y desestabilizador de la oposición?.

Empezar a vernos en Ellos, será lo que nos permita operar con eficacia. Encontrar parte de esas respuestas será ver donde no vimos, ver nuestros puntos ciegos, revisar posiciones, formas, modos y lógicas de hacer y entender la política. Tenemos que ser capaces de enamorar a otros que no están con nosotros del Proyecto de País que soñamos. Es sobre esto que debemos y tenemos que aprender, instrumentando la esperanza, no sólo organizando las fuerzas y preparando acciones colectivas, sino fundamentalmente produciendo un saber y un pensamiento social equivalente, en términos de eficacia, al de la nueva derecha pero con signos y sentidos distintos.

La Michetti...

  
Nota publicada en Red Mujeres con Cristina (Junio 2009)

Por Alejandra Rodríguez

Quienes integramos la RED DE MUJERES CON CRISTINA, trabajamos para una comprensión de la política que a través del debate y la acción concertada fortalezca la democracia. Porque estamos convencidas que todo cambio político es un cambio cultural. Apoyamos fundamentalmente el cambio que significa la participación de la mujer en la vida política y pública para lo cual diseñamos y llevamos adelante actividades de formación y construcción de pensamiento político. Nuestra actividad se enmarca en el Proyecto que representa Cristina Fernández, el respaldo a ese proyecto es lo que le otorga sentido a nuestra práctica política y acompañamos la candidatura de todas aquellas mujeres que luchan por la justicia social. Sostenemos que es muy importante el marco en el cual se inscriben las experiencias políticas, no es lo mismo hacerlo desde cualquier inscripción, representando y defendiendo cualquier interés.

Es sabida la eficacia con la que funciona la nueva derecha, y sus estrategias generalmente acertadas para seducir a los sectores medios despolitizados. En esa estrategia se asienta la candidatura de la Señora Michetti, una mujer joven, con modales democráticos, presentada generalmente por los medios masivos de comunicación como representante de la nueva política, la “esperanza blanca”. ¿Qué política? ¿La política de la antipolítica? Debemos escuchar responsablemente a la Señora Michetti y no perder de vista cual es el proyecto y los intereses que Ella representa, cual es el continente de su despliegue. Teniendo presente que el discurso de la nueva derecha como característica sobresaliente se presenta como no confrontativo, conciliador, con mucha acción y poca consistencia. Es un menemismo civilizado, un neo-menemismo.



El caballo de batalla más utilizado por la candidata del neo-menemismo son las palabras integración y consenso. Sin embargo, Señora Michetti, la política es conflicto, es lucha de intereses y, por supuesto, es integración, siempre conflictiva. Las sociedades se integran porque nacen con conflictos, y es mediante dinámicas de funcionamiento y poder que van resolviendo, o no, la integración de todos.


El neoliberalismo nos marcó la sangre, dejó huellas de las cuales nos cuesta mucho desprendernos porque han marcado nuestra experiencia cotidiana con sus lógicas: la fragmentación, el individualismo, el escepticismo, el descreimiento y la banalización de la acción política, el vaciamiento y debilitamiento de las instituciones que regulen el mercado, como así también la manera de gestionar y de pensar la política y el Estado. Desde ese marco de comprensión, apostar hoy a la integración, podría ser pensado como un gesto revolucionario, pero si se trata de un modo de integración social, comunicativa, que no borra el conflicto y que jerarquiza la práctica política como herramienta para resolverlo. Y no, una integración sistémica, aquella propuesta por la nueva derecha y propagada por la Señora Michetti, que es sólo el ejercicio de la tecnocracia, de la estrategia instrumental, que elimina la acción ciudadana dejando que decida el mercado.


Integrar socialmente supone reconocer las diferencias ideológicas, políticas y no negarlas en nombre de las buenas intenciones o como abanderada de la bondad. Cómo bien dice el proverbio, “El camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones”. La integración no es una entelequia. Intentar quitarle el conflicto a la política es vaciarla de sentido. Se integra apostando a una construcción social, cultural y política responsable y comprometida con los destinos del país y tendiente a resolver las injusticias sociales. Se integra reconociendo las diferencias porque en todo caso desde ese reconocimiento es posible el relieve de alguna solución, y no jugando el juego de la negación, de la antipolítica o buscando permanentemente evadir las responsabilidades. Se integra, gestionando en favor de los que son victimas de las desigualdades sociales y no, gobernando para unos pocos bajo el disfraz de dulces palabras, reforzando la mentira mediática de erguirse como la “esperanza blanca”. Se integra cuando se impulsa la intervención del Estado en pos de defender los intereses de los sectores populares y no el de las grandes corporaciones. Se integra, Señora Michetti, cuando se contribuye a valorizar la política como herramienta de transformación social, discutiendo ideas, proyectos y no aportando a su banalización convirtiéndola en un producto más del mercado.