lunes, 14 de noviembre de 2011

Tiempo Argentino - Un foro de debate virtual y real


Las muchachas cristinistas todas unidas triunfaremos 

Publicado en Tiempo Argentino, el 21 de Noviembre de 2010
 


En 2007, en plena campaña presidencial de Cristina Fernández, un grupo de mujeres decidió que la defensa del proyecto político kirchnerista que creían hacer solitariamente y necesitaba un espacio donde hacerse público. Así nació la red Mujeres con Cristina, un foro de debate virtual y real desde el que se disparan propuestas de discusión colectiva que invitan a pensar la política desde la reivindicación del modelo que impulsa la presidenta.

Convocadas por Tiempo Argentino, cinco de las integrantes de la red reivindicaron la posibilidad de rescatar a figura de Cristina, no sólo por su condición de mujer, sino por su capacidad y experiencia política: “Cada vez que la escuchábamos o la veíamos actuar estábamos todas muy orgullosas de ella, pero cuando una iba a una fiesta las propias minas le pegaban como si fuera Barrionuevo”, recuerda Ana Laura Herrera. Su compañera Alejandra Rodríguez agrega: “Y sin embargo era una mujer ocupando el espacio más importante de la institucionalidad política. No cualquier mina podía llegar a presidente, y ella era inteligente, un cuadro político.” “Y algo muy importante –interviene Silvia Rufaldi–: representaba un modelo al que adheríamos, sólo que a veces nos sentíamos solas por pertenecer a la clase media, que tiende a reproducir el discurso dominante en lugar de identificarse con el modelo de inclusión social.”
El esquema de acción política que eligieron se inspiró en el pensamiento impulsado por Walter Benjamin en su texto sobre la historia del capitalismo francés del siglo XVIII. Así, cada semana suben a la red un fragmento que puede variar desde un párrafo de un artículo de los periodistas Mario Wainfeld o Sandra Russo, hasta un pensamiento de Gramsci, pasando por algún escrito de John William Cooke o Hannah Arendt. “El fragmento genera protagonistas, no espectadores pasivos ni lectores solamente. Subimos fragmentos porque pensamos que el pensamiento fragmentario abre una idea, no la cierra y a la vez es una confianza en la inteligencia del otro”, explica Alejandra.
La invitación tuvo éxito. Hoy cuentan con más de 5000 miembros activos en la Red y 6000 seguidoras en Facebook, donde a la cuenta original tuvieron que sumarle una segunda versión (Mujeres con Cristina II). Para integrarse no hay condicionamientos ideológicos, excepto la adhesión al proyecto iniciado por Néstor Kirchner y continuado por la presidenta: “No todas somos peronistas, pero sí todas somos kirchneristas”, advierte Ana Belloso. Organizadas en todo el país de manera horizontal a través de nodos, las “chicas” realizan cada 15 días encuentros de formación en teoría política  en la Biblioteca Nacional y una vez por mes convocan a charlas en la Fundación Tido o en la Manzana de las Luces.
Creen que con la muerte de Néstor Kirchner los jóvenes y las mujeres se hicieron visibles como  sujetos políticos, y confiesan que el pin que hoy lucen con orgullo sobre el pecho antes no se animaban a usarlo en cualquier lado. “Hay que tener la energía para bancárselo, es como salir con un pantalón amarillo…”, comentan divertidas. Convocadas a reflexionar sobre las razones por las que decidieron darle un enfoque de género a la red, advierten que uno de los motivos fue la invitación de Cristina a trabajar para el cambio cultural: “La palabra femenina alimenta la política. Reconocernos como actores sociales, políticamente activas es una condición indispensable para comenzar a repensar y modificar las situaciones de avasallamiento de nuestros derechos”, afirman. Antes de terminar la charla, admiten que hay una identificación con la presidenta por su condición de mujer, pero también –aclaran con el dedo levantado– “porque ya sabemos cómo lo hicieron los hombres”.<

Diario Perfil - Las causa de un fenómeno...

Cristina: criticada tú eres entre (casi) todas las mujeres

Los analistas coinciden en que las mujeres son más duras que los hombres en sus críticas contra la Presidenta, como lo revelan, por ejemplo, el lenguaje de los carteles que ellas portan en las protestas y sus mensajes en Internet. Hay varias causas: una mayor sensibilidad contra la arrogancia, el tema de la apariencia y el cuerpo y la sombra de Evita.

 

Por Gabriela Manuli

 


Moda. En tiempos de crisis, da gran importancia a su imagen: no repite vestidos y cuida hasta el mínimo detalle de su look.


Antipatía o aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea. Así define la palabra odio el Diccionario de la Real Academia Española. Y es esa sensación la que expresan muchas mujeres argentinas hacia la primera presidenta electa de la historia nacional. Cristina Fernández de Kirchner despierta sentimientos encontrados en el electorado femenino, casi sin término medio.
A Cristina se la critica por muchas cosas. El bótox es una de ellas. Y aun señoras que aceptarían hacerse una cirugía o ven con buenos ojos que la actriz del momento se haga un refreshing consideran inaceptable que una mujer en el sillón de Rivadavia modifique su apariencia. También se suman las joyas, la ropa o las carteras Louis Vuitton. Se duda de su título de abogada. Molesta su tono de voz al estilo “maestra ciruela”. Se dice que es soberbia o déspota. Y la lista sigue. La pregunta es cuántos de estos reproches tienen que ver con que Cristina K es mujer.
Carmen Colazo, consultora en género y magíster en Sociología, busca una respuesta. “La experiencia demuestra que en general las mujeres tiene un voto y posturas culturalmente muy conservadoras. No es raro que esto sea así. Tiene que ver con la asignación de género como guardianas y transmisoras de la cultura patriarcal. No hay término medio: o muy progresistas o muy conservadoras”.

Colazo cree que al momento de juzgar a un político a una política, las categorías no son las mismas. “A las mujeres se las mide con la sensibilidad y a los hombres se los mide desde lo racional. Entonces la gente se mete en la vida privada, en cómo se viste, en cómo habla, en si es machona o femenina. A los hombres eso no se les analiza, sino que se los mide por la participación política. Parece que nadie se acuerda cuando Carlos Menem usaba Armani o llevaba una peluquera en el avión”, explica la especialista. “Cristina tiene el karma de Evita –agrega–. No se ha separado tampoco de esa figura. Es una paradoja irresoluble: quieren una mujer femenina, pero no entienden que lo femenino pueda tener poder.”
Bronca on line. Internet hoy funciona como una caja de resonancia del odio ante todo y todos. Un espacio donde la queja, la bronca, la denuncia son situaciones mucho más comunes que el apoyo, la adhesión o el optimismo. El grupo “Odio a Cristina Kirchner”, creado por una mujer, es uno de los más populares de los espacios anti K en la red social Facebook. Ya ronda los 2 mil miembros y funciona como una suerte de catarsis colectiva donde pueden leerse desde razonamientos detallados acerca de la aversión a la Presidenta hasta insultos de todo calibre. Pero Cristina no es la única política con un grupo de antifans. “No puedo ni ver a la Carrió” ya suma casi 1.300 adeptos.
El grupo “Odio a Cristina” muestra que la bronca muchas veces es intergeneracional: “¡Te odiamos HDP! Mi mamá y yo”, escribe una adolescente furiosa. Y otra retruca: “Recién escuché a esta loca hablando en un acto de Clivilcoy (sic). No la soporto tengo que cambiar de canal, me lastima el alma y el cuerpo y me enferma la mente”. “Ver su foto me pone mal”, agrega otra internauta. Mientras otra se pregunta: “¿Te agarra hipotensión por aplicarte bótox?”.

La comparación con otras mandatarias también es parte del cruce de críticas: “No la soporto. Si vemos a las otras líderes mujeres del mundo son austeras, siempre arregladas pero ni una pizca de más. Esta chiruza (sic) se cree que es Julia Roberts, o alguna modelito o no sé qué, pero siempre sube el tono y está fuera de afinación (en cuanto al look y ni hablar en cuanto al discurso)”. Otras le critican que “en vez de ocuparse del país, se ocupa de qué se va a poner”, y hay hasta quienes le piden: “Dejate de hacer cirugías y de andar en rollers por la quinta”.

Números. Según el último relevamiento nacional de Poliarquía, la imagen positiva de Cristina es del 28%, y la negativa asciende al 41 por ciento. Para Sergio Berenztein, director de la consultora, no se pueden hacer juicios apresurados. “Hay que tener cuidado en dejarse llevar por el microclima en el que uno está inserto. No estoy diciendo que a los K los ame demasiada gente. La gente en general no ama a ningún político.” Y también destaca diferencias en el acceso entre distintos sectores socioeconómicos: “El apoyo o la base social en la cual descansa el consenso de los Kirchner a veces no tiene la presencia mediática necesaria para que se conozcan sus opiniones”. Y, por esta misma razón, relativiza el auge anti Cristina en redes sociales como Facebook: “Mucha de la gente que quiere a Cristina no tiene computadora, y a veces ni siquiera tiene luz”.
Y coincide con el obstáculo del género: “Pasó lo mismo en Chile con Michelle Bachelet. No se mide a todo el mundo con la misma vara. Y los antecedentes en Argentina tampoco ayudan a Cristina, si pensamos en Isabelita, María Julia y tantas otras”. Y a eso se suma, agrega, “que ella no gobierna con total autonomía. Llegó por medio de su marido al poder y sin él nunca hubiera sido presidenta”.

Para el encuestador Artemio López las reacciones polarizadas frente a Cristina no son una novedad. “Ya sucedió en 2007, más allá del 45 por ciento de los votos el resto tenía una imagen muy adversa de Cristina. Siempre hubo una gran divisoria de aguas. El peronismo es un componente de rechazo para una suculenta porción de ciudadanos. Es una primera minoría en el país, siempre en torno al 40 por ciento”. Y cree que el tema de género requiere más tiempo: “Para nosotros es algo nuevo ver cómo reacciona el electorado frente a una presidenta. Es evidente que hay una corriente negativa en mujeres, pero no sólo por el género, sino también por pertenencia, por residir en grandes núcleos urbanos o por el efecto contagio del entorno. Hay una intervención muy fuerte de la construcción mediática de la figura de Cristina. De la crisis del campo en adelante los medios han tenido posiciones críticas respecto al Gobierno. Pero eso es parte de las reglas de juego de la democracia”.

Y le resta importancia a la explosión anti K en Internet. “Es el reino del anonimato donde no existen formas de control. Querría ver si sostienen lo mismo si se les pone un micrófono. Supongo que debe ser también una moda, y hay que ver qué pasa en diez años. También es una forma de recuperar el protagonismo que la sociedad argentina tuvo en los 70 o en los 80. Es un fenómeno sucedáneo de formas de participación que se han perdido”.
Sensación térmica. Paula Feijoó tiene 31 años y es otra de las exponentes de jóvenes mujeres que odian a Cristina. “No me cae bien su modo de hablar y además no me marea su extenso vocabulario para decir la nada misma. Acá mucha gente confunde el manejo de un gran vocabulario con el conocimiento. Ella podrá saber muchos sinónimos y muchas frases para dar a conocer algo, pero el contenido sigue siendo nulo o vacío”. Pero no termina ahí: “Me provoca cuando habla con altanería, me crispa los nervios cuando sólo saca provecho del poder para darse la gran vida olvidándose de la política comunitaria, de la convergencia de poderes y de la institucionalidad (cuando son sus ‘amigos’ los que ocupan el poder), de los deberes de la Carta Magna que le demanda el pueblo al elegirla. Detesto a la señora K”.

Ella no es la única dentro de su amplio grupo de amigas: más de la mitad piensa lo mismo y concuerda con sus argumentaciones. “Como mujer carece de toda característica de género, más allá de lo puntillosa que resulta en su cuidado personal –a veces en exceso–. No me transmite sensaciones que tienen que ver con lo femenino, como la calidez y la sensibilidad. De hecho, como mujer me hace sentir muy lejana. Sus discursos, lejos de parecerme conmovedores, me parecen dignos de patoterismo, llenos de soberbia y cinismo. Incluso cuando habló de su salud recientemente percibí eso. Cuando la escucho pienso: ‘¿Creerá que somos todos tan idiotas?’”, coincide Natalia.

Alejandra Rodríguez es integrante de la “Red de Mujeres con Cristina”, que también cuenta con un espacio cibernético y que nació con la campaña presidencial. “Queremos hacer política de una manera distinta, dejando atrás las formas tradicionales de la vieja política que nos quiere imponer su estilo. Es momento para las mujeres, y es bueno que seamos innovadoras en algunas formas de encarar la política ciudadana, elaborando una comprensión de la política democrática”, explica. Ella, junto a sus compañeras, también escucha las críticas. “No se trata de lo que es Cristina, ni cómo se viste, sino de lo que somos capaces de construir entre todos. Ese tipo de crítica no nos parece política, ya que apunta a la vida privada y la política es siempre vida pública. Cristina expresa un proyecto político y en todo caso es eso lo que estamos dispuestas a discutir. Recuperar la política implica reconocernos en sociedad como mujeres activas y constructoras de la democracia”.
Miradas. Para Monique Altschul, presidenta de la Fundación Mujeres en Igualdad, Cristina K tiene una deuda pendiente respecto a sus pares femeninos. “En ningún momento ha respondido a ninguno de los temas que nos interesa desde el género. Hemos progresado más en esos temas cuando Néstor era presidente”. Y recuerda las críticas que se le hacían a Evita, cuando ella era una niña: “Muchos comentarios eran parecidos a los que se escuchan hoy. Hay un involucramiento personal, no una crítica política. Una de las frases que más escuchaba era ‘¿Pero quién se ha creído ésta?’”.

“Yo recorro el país desde Jujuy hasta Tierra del Fuego y conozco una amplia mayoría que le tiene afecto y respeto a Cristina. Sobre todo la gente más humilde”, aclara al inicio María José Lubertino, presidenta del INADI y defensora de los derechos de la mujer. “Me preocupa cuando escucho a otras dirigentes caer en la trampa del sexismo. Cuando se hacen eco de los estereotipos del sexismo y en lugar de argumentar hablan de cuestiones estéticas. No se dan cuenta de que ellas también van a quedar presas de esos estereotipos”, agrega, y acepta que para las mujeres la política es un terreno más escarpado. “Si es blanda le dicen que no puede. Si es dura que es autoritaria. Si es sensible le dirán que no está preparada. Eso no pasa con los hombres. Si discute es valiente y si es sensible se dice que es democrático y tiene capacidad de diálogo. Lo importante es que las mujeres ayuden a deconstruir esos estereotipos.”

Poco tiempo antes de asumir Cristina había vaticinado a la candidata presidencial del socialismo francés, Ségolène Royal, que “el siglo XXI será de las mujeres”. Aunque por ahora, entre ellas, también encuentre a sus peores detractoras.

domingo, 13 de noviembre de 2011

 
Secuencia en nueve viajes

Por Alejandra Rodriguez


I
Deseosa de escapar de los ruidos de la ciudad, aquel verano Amanda alquiló una pequeña casa en un lugar solitario en las sierras cordobesas, se muñió con comida suficiente, libros, música y tiempo libre para bañarse en el río y hacer caminatas.  Desde las ventanas de la casa podía ver el cordón de  sierras que bordeaban el horizonte con tranquila omnipotencia. Solo dos o tres casas cercanas y una posada de estilo rustico español con un extenso parque conformaban su vecindario serrano.  

II

Una tarde estaba sentada en la galería de la cabaña y  vio pasar a un hombre llevando una carretilla, se perdió durante un largo momento observando su incesante ir y venir. Las horas pasaban y el no se detenía. Esa secuencia interminable comenzó a incomodarla. ¿Por qué esta molestia? , se preguntó. Se trata sencillamente de un trabajador en plena faena, se respondió.

III

Aquella mañana, Amanda se despertó decidida a saber más sobre aquel hombre. Se preparó el desayuno, cocinó un bizcochuelo de naranja y se sentó a leer frente a la ventana del comedor, hasta que lo vió pasar.  Luego de observarlo como cada vez, juntó coraje, cortó varias porciones de torta, las puso en un plato y salió en su búsqueda. Cuando el hombre se acercó a la casa, le ofreció el plato con bizcochuelo -  Gracias, ahora no puedo parar, estoy trabajando y no quiero tener problemas con el patrón- contestó sonriente.   Tan linda  fue la sonrisa que ella no sintió desplante alguno. Apoyó la torta sobre un tronco cortado que estaba en la orilla de la calle. Acá te dejo la torta, es de naranja y la preparé yo- le dijo.

IV

Ese día, cuando intentó poner la pava en el fuego se dió cuenta que se había terminado el gas y que había que cambiar la garrafa. Salió al parque de la casa para ver si conseguía ayuda. Se sentó en la galería durante unos minutos, pensativa, imaginó que su desayuno seria sólo con jugo de naranjas y budín de vainilla. De pronto, lo vio pasar al hombre con la carretilla. Sin pensarlo demasiado le pidió ayuda. El, con una tímida sonrisa le cambió la garrafa. Luego compartieron un refresco y conversaron un rato bajo la sombra de la galería. A partir de ese día, se saludaban cada mañana. Por las tardes ella le ofrecía alguna bebida fresca y algo dulce.
Los días eran muy calurosos y Amanda los alternaba entre momentos de lectura y  tardes en el río. Esta secuencia veraniega, la completaba el hombre con su carretilla en un incesante ir y venir.

V
Juan, tenía 23  años,  era boliviano y lleva tres años viviendo en Córdoba, antes vivió un tiempo en San Juan y en  Mar del Plata trabajando en la cosecha de tomates. Había llegado a la Argentina por medio de una empresa de este país  encargada de reclutar trabajadores en Bolivia; los traen con contratos de trabajo por dos años, en la mayoría de los casos las condiciones de vida que les ofrecen son muy precarias, abunda el maltrato y si alguno quiere  dejar el trabajo antes del tiempo pautado, les retiran sus documentos y pasan a ser ilegales. Juan sabia de este mecanismo, pero en su país no había trabajo y decidió venirse bajo esas condiciones. Luego de unos años de pasarla mal, pudo zafar de esta modalidad de explotación y definir con cierta libertad su rumbo.

VI
Con el correr de los días Amanda se seguía preguntando por qué le incomodaba ver a Juan trabajar. En distintos momentos se detenía a observarlo. El le traía a esos días de descanso veraniego en las sierras cordobesas el recuerdo vivo del pueblo boliviano, le actualizaba la realidad de un pueblo, víctima de años de explotación, humillación y sometimiento. En la itinerancia de Juan podía ver pasar la historia, el dolor, la vida  y las luchas de tantos trabajadores. En su incesante caminar cansino confluían esos sentidos.

VII
Su cuerpo inclinado levemente hacia adelante, era sostenido por un caminar cansino y constante. No miraba para sus costados, su mirada siempre fija en la carretilla. Parecía tener muchos mas años de lo que tenía, en su rostro había rastros de soledad, sacrificio y de una vejez que por momentos era despuntada con una sonrisa fresca y juvenil. Su tez oscura, sus manos ajadas por el sol e impregnadas de aire y tierra, vestía siempre jeans azules gastados, una camisa con mangas largas prendida con casi todos sus botones, una gorra vieja y descolorida.

VIII

Esa noche Amanda fue a una peña folclórica, entre domas, carrera de sortijas y canciones, lo recordó a Juan. A unas cuadras de la peña se preparaba el escenario que tendría a Damián Córdoba, un joven cuartetero que recorre los pueblos despertando la fascinada concurrencia juvenil. Entre risas y copas creyó ver a Juan, se dispuso a seguirlo entre la gente que se amontonaba para comprar empanadas y choripan, pero se trató sólo de un parecido. A partir de ese momento, no pudo dejar de pensar en el, se preguntaba donde estaría, como pasaría su tiempo libre, cual sería su diversión. Lo buscó entre los baqueanos y campesinos. Se imaginó riendo juntos, tomando un fernet con coca  y bailando al ritmo de algún cuarteto.

IX
Como cada tarde, mientras compartían una bebida fresca, Juan le dijo que era su último día de trabajo. Ella se sorprendió y no pudo disimular su gesto de tristeza. Conversaron.  Rieron. Juan le contó que vivía solo, que sus padres y hermanos estaban en Bolivia, que le gustaba el río y las sierras y que se sentía a gusto trabajando en Córdoba  porque lo trataban muy bien a diferencia de Mar del Plata que lo “matoneaban grave”. Se abrió un silencio. Se miraron. El estiró su mano. Ella acercó su mejilla. El se sorprendió con timidez. Ella abrió sus brazos. El respondió con un abrazo deshabituado. Ella sintió abrazar a quien hacía mucho no abrazaba.

Entrevista a Ernesto Laclau - Miradas al Sur

 

 Ernesto Laclau: “Puede haber Congresos con una voluntad antidemocrática”


Considerado uno de los politólogos argentinos más prestigiosos, es profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra. Desde 1969, vive en ese país, tras emigrar en la dictadura de Onganía. Laclau vino al país a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Unsam, creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario.

Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo, defiende la necesidad de presidencialismos fuertes en Latinoamérica. Se declara partidario de la reelección indefinida.
Hace una década, América del Sur comenzaba el largo e inexorable periplo de tocar fondo, una serie de crisis que detonarían jornadas de crispación antineoliberal masiva. Los ejemplos son conocidos. El 26 de febrero de 1989, el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez, conchabado con el FMI y su paquete económico, subía el 30% del precio de la nafta. Esta decisión desembocaría, tres días más tarde, en el llamado “Caracazo”. De este y otros ajustes anteriores, surgiría diez años más tarde la “Revolución Bolivariana”.
En Bolivia, la “Guerra del Gas”, la privatización del agua y el atosigamiento anticocacolero del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada parirían, en enero de 2006, al primer presidente aymara y el primer Estado del mundo constitucionalmente plurinacional.
En Ecuador, la traición electoral del presidente Lucio Gutiérrez al Partido de Unidad Plurinacional Pachakutik llevaría a la presidencia, en 2007, a un cuadro formado en Harvard pero con la mirada puesta en la reivindicación nacionalista de una economía totalmente dolarizada.
A los liderazgos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, los críticos conservadores los han acusado de abrevar en la tradición populista latinoamericana, un régimen con una presunta tendencia autoritaria. Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, así como el de Fernando Lugo, son atacados con los mismos argumentos. “Pero la amenaza real a la democracia viene de la oligarquía neoliberal”, tercia Ernesto Laclau, uno de los más reconocidos politólogos argentinos, profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra, donde reside.
Vino a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Universidad de San Martín, un instituto creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario. Sin embargo, su presencia en el país tiene una intención política definida. Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo como la panacea de las nuevas democracias en Latinoamérica, Laclau redobla la apuesta y defiende la necesidad de presidencialismos fuertes.
“Un proceso de democratización como el que han experimentado Venezuela y Bolivia serían impensables sin la figura de Chávez y de Evo”, dice en su casa, cerca de Plaza San Martín, antes de regresar a su cátedra en Colchester, Inglaterra. “Para las democracias latinoamericanas, soy partidario de la reelección presidencial indefinida. No en el sentido de que vayan a elegirse presidentes de por vida, sino de que éstos puedan presentarse a elecciones una y otra vez. Porque cuando la voluntad colectiva de cambio se ha aglutinado alrededor de ciertos significantes, imágenes y nombres, la discontinuidad de ese proceso puede llevar a la reconstrucción del viejo régimen sobre la base de diluir el poder en una serie de comités y corporaciones de distinto tipo”.
–¿Pueden existir Congresos antidemocráticos hoy en América Latina?
–¿Con una voluntad antidemocrática? Sí, claro que puede haber.
–¿Y en el caso del Congreso argentino actual?
–La oposición fue demasiado estúpida para hacer pleno uso de las posibilidades que se le plantearon. Pero, evidentemente, la tendencia a transformar el Congreso en una forma de coartar la acción del Poder Ejecutivo se movía en una dirección corporativa antidemocrática.
–¿En qué ocasiones, por ejemplo?
–En muchas circunstancias. Una fue intentar tomar por asalto todas las comisiones del Congreso, aprovechando una mayoría circunstancial e ignorando la proporción de los votos que el pueblo había expresado en las elecciones.
En su ya clásico libro La razón populista, Laclau intentaba alejarse de la percepción eurocéntrica del populismo como un régimen político tendiente a menguar los valores de la democracia representativa. “El populismo es simplemente un modo de construir lo político”, escribía. Se trata de un discurso que divide a la sociedad e interpela a los de abajo, confrontándolos con los que detentan el poder. En el populismo, hay “una dicotomización del espacio público”, aunque no tiene un signo político determinado. Puede ser de izquierda o de derecha. Para Laclau, “populistas fueron tanto el fascismo italiano como el maoísmo”.
Desde su perspectiva, la imprecisión del vocablo ayudó a su ninguneo tanto en la teoría como en la retórica política. En principio, el populismo no se asemeja al entramado de relaciones clientelísticas que compran una identificación basada en la oportunidad (lo que en mal criollo equivaldría a “van por el chori y la coca”). Tampoco cabe la acusación de que se trata de un sistema de manipulación de masas bajo la apelación a los “bajos instintos” de la comunidad no letrada.
Finalmente, es falso pensar que el populismo erige un liderazgo demagógico que traiciona la voluntad popular. En este punto, y como precisó en su conferencia “Populismo y democracia” , en el Hotel Bauen el 5 de mayo último, Laclau piensa con Derrida que no hay un modelo puro al que el representante se deba ceñir, sino que hay sólo representación. “Es una relación doble, que va del representado al representante y viceversa. Algo cambia en el proceso: el político elabora un discurso para equiparar la demanda de un grupo al interés nacional y, al mismo tiempo, ese discurso altera la identidad de ese grupo”.
El ejemplo del peronismo. Para explicar su teoría sobre el populismo, Laclau recurre al peronismo. En el régimen oligárquico argentino previo a la crisis del ’30, las demandas sociales se abastecían individualmente a través de un esquema de punteros políticos, caudillos y congresales (“doctores”), de modo que no existiera identificación de las demandas de los diferentes grupos entre sí (“lógica de la diferencia”).
La cultura de la resistencia creada a causa de las demandas no satisfechas de los migrantes internos de las décadas del ’30-’40, crearon entre sí una “lógica de la equivalencia”, en el sentido que las demandas se identificaron en su orfandad estatal. “El peronismo tenía un discurso puramente equivalencial”, afirma Laclau. “La gente ya no necesitaba el favor personal de un puntero para acceder al médico, porque la organización social nueva había construido un hospital sindical.”
En definitiva, el populismo laclausiano tiene tres dimensiones: la integración de una multiplicidad de demandas en una “cadena equivalencial”; la formulación de una frontera interna que divide el campo social en arriba/abajo; y la consolidación de la cadena equivalencial en una identidad popular que excede la simple suma de los lazos solidarios entre las demandas.
–A la luz de los procesos de crisis económica y reconfiguración del campo popular en lo que va del siglo en América Latina, ¿qué sistema político conviene a la región?
–Hoy América Latina se debate entre el camino de las democracias nacional-populares y la parlamentarización del poder con el objetivo de imposibilitar llevar a cabo los cambios sociales. En la experiencia democrática de las masas latinoamericanas hay, por un lado, una tendencia administrativista, oligárquica o tecnocrática, que consiste en diluir el poder en una serie de instituciones corporativas. Por otro lado, una tendencia populista que lleva a la consolidación del poder alrededor de ciertos centros. Ahora, esos centros tienen como punto importante de referencia la concentración en ciertas figuras. Eso puede tener una dirección de derecha o de izquierda. El gaullismo en Francia, la V República, hubiera sido impensable sin la concentración simbólica de una nueva figura: De Gaulle. O sea, que no es una cuestión de la ideología del régimen, sino de la existencia de un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos. En América Latina, se da una combinación bastante sana entre un institucionalismo reafirmado –porque ya no hay regímenes que estén invocando la destrucción de las instituciones del Estado liberal; es decir, nadie está proponiendo la derogación de la división de poderes– y el momento de un Poder Ejecutivo fuerte con fuertes identificaciones colectivas.
–¿Hay diferencias en la apelación a “los de abajo” entre el gobierno de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández? Por ejemplo, Libres del Sur o Barrios de Pie son movimientos sociales que alguna vez formaron parte de la “transversalidad” kirchnerista, pero hoy están por fuera del dispositivo de poder estatal.
–Hay que retomar una perspectiva histórica. En la Argentina, después de la crisis del 2001, hubo una enorme expansión horizontal de la protesta social: las fábricas recuperadas, los piqueteros y toda esa serie de fenómenos similares. La limitación de toda esa onda expansiva de la protesta social –que lanzó a la esfera pública a grupos que nunca habían participado de ella– fue que no logró traducir sus efectos al nivel político. El lema era “que se vayan todos”. Pero decir que se vayan todos, implica que siempre se va a quedar alguno.
–¿Por qué?
–Porque el poder como tal no puede desaparecer. Y si ese uno no ha sido elegido por el campo popular, posiblemente no va a seguir una orientación de tipo popular. De modo que llegamos a las elecciones de 2003 con una bajísima participación ciudadana en el sistema político. Las cosas salieron bien porque, por esos avatares impredecibles de la política peronista, el que fue elegido fue Kirchner. Pero si hubiesen sido elegidos De La Sota o Reutemann, no quiero pensar dónde estaríamos ahora. Todas las posibilidades de ajuste económico hubiesen sido implementadas, la protesta popular hubiese sido acallada de una forma u otra. Kirchner tuvo la virtud de darse cuenta de que toda esa expansión horizontal tenía que complementarse con una penetración vertical de efectos en el nivel del sistema político. Y tuvo una política de incorporación de sectores en ese sentido. Esa política, muy lejos de haber triunfado totalmente, es una cierta dirección en la cual el proceso comenzó a moverse. Esa combinación entre expansión horizontal e integración vertical es lo que define finalmente la calidad de un sistema democrático.
–¿Cuáles son los bordes del “campo popular”, cómo se constituye? ¿El peón ganadero que vota una opción de derecha como De Narváez compone el campo popular? ¿Y el taxista que celebra la xenofobia radial de González Oro? ¿Y el politólogo progre que no tiene militancia en una organización social?
–¿Cómo decirlo a priori? Eso es imposible. Lo seguro es que cualquier política de constitución del campo popular tiene que actuar sobre esos sectores. Para ganarlos. Finalmente, toda la movilización del campo en el 2008 fue una movilización contrahegemónica, que consiguió que muchas demandas populares, que debieron ser parte del campo popular, se situaran en la vereda de enfrente. Ahora hay que reconquistar ese espacio, es decisivo. El campo popular no es una entidad que se pueda definir platónicamente en abstracto; el campo popular es un área expansiva o regresiva. En mi teoría, he tratado no sólo de hablar de “significantes vacíos” (sin significados taxativos), que implica el campo popular, sino de “significantes flotantes”, porque muchas demandas democráticas pueden ser reabsorbidas por un polo reaccionario.
–¿Es por eso que el populismo no es una ideología?
–Claro. Insisto en esto: el populismo es una forma de construcción de la política sobre la base de la dicotomización del espacio social. Eso se puede hacer desde las ideologías más diversas. El fascismo absorbió demandas democráticas en una onda expansiva que era profundamente antidemocrática. El nazismo hizo lo mismo en Alemania. Siempre hay una cierta área de indiferencia política sobre la cual la acción va a ser necesaria. Es exactamente lo que Gramsci denominaba una “guerra de posición”, en la cual las trincheras se van desplazando constantemente de un punto al otro.
–Respecto del reclamo por la “inseguridad”, le pido una reflexión. Hagamos un itinerario caprichoso. Comienza, tal vez, a partir de las primeras tomas de rehenes con De la Rúa, y con la vocación mediática de “vender” una imagen de Buenos Aires como una ciudad bogotizada. Comienza a presentarse a “los delincuentes” como el enemigo interno contra un “nosotros” trabajador y honrado. Luego aparece Juan Carlos Blumberg y la modificación de la ley para bajar la edad de imputación de los delitos. Continúa con la reacción de este gobierno, con el ministro Aníbal Fernández discerniendo entre “inseguridad” y “sensación de inseguridad”. Hoy, finalmente, es una demanda instalada en todos los sectores de la política.
–El discurso sobre la inseguridad es un típico discurso por el que el espacio de la derecha se va reconfigurando. En el caso Blumberg, fue una burbuja que explotó, porque trataron de hacer olas en una dirección política de derecha, en la cual las cadenas equivalenciales que trataban de formar eran imposibles. Simplemente, la gente no se la creyó y, después de un tiempo, se encontraron aislados, a tal punto que Blumberg ha desaparecido como fenómeno político. El significante de la inseguridad es típicamente “flotante” porque, por un lado, hay demandas reales alrededor de la seguridad (que tienen que ser parte de una política progresista de Estado), pero por otro, esa demanda es tan fluida que puede ser articulada como un elemento que organice el discurso conservador de la derecha, que insiste en la represión. Y que quiere extender la idea de inseguridad sobre fenómenos que la exceden, como los piqueteros o los asambleístas de Gualeguaychú. El típico discurso de lo que en inglés se conoce como law and order .
–En este retorno de lo político, ¿cree que las generaciones post dictadura en la Argentina descubrieron la política, finalmente?
–Por supuesto. De hecho, la situación es mucho mejor ahora que hace 10 años. Es el momento de politización mayor. La participación política juvenil es visible, hay lenguajes políticos nuevos. Ahora, cuando doy conferencias, encuentro un esfuerzo en los auditorios juveniles por ligar la discusión teórica a problemas concretos que están experimentando. Hace 15 años, la gente se quedaba en un nivel teórico abstracto y la relación con la política concreta no existía. Hoy todo el mundo discute acerca del kirchnerismo, hasta qué punto es la izquierda o no lo es. Sin dudas vivimos un momento mucho más vivo, que me recuerda a los años ’60.
HOBSBAWN, EL MENTOR
El acervo intelectual del profesor Ernesto Laclau abreva en aguas intelectuales tan eclécticas como el posmarxismo gramsciano, la deconstrucción à la Derrida y el psicoanálisis de Jacques Lacan. Su primera obra, Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo (1978), ya descubría su universo de temas. Con su esposa, Chantal Mouffe, escribió un clásico de la ciencia política, Hegemonía y estrategia socialista (1985), del que Ricardo Forster y otros celebraron sus 25 años en la última Feria del Libro.
Formado en la UBA durante los primeros ’60, Laclau militó en la izquierda nacional con Jorge Abelardo Ramos y dirigió el semanario del partido Lucha Obrera. El responsable de su mudanza a Inglaterra fue uno de los más prestigiosos historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn.
“En el ’66, después de graduarme, obtuve mi primer cargo en la Universidad de Tucumán, con tan buena suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía. No fue un golpe terriblemente represivo pero, de todos modos, mil profesores universitarios quedaron afuera; yo fui uno de ellos. De modo que volví a Buenos Aires a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era Hobsbawn. A él le gustó mi trabajo y me preguntó si quería que me ayudara a conseguir una beca en la Universidad de Oxford para hacer mi doctorado. Le dije que sí. Jamás había pensado en ir a estudiar a Inglaterra. Estuve en Oxford desde 1969 hasta el ’72. Ese año estuve por volver a la Argentina, pero en el ’73 conseguí un fellowship en la Universidad de Essex. Después, la situación política se deterioró y ya no pude volver al país.


Campanella, demiurgo de la clase media argentina A propósito del El mismo amor, la misma lluvia y El secreto de sus ojos


Publicada en La Nave, Revista de Pensamiento Político. (Julio, 2010)

 Por Alejandra Rodríguez y Exequiel Siddig


“(…) al identificarse los espectadores y sus problemas con los dolientes
héroes y heroínas de los melodramas, otorgan grandeza a sus propias aflicciones”[1]


A principios de los años 30, el cine argentino representaba las clases medias en el mundo privado. Primero fueron los patios -tomados de los conventillo del sainete-, y las mesas del comedor que reunían en torno suyo a tutta la famiglia. Las problemáticas se vinculaban al desarrollo profesional de su parentela -“mi hijo el dotor”, motivo de orgullo novedoso para los inmigrantes iletrados- o, por ejemplo, a la perspectiva económica de las señoritas, un asunto encaramado en el peligro que suponía la solterona como figura social preponderante. La segunda película sonora del cine argentino, Los tres berretines (1933), transcurre en una casa en la que conviven los deseos de cada integrante de la familia, tomando distancia del conventillo como lugar escénico por antonomasia, un espacio al servicio de aprehender los conflictos de la diferentes “razas” del crisol. “Con su filosofía de ‘ganarle a la vida’, Los tres berretines retrata la heroicidad burguesa: cada personaje triunfa por su esfuerzo y por la confianza que pone en sí mismo”[2].

Ahora bien, pasados 70 años, los dos espacios más emblemáticos que recrea Juan José Campanella en El mismo amor, la misma lluvia y El Secreto de sus ojos refieren, en cambio, al mundo público: la redacción de una revista y  la oficina de un juzgado. En ambos casos, Campanella no prefigura con su cine, los anhelos y deseos por cumplir – como hacía ese cine moralista de los 30 y que duró con matices hasta la irrupción del Nuevo Cine Argentino-, sino que refleja una realidad crítica, replicando las sospechas de la clase media en torno al periodismo y los meandros de la Justicia. Los ámbitos en los que transcurren las historias de ambos films, están cargados de sentido por las clases  medias, un sentido expresado en el confluir de la vida social. El cine no presenta sólo imágenes, sino que las rodea de un mundo, de un contexto.

En El mismo amor… se sirve de las zancadillas e hipocresías del ámbito periodístico para invalidar la teoría del “Cuarto Poder”, muy en boga en cierto discurso intelectual-mediático de los 90. En ese sentido, Campanella se toma con sorna la eficacia de ese “poder”, como lo hacía la clase media durante la segunda “década infame” de la historia argentina que fue el menemismo. Todavía por aquel tiempo, los grandes diarios argentinos gozaban de un estatuto amplio de credibilidad como jugadores políticos neutrales. La revista del film de Campanella está circunscripta al calor de los acontecimientos; acompaña y describe más que tercia en la arena pública. Según esta concepción, los medios no son un factor decisivo de poder económico, sino que más bien son funcionales al “poder de turno”. Así, el imaginario de los 90 mira retrospectivamente –es decir, es intercalado, determina- el lapso de tiempo en que transcurre la película, que va de la última etapa de la dictadura militar al primer gobierno de Carlos Menem. Como síntoma de la época, la degradación moral a la que se ve arrojado el personaje de Darín (el periodista/cuentista Jorge Pellegrini) lo hace pedir una coima a un cineasta experimental a cambio de escribir una buena crítica de la obra.

Por la otra parte, el juzgado público de El Secreto…reaviva la imagen que tiene la clase media sobre la burocracia estatal, una institución –según esta visión- decrépita y acomodaticia. El juzgado es un territorio en el que pujan “los que quieren hacer algo” contra los adeptos de “la Ley del mínimo esfuerzo”. En todo caso, el juzgado es visto como una instancia que funciona como coartada de los poderosos. Las secretarías se hacen trapisondas para despegarse del trabajo y traspasárselo entre sí. El juez es un bienudo que “hace la plancha”, un conservador que impide el avance de la Justicia.  El film es polémico por la resolución que toma el personaje de Pablo Rago, el viudo, que advirtiendo la incapacidad punitiva del sistema judicial argentino, elige ejercer justicia “por mano propia” a modo de venganza. Campoanella tercia en el debate actual sobre “la inseguridad”, encuadrando el debate de un modo complejo en la violencia política ejercida durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón, entre julio del 74 y marzo del 76.

En este sentido, ambos films están regidos por alguna imposibilidad emocional del protagonista –un freno, una tara-. Por un lado, en el caso de la redacción del Mismo amor…, la imposibilidad de narrar el horror aparece como metáfora en el personaje de Darín: el periodista no puede escribir sobre el colega que se suicidó, proscripto y ninguneado durante la dictadura hasta por sus propios compañeros. Por otro lado, en la oficina del juzgado de El secreto… ronda la imposibilidad de juzgar el horror, que ha detendio el tiempo en el pasado: la omnipresencia de la impunidad ha dejado pendiente un asunto tan importante para Benjamín Espósito (Darín) como es, sobre todo, el amor, la mujer de su vida.

En una, la dificultad de la escritura va de la mano de la imposibilidad del amor. En otra, una ingeniería judicial trunca -por acontecimientos políticos- se intrinca con la necesidad de reelaborar un crimen mediante una trama literaria. En ambas películas se plantea la reflexión con la creación,  se  retrata la relación de un escritor con la escritura, con la ficción, sus deseos e imposibilidades. En la primera, Darín interpreta a un periodista, escritor frustrado y en la segunda a un burócrata, escritor demorado. Ambos mantienen un conflicto con el relato en clave literario.  

La imposibilidad de sostener un vínculo amoroso, la felicidad negada y el sufrimiento humano son rasgos narrativos del melodrama que  aparecen en ambas películas.  Las historias de amor tienen un final abierto, marcado por un sesgo de  fracaso que no llega a conformarse en un happy end. En El Secreto…, Campanella usó el modelo de melodrama clásico para abordar la dificultad del amor; en ese sentido, su última película tiene correspondencia con el culebrón latinoamericano, en el que la esa imposibilidad reside en no poder consumar un amor confeso por oposición del entorno del personaje rico. En El mismo amor…, en cambio, el desprecio profesional que muestra Pellegrini con Laura (Villamil) cuando se separan, le sirve a Campanella para trabajar esa dificultad del amor a través del imaginario de los personajes,  interponiendo el prejuicio en contra del desarrollo de Eros. En los 90, el cineasta se acercaba al tratamiento amoroso de una pareja desde la perspectiva de la novela psicológica
 alla Kundera –por entonces el autor entronizado-, aunque sin desbordes estéticos.

El cine de Juan José Campanella reproduce como en un cuadro vivo los estados, las preocupaciones y las ideologías de la clase media argentina. Una clase media cuya fisonomía ideal –de pujanza, de ascenso socioeconómico- fue resquebrajándose en las últimas décadas. En las películas en cuestión se retratan las transformaciones que en esa clase han acontecido. Las resonancias de El mismo amor, la misma lluvia, operan en el recuerdo colectivo de los espectadores de El Secreto… La elección de Campanella de trabajar con la misma pareja de actores (Ricardo Darín - Soledad Villamil), refuerza la idea de la identificación y garantiza cierta idea de continuidad diegética, vale decir, todo aquello que evoca el film.

Campanella se mueve como un etnógrafo del miedo preponderante por “perderlo todo”. El mismo amor, la mismo lluvia fue estrenada en 1999, y marcó el regreso de Campanella de su periplo estudiantil por Estados Unidos. Diez años más tarde, el director filmó otra fábula amorosa que logró el Oscar norteamericano a la mejor película extranjera. Campanella integra el último eslabón de una saga del cine nacional que se impuso contar deseos y temores de una clase que supo ser la más extendida de América Latina.

La mezcla del melodrama y el género policial, sumado al virtuosismo técnico y logradas interpretaciones de los actores convierten al cine de Campanella en una obra de éxito masivo. Tanto las temáticas de sus films, como los tipos de personajes representados y los ámbitos donde los circunscribe -y pone en acción- manifiestan esquemas mentales propios de la clase media contemporánea argentina. No sólo en su sentido interpretativo, sino como propulsor de una identificación emocional. El cine de Campanella es el corazón crujiente, demiurgo, del imaginario de la clase media argentina, que se renueva cada vez que el cineasta empieza a filmar.



[1] Gubern, Román. La imagen y la cultura de masas, Barcelona, Bruguera, 1983.
[2] AA.VV., Cine Argentino. Industria y clasicismo. 1933-1956, Vol. I, FNA, Bs. As. 2000.


La política de la invención - Educación y arte en contextos de encierro.

Publicada en Revista Novedades Educativas N° 233 – (Mayo, 2010) 
www.noveduc.com.ar
Por: Alejandra Rodríguez[1]

Será tal vez


El espíritu del pasado muy sutilmente

me conmueve el corazón, con un recuerdo flotando
en el aire, con una vibración apenas perceptible.
Será tal vez que en esta noche, la magia de la
luna conmueve al alma, o tal vez los duendes que
todo lo ven y todo lo saben,
me visitan en esta madrugada misteriosa,
casi logrando que me desprenda de esta cruda
realidad de este pesado encierro frío.
Entonces, despierto puedo soñar,
y casi te puedo tocar (juraría que lo hice), puedo
sentir la brisa nocturna,
el aire fresco, el olor de las plantas otoñales,
y vuelvo.
Retorno al lugar donde es lejano
y frío “todo”, donde sólo se puede soñar.


                                                                                          Peregrino

(1ª Mención, Concurso de Poesía “Francisco Paco Urondo” 2005, Unidades Penales de la Provincia de Buenos Aires.)


Pasadizos visibles en el encierro

Promover y formalizar propuestas artísticas en las instituciones de encierro como parte de la oferta educativa implica pensar la educación desde un sentido integral.  La promoción de estas propuestas se presenta como un territorio posible para configurar subjetividades diferentes a las que el encierro habitualmente impone. En su sentido profundamente democrático la escuela puede brindar oportunidades de acceso al conocimiento, propiciar propuestas culturales divergentes y posibilitar oportunidades educativas novedosas. La escuela puede convertirse en un espacio de búsqueda, creación e invención dentro de la cárcel; es decir, la instancia exploratoria de nuevos territorios existenciales y de hallazgos de sentidos que permitan pensar al preso en un futuro posible, que venza el desamparo. En un ámbito de encierro, la escuela puede ser una suerte de pasadizo, un lugar que “burle” la altura infranqueable de sus paredes. Una escuela como pasadizo supone un tránsito, el reconocimiento de identidades -singulares y colectivas- y la apertura a la posibilidad de nuevos significantes y nuevas configuraciones de mundo. Es necesario instalar nuevas formas de aprender y enseñar desde la educación, crear nuevos recorridos pedagógicos que se articulen con la educación formal. El arte en la cárcel representa una alternativa para estar con los otros, ser otro y hacer “mundo”. La escuela tiene sentido para el estudiante privado de libertad cuando puede ofrecer otra posibilidad para reconfigurar lo común, lo de todos. La posibilidad de la expresión creativa para quienes habitan el encierro, del despliegue de su imaginación y su pensamiento, es una experiencia de inclusión en la reclusión originaria. La escuela puede contribuir a subvertir el encierro.

“La muestra del Día de la Madre consistió en varios “sketchs” de creación colectiva eslabonados (“gente 
que mira mal”, “la billetera”, “disturbios en el colectivo”) y para incluir a mayor cantidad de
participantes una parodia de un show televisivo cuyo titulo cambiado le quita el espíritu de
competencia: “Sumando Talentos para Mamá”.(…) Se produjo un debut de los internos en términos de
manejo del escenario, manipulación de micrófono, manejo de la voz y encuentro con el público. (…) Los
internos agradecieron a todos la oportunidad de mostrar sus capacidades y aprendizajes incluyendo de
manera explicita un inédito aplauso a los empleados. Se pudo trabajar en conjunto con internos
pertenecientes a dos sectores que normalmente están separados (“el pabellón” y el “sector aislados”)” [2]

El horizonte de expectativas construido por las normas, el concepto de realidad y las convenciones epocales se constituyen en el marco desde el cual percibimos el mundo, y la relación que establecemos con él. La práctica artística amplía el horizonte de expectativas de los sujetos en el encierro, a partir del reconocimiento de sus deseos, inquietudes y preferencias. Generar condiciones para el desarrollo de experiencias artísticas, es también habilitar la posibilidad de una escuela como lugar de alojamiento subjetivo que desborde la realidad carcelaria. La constitución de estos nuevos territorios es una herramienta significativa para disminuir los efectos de adaptación al encierro o de la prisionización sobre la subjetividad.
Los docentes son también una suerte de pasadizo, de bisagra relacional entre el adentro y el afuera. Son los que tienen la responsabilidad de hacer al otro encerrado, portador de cultura. A partir de las miradas alternativas ofrecidas a los estudiantes se imprime en ellos –aunque sea parcialmente- la definición de su identidad y de su carácter. En definitiva, la educación y las experiencias artísticas pueden alterar lo prefijado de antemano. Seguimos defendiendo la vieja premisa moderna de que la educación puede hacer algo para interrumpir un destino que se decreta inexorable.

La transgresión de la imaginación

Una de las dificultades más notorias que surgen en la experiencia educativa en el encierro es la relación/tensión con el contexto, marcado por la primacía de la disciplina y el castigo. La tarea de instalar y construir un recorrido pedagógico que dé lugar al desarrollo de experiencias artísticas sólo es posible si se tiene en cuenta este desafío. Resulta necesario preguntarse de qué forma se puede llevar adelante una práctica pedagógica fundada en la creatividad y la invención en una institución que clausura permanentemente esa posibilidad.
Estos recorridos pedagógicos deben ser cuidados y no exponer a los estudiantes a situaciones que luego, desde el lugar de educadores, no podamos resolver. Si se decide abordar temas como “la libertad” o “la violencia” es importante contar con estrategias de trabajo apropiadas para tales fines. ¿Cómo abordar temas complejos como éstos con personas cuya experiencia cotidiana se encuentra atravesada en sus propios cuerpos y está “a flor de piel”? ¿Cómo se deciden los contenidos a trabajar en las actividades? Si por caso la propuesta es realizar un ciclo de cine, tiene que haber una justificación pedagógica que funcione como continente; además habrá que dilucidar cómo surgen las temáticas abordadas a partir de la proyección de las películas y cuál es el enfoque pedagógico para abordar los talleres. A la hora de definir las actividades y las temáticas es imprescindible contemplar el régimen de encierro, aislamiento y castigo. No se debe perder de vista que la centralidad de las propuestas es el sujeto. Por lo tanto, el conocimiento sobre los estudiantes -sus trayectorias escolares, sus realidades socioculturales, sus inquietudes y también sus deseos- deben servir para delinear la estrategia pedagógica.
Una de las cuestiones claves es tener en cuenta la potencialidad que la experiencia educativa puede aportar a la construcción del lazo social desde la cárcel y la posibilidad de reconfigurar la relación del preso con la comunidad. Así, es necesario que las propuestas se planteen en su dimensión social y cultural, facilitando la integración con el afuera y con otras propuestas similares existentes en la comunidad. Esto depende en gran medida del rol que los educadores podemos asumir como dinamizadores de ese lazo con el afuera carcelario, como “pasadizos” que pueden escurrir el encierro.
Otro punto importante es –y que en general se desconoce- la itinerancia de los participantes. Las cambiantes circunstancias penales tienen incidencia en la presencia y la participación. Por eso es necesario incorporar el concepto de fluctuación en el diseño de las propuestas. No es lo mismo pensar actividades para quienes están procesados que para los han sido condenados. Las preguntas que surgen inicialmente en este marco son: ¿cómo integrar esta realidad a los contenidos y propuestas pedagógicas? y ¿cómo generar mayor participación, en un contexto en el que reina la apatía?
Toda experiencia artística es una experiencia estética, pero no toda experiencia estética es necesariamente artística. La actividad artística supone un procedimiento propio, el uso de técnicas definidas y una forma de aprendizaje singular. El hecho artístico nos emplaza en lo todavía no situado, lo no reconocido, lo no catalogado ni pensado, y en esos territorios es posible resimbolizar las subjetividades. En los estudiantes, el hecho artístico les hace tomar conciencia del lenguaje como constructo cultural; el lenguaje poético los vuelve a conectar con el sentido ontológico, con lo que son en tanto ser. Les hace extraño el mundo ordinario, el mundo cultural construido. El arte comprendido en la estética se despliega como metáfora y abre el juego al proceso de invención, a la productividad del decir, cuestionando la relación de mundo y lenguaje. La cárcel es un ámbito que imposibilita la intimidad. En cambio, el ejercicio cotidiano de la imaginación devuelve al preso la posibilidad de relación consigo mismo, abre un marco de sublimación de su historia personal,  redefine la relación con el otro y con el entorno. Lo que puede subvertir el estado de las cosas es la imaginación – decía Paul Ricoeur - porque pone en acto una nueva performance.[3] El texto estético tiene una función utópica: la capacidad de imaginar otro mundo posible. La utopia funciona como crítica del presente, corre el horizonte de lo posible, es transgresora. De modo que la experiencia artística y  la imaginación en la cárcel tienen una función política de fuste.

La paradoja saturación/emancipación

Hemos dicho que en la educación en contextos de encierro se plantea la tensión entre dos lógicas: la pedagógica y la disciplinar; una que tiende al desarrollo de la autonomía del sujeto, y la otra que se vincula a lo punitivito. Como educadores, esta situación nos desafía a pensar en una paradoja insondable, que refiere al efecto performativo, es decir las huellas que ejerce el Estado sobre las vidas de quienes viven en privación de libertad. Los presos son sujetos “producidos”, cuyas subjetividades son modeladas por una sobrepesencia del Estado en sus vidas. Un Estado que expulsa y despersonaliza pero que a su vez se propone efectivizar el derecho a la educación. Esta contradicción supone situar en el centro del cuadro a los presos en su condición de sujetos saturados de Estado, con sus vidas arrojadas al encierro y desprovistas de intimidad. La paradoja que atraviesa la educación en los contextos de encierro es justamente la originada por el choque de estos dos efectos performativos producidos sobre el cuerpo de los sujetos privados de libertad. El efecto preformativo de saturación, ejercido por el sistema penitenciario en esas vidas, y la potencialidad emancipatoria de la educación. Por lo tanto, la práctica pedagógica debe ser interpelada desde ese reconocimiento”. ¿O bien es la educación parte de este efecto preformativo de saturación?
Allí donde la saturación del Estado se expresa eficazmente mediante la clausura permanente del devenir vital, ¿puede la educación como acto político ofrecer a estos sujetos la posibilidad de nuevas síntesis? En todo caso, ¿cuál es el sentido de la experiencia educativa en el encierro? ¿Puede la educación ser una instancia de emancipación posible?
Es sabido que el sistema carcelario no priva de libertad sólo por el tiempo de permanencia de quienes habitan sus cárceles. La privación es estructural, porque imposibilita y marca a los sujetos en el ejercicio de la libertad aún cuando la alcanzan. En tanto que la libertad es la posibilidad de gozar de su ejercicio,  ¿la educación puede facilitar algún desplazamiento, alguna reconexión con la libertad? Se trata de pensar cómo ser sin Estado estando a su vez saturados de Estado. “… la vida abandonada se encuentra saturada de poder, aunque no de derechos y obligaciones; la vida abandonada puede estar, incluso saturada jurídicamente, sin por esto gozar de derechos, como ocurre tanto con los prisioneros como con los que viven bajo una ocupación”  [4].  Así, estas vidas despojadas de intimidad, son arrojadas en el encierro – herméticos contenedores de residuos humanos, como refiere Zygmunt  Bauman en Vidas Desperdiciadas.
Quienes están limitados en el ejercicio de su libertad son sujetos de derecho y el encierro no debe conllevar a privaciones adicionales. Es importante recordar que quienes habitan nuestra  cárceles conforman uno de los grupos sociales más vulnerables, siendo objeto de numerosas exclusiones económicas, políticas, sociales y culturales, que en la mayoría de los casos, son consecuencia de una sumatoria de desventajas que forman parte del  su entorno desde el comienzo de sus vidas. Cuando el Estado no garantiza el acceso a experiencias educativas y culturales de calidad, refuerza esta cadena de exclusión.  Una exclusión que adopta la forma del encierro, privada de ciudadanía. Una exclusión que los priva de vivir en comunidad, lo que supone la búsqueda del bien común. Cada mañana cuando un preso abre los ojos en la cárcel piensa en como sobrevivir ante la amenaza que supone el otro y como subsistir en las terribles condiciones de vida en el encierro. ¿Cómo preparar para la vida en comunidad con otras formas de socialización que no sean solamente aquellas que rigen la supervivencia?

La desclasificación y la producción de igualdad

La educación tiene una potencia emancipatoria que puede contribuir a la producción de la igualdad, una igualdad que siempre es un punto de partida y que debe constantemente ser verificada, tal como lo plantea el maestro Jacques Rancière[5]. En las instituciones de encierro, mientras el Estado clasifica asignando un orden a quienes viven privados de libertad mediante la aplicación de la ley, la educación puede contribuir a la lucha por los derechos y demandas orientados a la producción de igualdad, permitiendo a los sujetos reclamar otro estatuto para sí mismos, al derecho a tener derechos. Esta potencia emancipatoria de la educación es posible si habilita el surgimiento de una subjetividad que se defina a partir de ese poder de desclasificación y que contribuya a revertir la idea de que la inteligencia y el pensamiento son privativos de unos pocos, en tanto que la emancipación es la conciencia de esa igualdad. Allí en el encierro, en la clausura, en la ruptura con la cotidianeidad y el entorno social, la experiencia educativa resultará emancipadora sólo si puede abonar a la construcción de una invención, de una nueva síntesis, de una nueva posibilidad de hacer “mundo”. Mientras que en el encierro el otro siempre es una amenaza y se vive permanentemente luchando por la supervivencia individual, cosa que en la cárcel es imposible, la experiencia educativa y artística habilita la construcción de un nosotros. Y esto tiene un sentido esencialmente político, porque implica construir lo común a pesar de las diferencias. Es el encuentro como posibilidad de lo inesperado que se despliega, de lo no pensado que empieza a ponerse en marcha, y la posibilidad de una experiencia que pueda ser a la vez colectiva y emancipadora. Debemos, como educadores, ser capaces de imaginar una escena que no sea sólo en la territorialidad del encierro ni en la luminosidad de nuestras voluntades. Que sea, más bien, una escena que sólo muy de vez en cuando aparece, la política de la invención. En esa creación –en la cual el arte tiene un papel preponderante- se dirime lo inexorable de sus destinos. Porque si no existe esa posibilidad de reinventar otra escena, siempre primarán las imaginaciones anteriores y hegemónicas, aquellas que imponen un cierto sentido sobre el encierro y sobre los que viven en él.


[1] Alejandra Rodríguez, Lic. en Artes, Facultad de Filosofía y Letras (UBA).  Entre los años 2005 y 2009 integró la Coordinación de Modalidad Educación en Contextos de Encierro del Ministerio de Educación de la Nación como responsable de Arte, Cultura y Derechos Humanos. Actualmente integra el equipo técnico político de la Subsecretaría de Planeamiento Educativo de dicho Ministerio
[2] Nuevos Territorios de Expresión, Coordinación de Modalidad Educación en Contextos de Encierro,  Ministerio de Educación de la Nación, República Argentina, 2009.
[3] Ricoeur, P, Hermenéutica y Acción, Editorial Docencia, Buenos Aires, 1982
[4] Butler, J., Spivak, G, ¿Quién le canta al Estado-Nación?, Paidós, Buenos Aires, 2009.
[5] Rancière, J., El maestro ignorante, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007.