martes, 22 de octubre de 2013

Serie "El zorro y la gallina". Perfiles: Carlos Pagni (I)

por Juan Pablo Maccia


El escriba borgeano

Leer a Pagni me produce un efecto deja vú de los años de formación del menemismo, de aquel retorno histórico del peronismo, tras 13 años sin estar en el poder. Menem, como candidato en la interna del 88, y luego en la general del ´89, fue un fenómeno. Detrás suyo una conflagración de católicos de la orden más conservadora (Gustavo Béliz) y liberales del show televisivo (en aquel momento encabezado por los talentoso Bernardo Neustadt y el cerebral Mariano Grondona) anticipaban su libreto.
La historia no se repite sino como farsa. Pero aun para que eso suceda deben aparecer protagonistas a la altura de las circunstancias. Tipos como Lanata y Pagni califican como comunicadores y escribas, aunque les falta el candidato, el kairós.
Hay que preocuparse cuando el conservadurismo-liberal comienza a comprender con mayor agudeza las derivas del mundo popular. Para decirlo con Gramsci, lo que está en disputa es la “dirección intelectual y moral” del proceso político en curso.
Luego de una larga década de decadencia, le nace a la derecha una razón irónica capaz de decir mejor que nosotros mismos lo que sucede con cosas que hasta hace poco pertenecían a nuestra exclusiva historia: el mundo de los derechos humanos, de la constitución de una voluntad nacional y popular.

Supe de Pagni por mi tío Mario, baqueteado militante y experto analista de los medios políticos. Lector advertido, me llamó una tarde para decirme “che, ojo con este pelado aristocrático. Tras su fino amaneramiento, es más culto que la media en el gremio, tiene astucia y sabe lo que quiere. Este tipo pinta para jubilar a la gerontocracia de La Nación”.  Desde entonces pienso en Pagni con frecuencia, provocando la furia de mí prima Laura, joven kirchnerista y adorniana, quien no deja de reprocharme inocencia frente a sus giros “destituyentes”.

No es fácil leer a Pagni. Sus textos me fuerzan a una lectura detectivesca: ¿hasta dónde se encuentra uno frente a la filtración elegante de un dato proveniente de las cloacas de los negocios y las policías?, ¿cuál es el límite entre la legitimidad del análisis de escenarios y el disfrute malicioso, y la pura opereta en favor o en detrimento de tal o cual empresa?

Según me dice Mario, es historiador y periodista de larga data. Fue su paso deÁmbito Financiero a La Nación lo que lo catapultó al parnaso de las plumas calificadas de la vida política.

Hacía años que las derechas argentinas no producían un cuadro con gracia propia (Sarlo, formada en la izquierda, trae su gracia de un sitio muy diferente).

¿Dónde se produce este tipo de intelectuales? ¿En la universidad? ¿En la Iglesia? ¿En las comunidades de inteligencia? Me temo que no. Pagni –es mi hipótesis- se hizo a sí mismo en el mundo literario, recitando a Borges. 

jueves, 29 de agosto de 2013


Badiou, sobre "Viaggio in Italia" de Roberto Rossellini

Uno se pregunta que haría el cine sin el amor, y qué haríamos nosotros mismos sin el amor. Es la historia de una pareja que no se está llevando muy bien, conocemos todo eso. Se van a Italia de viaje, con la esperanza oscura de que las cosas se arreglen, pero de hecho no se arreglan para nada: el hombre se ve sometido a tentaciones por parte de otras mujeres, ella busca un poco de aislamiento. El film va a terminar justamente con la reconstrucción verdadera del amor. Y esa reconstrucción en realidad explicita una especie de milagro. Rossellini nos quiere decir que el amor es más fuerte que la voluntad, y que cuando ustedes hacen esfuerzos por salvar la pareja, están en una abstracción, que en realidad algo de la pareja debe salvarse por si mismo. Como si el amor fuese un nuevo asunto y no el objeto de una negociación. En el fondo, nos quiere decir que el amor no es un contrato, es un acontecimiento. Entonces, si puede ser salvado será por un acontecimiento. En la secuencia final se va a filmar el milagro, no les cuento, deben verlo. Todo sucede en medio de la multitud. Pero lo impactante es que se puede filmar el milagro. Es eso lo notable. Y quizás el cine sea el único arte capaz de ser milagroso, porque una manera de atravesar la historia del cine puede ser buscar todas las secuencias de milagros, explícitas o no, uno de los temas preferidos por el cine. Porque se puede filmar un milagro. Pintar un milagro es difícil, incluso contarlo, es difícil. Pero filmar un milagro es posible. ¿Por qué? Porque se puede filmar ese milagro desde lo interior de lo sensible, únicamente por ligeras modificaciones del valor de lo sensible. Y particularmente por un uso de la luz. Se puede hacer aparecer la luz interior de lo sensible. Y es allí donde lo visible mismo va transformarse en acontecimiento.

jueves, 22 de agosto de 2013

 
Por Alejandra Rodríguez, Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior. 
Especial para Tumacondo
 

¿Cómo ver una obra de teatro? Esta pregunta está latente muchas veces cuando vamos al teatro y sobre todo cuando tenemos la sensación de “no haber entendido”  lo que vimos.  Me propongo en estas líneas compartir algunos “consejos”  a tener cuenta como espectadores.

  • Lo primero qué debemos hacer es modificar nuestra posición frente a las obras artísticas, dejar de lado el prejuicio de “no entender” o “no saber”  lo que estamos viendo. Estas no son portadoras de una verdad absoluta o un sentido único que tenemos que develar. 
  • La obra es una idea de mundo que nos invita a entrar en él, no para develar su sentido oculto, sino para dialogar, interpretar, descifrar y experimentar su duración. No hay “una forma” de ver una obra de arte, ya sea teatral, cinematográfica o plástica, existen tantas obras como espectadores. Si bien cada producción artística tiene una estrategia comunicativa, sólo cuando se produce el encuentro con el espectador la obra se conforma como tal. 
  • Participamos de ese diálogo desde nuestras experiencias, historia, lecturas, formación, conjunto de ideas, valores  y creencias. La posición desde la que vemos está construida por estos elementos. No estamos vacíos, desprovistos o “desnudos” frente a las obras, todos tenemos una caja de herramientas. Ahora bien,  lo importante es que hacemos con ella: ¿cómo utilizamos esa caja de herramientas frente a las obras?  Podemos hacerlo cual espectadores pasivos destinados a descifrar un mensaje cerrado o definido a priori o como co-creadores y productores de sentido, asumiendo un rol activo de interpretación. Sin dudas, esto último es lo aconsejable.
  • Existen múltiples formas de lectura o interpretación de las obras, esto depende muchas veces del lugar en el que nos posicionamos como espectadores.  Por ejemplo: si vamos a ver una puesta en escena de Hamlet de  W. Shakespeare, seguramente nuestra interpretación será diferente si previamente leímos el texto dramático (escrito) o si conocemos la historia de Hamlet ya que contaremos con más información en nuestra caja de herramientas, pero esto no quiere decir que de no haberlo hecho no entendamos nada o no estemos en condiciones de elaborar una interpretación. Se trata de entrar en contacto con ese texto espectacular, con esa puesta en escena de Hamlet propuesta por el director en ese momento determinado.
  • Por otra parte, no debemos confundir aquello que los artistas dicen o suponen de sus obras con lo que “las obras dicen en sí”, sucede que a veces los creadores acompañan sus obras con declaraciones u opiniones sobre lo que se propusieron hacer, como si eso fuese una suerte de “guía para mirar la obra”. Lo importante es tener en claro que la obra es como un hijo, una vez que se lo dio a luz, tiene vida propia, más allá de lo que sus padres digan acerca de él. Nuestra relación dialógica es con la obra, con esa materialidad, con ese hijo y no con sus padres.
  • Suele suceder que una obra puede gustarnos más o menos, lo interesante es hacernos preguntas o abrir reflexiones a partir de lo que ella nos propone.  Si es posible, salir del teatro y  conversar, “palabrear” la obra, seguir dialogando con ella y con otros. En esa instancia de comunicación compartida, la obra se arma  y se multiplican sus sentidos posibles.  Ser espectador supone animarse a “hacer hablar las obras”, estar dispuesto a encontrarse con ellas, partiendo siempre de ese mundo sensible, material y discursivo que se despliega frente a nosotros.

domingo, 11 de agosto de 2013

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Año 6. Edición número 273. 

Domingo 11 de Agosto de 2013


El efecto Bergoglio

Por  Alejandra Rodríguez. Licenciada en Artes Combinadas (UBA)   
 contacto@miradasalsur.com

La elección del cardenal Jorge Bergoglio como Obispo de Roma es, sin dudas, un acontecimiento mundial por múltiples razones: su pertenencia a Latinoamérica, su origen jesuita y sus manifiestos gestos de humildad –dignos de un guión muy bien escrito– hacen de Francisco una suerte de actualización vivificante y contemporánea de la figura de San Francisco de Asís. Su asunción supuso para muchos el comienzo de transformaciones esperanzadoras en la Iglesia, seguros de que el Vaticano ha terminado por reconocer cambios geopolíticos en un mundo en crisis, en el cual regiones antes periféricas como Occidente y América latina disputan el peso global y desplazan a Europa del centro del catolicismo.
En el escenario político argentino un abanico de interpretaciones y diferencias ideológicas invadieron la escena pública los días posteriores a su elección, diferencias que con el correr de las horas fueron mermando en una comunión significativa entre los diversos actores políticos. El Papa logró sintetizar, al menos por unos días, contradicciones que parecían insalvables desde el punto de vista político, una demostración contundente del poder fáctico y real de la Iglesia.
A partir de su asunción como sumo Pontífice, un enorme despliegue de imágenes y sucesos referidos a Bergoglio acompañan nuestra cotidianeidad, amplificados por los medios masivos de comunicación. Al igual que en el realismo mágico, lo que en otro momento podía ser extraño o irreal, se presentó como cotidiano y común: la imagen de Francisco I aparece en la peluquería, en la zapatería o en la carnicería del barrio. Un menú en un bar porteño ofrece un contundente bife de chorizo llamado “Francisco”, por otro lado se puede escuchar la cumbia papal de Yayo o ver el programa de Discovery Channel “El papa de las Américas” que traza un perfil a modo documental sobre la vida de Francisco. Así, la papamanía satura nuestra cotidianeidad.
Esto pudo verse durante los días en los que el Papa estuvo en Río de Janeiro con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento que movilizó a casi 3 millones de jóvenes de 190 países del mundo. Al igual que en otros momentos, el Papa se salió del protocolo, saludó afectuosamente a los congregados que se abalanzaban para tocarlo, tomó mate dentro del papa móvil, instó a los jóvenes argentinos a “hacer lío” para que la Iglesia salga a la calle y en su vuelo de regreso a Roma, manifestó ante los periodistas que lo acompañaban: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”
En los días posteriores a su visita a Río, se pegaron afiches en Ciudad de Buenos Aires de la figura papal junto a Cristina e Insaurralde, fue tapa de la Revista Gente y Aptra le hizo un homenaje en la entrega de los premios “Martín Fierro”, en un teatro Colón colmado por figuras del espectáculo.
La dimensión cultural del “efecto Bergoglio” no se agota sólo en esta secuencia de gestos, expresiones y apariciones públicas sino que debemos pensar su productividad en el entramado de la experiencia social. Me refiero a la manera en que el poder de la Iglesia se distribuye e influye en lo concreto de los distintos espacios sociales y sus instituciones. Más allá de la alegría o el orgullo que pueda significar para muchos que el Papa sea argentino, lo que no podemos negar es la reconfiguración de la Iglesia como actor político de peso en el esquema de poder real y sus posibles efectos.
Sabemos que el Estado y las instituciones, entre las cuales está la Iglesia, operan sobre nuestras vidas singulares y colectivas determinando muchas veces cómo y dónde podemos movernos, asociarnos, trabajar, hablar y decidir sobre nuestras creencias y valores. Por esa razón, debemos dimensionar los efectos de este acontecimiento. Cabe entonces preguntarnos: ¿qué efectos performativos sobre nuestras vidas se podrán suceder a partir de este resurgir de la Iglesia? ¿Cómo se darán las nuevas articulaciones entre Iglesia y Estado en sus múltiples niveles? ¿Cuáles serán las formas de las relaciones entre los poderes eclesiásticos, políticos y las corporaciones? ¿Qué avances serán posibles para determinar la complicidad de la Iglesia en la dictadura militar argentina? ¿Qué pasará con la ley del aborto legal, seguro y gratuito? Estas preguntas no tienen réplicas certeras a priori, pero requieren ser formuladas con cierta hondura. Lejos de respuestas ingenuas, el verdadero desafío para nuestra experiencia política y democrática será seguir sosteniendo estos interrogantes como parte del debate social más allá de que “Dios sea argentino”.

domingo, 21 de julio de 2013

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Domingo 21 de julio de 2013

Ángeles, la víctima


Por  Alejandra Rodríguez Lic. en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior.
Desde que se conoció la muerte de Ángeles Rawson, la maquinaria mediática nos invita insistentemente a participar del minuto a minuto del caso. Como si se tratara de un continuado de la serie Criminal Minds en tiempo real. Su posible resolución se actualiza en cada movimiento de la Justicia y la policía, televisado en vivo y en directo. Participamos, cual espectadores interactivos, en el día a día de los vericuetos judiciales e investigativos del crimen, no sólo observando los acontecimientos sino, en muchos casos, tomando partido por alguno de los involucrados en la causa. Muchos formadores de opinión presentan y comentan el caso diariamente al mejor estilo de Sherlock Holmes. Los programas de chimentos y de noticias hicieron del caso el eje de su programación, tal es así que las figuras del espectáculo y las celebridades televisivas fueron reemplazadas por un coro compuesto por especialistas en criminología, peritos, médicos psiquiatras o abogados que recorren los distintos programas, opinando, conjeturando, interpretando el hallazgo de supuestas evidencias o, en muchos casos, de sus ausencias. Todos creen tener elementos para conjeturar sus hipótesis del crimen. A partir de aquellos datos que la Justicia revela, cada cual arma su juego. Así, la narrativa mediática hegemónica no sólo se ocupa de explicar el crimen sino que impone una manera de comprenderlo, abordarlo y pensarlo: la crónica policial.
La reiteración incansable de fotos de Ángeles presentadas en pantalla dividida con la imagen de Mangeri, el portero, saliendo de Tribunales esposado y escoltado por policías, mientras una voz en off cuenta las últimas novedades de la investigación. Así, el caso se actualiza en la instancia del espectáculo, en esta imagen repetida una y mil veces. En la lógica de la maquinaria mediática el crimen-espectáculo no puede ser clausurado. El negocio de lucrar con el morbo. Así funciona el poder del relato televisivo.
La pregunta por los motivos de la pregnancia del caso en la opinión pública, debería ser un punto de partida para desplegar reflexiones que permitan trazar algunas respuestas, más allá de la crónica policial o el morbo social. ¿Qué tipo de subjetividad se produce a partir de su espectacularización? ¿Qué planteos sociales están ausentes a la hora de narrar el crimen? ¿Qué puede decir de la sociedad este caso? ¿Para qué se usa el morbo?
En el capítulo 5 de El decálogo de Kristoff Kieslowsky, el juez Eugenio Zaffaroni reflexionó sobre la culpa a partir del film No matarás, en cuya trama un joven asesina sin motivo alguno a un taxista y es condenado a la pena de muerte. “Estaban todos contra mí”, dice el protagonista antes de su ejecución. Zaffaroni se preguntó entonces por qué la sociedad apela a una medida de venganza como la pena máxima. El hecho es el pretexto para estar con el acusado, dijo después. Siguiendo su misma línea de reflexión, ¿el caso Ángeles es un pretexto para estar con el acusado o con la víctima? ¿Es posible inscribir su muerte en la cadena de femicidios que se vienen sucediendo en nuestra sociedad? Ojalá este caso sea un pretexto para estar con la víctima, para estar con Ángeles y con todas aquellas mujeres víctimas de la violencia.
Por último, ¿qué posibilidades quedan? Tal vez se trate de construir o reponer otras narrativas que se desmarquen de la “crónica policial” impuesta por la maquinaria comunicativa.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Página/12


  Publicado en Página 12 el viernes 23 de noviembre de 2012


 Por: Alejandra Rodríguez*

Las manifestaciones del 13S y el 8N, que congregaron un número importante de personas sin liderazgos o estructuras políticas definidas, se presentan como acontecimientos que invitan a pensar los límites y alcances de la política en el presente.
En ambas manifestaciones se expresaron distintos reclamos: el de la inseguridad, la inflación, la libertad de expresión y otras demandas parciales alternadas con frases y cánticos reaccionarios y con apelaciones a la soberbia en el estilo de gestión y a la poca capacidad de escucha por parte del Gobierno. No estuvieron presentes entre las demandas la aparición con vida de Julio López o la reforma de una política tributaria, entre otras. Fue una marcha de los sectores medios, aquellos que, paradójicamente, gracias a medidas políticas implementadas por el gobierno nacional, han aumentado en el último tiempo su capacidad de consumo. Esto, más allá del rótulo fácil que supone decir “no sé de qué te quejás, si a vos no te va mal”, es algo que debe ser problematizado, formulando preguntas que ayuden a comprender cuáles son los resortes que se mueven entre esas subjetividades políticas, aunque no se compartan sus razones.
Una de las críticas que se les hace a los manifestantes es la de no tener representatividad. Ser disconformes sin proyecto, sin partido político, sin líderes que los representen, lo que supone –desde el punto de vista de quienes esgrimen estos argumentos– que carecen de legitimidad en términos políticos. En ambas marchas se levantaron múltiples slogans, si bien algunos estuvieron más cercanos a reclamos de corte liberal que a expresiones de los sectores populares, debemos reconocer que la multitud que salió a la calle no integra un grupo de fascistas destituyentes organizados. Instalar este relato empobrece la comprensión de lo sucedido y supone no querer escuchar ni ver en su amplia dimensión lo acontecido. Nadie podría negar que existió una dimensión organizativa y que las corporaciones mediáticas hicieron lo suyo, sobretodo en el 8N, ya que el 13S tuvo un carácter más espontáneo, pero lo que tampoco se puede negar es que se trató de una expresión de descontento ciudadano. Muchos de ellos manifestaron su disconformidad con la actual representación política, no sólo del gobierno nacional, sino también de la dirigencia en su conjunto. Si algo caracterizó a los manifestantes fue su carácter de “no representados”. Pero la política no sólo es la manifestación de sujetos representados con un claro liderazgo o ciudadanos que votan en los comicios. La política es también esa irrupción, aunque sus voces resulten antipáticas. Reconocerlas supone tener una mirada amplia y plural sobre la democracia. No como negación, indiferencia o mediante la rotulación simplista que ve en ellas sólo expresiones antipopulares o destituyentes. Explicaciones tranquilizadoras para quienes se sitúan en la vereda de enfrente, pero poco constructivas como lectura política ya que, lejos de dimensionar su complejidad, la simplifica. Resulta más sencillo ver a los manifestantes con el prisma de estereotipos variados de los más retrógrados y así diferenciarse de ellos, que asumir la tarea incómoda de formular preguntas acerca de sus porqué, aquello que los moviliza y los motivos de su descontento. Allí donde se anteponen explicaciones se pierden posibilidades de entender. En vez de hacer la constante reafirmación metonímica de tomar la parte por el todo y de adoptar explicaciones dicotómicas, convendría intentar una escucha atenta, proponerse ver la imagen en su compleja composición, con sus matices y sus grises.
Las subjetividades políticas se labran día a día en la experiencia social y en la posibilidad de verificar el efecto de la política en las propias vidas, por lo tanto no se pueden subsumir al voto ni suponen que exista una representación directa entre ellas y los comicios. Asumo entonces este ejercicio dialéctico que demando y pregunto: ¿qué tipo de subjetividades políticas son las que se están labrando en la experiencia social? ¿Qué hace la política para no ser sólo el voto obligatorio o la marcha heterogénea, desarticulada y reaccionaria? ¿Qué hace la política para incluir estas disidencias en el marco de un proyecto? ¿Qué nos están diciendo estas movilizaciones? ¿Qué sucede allí donde implosionan estas expresiones que surgen por fuera de la política representativa? La lectura de la realidad debería suponer interpelaciones y volver en forma de preguntas sobre la política, así se fortalece la experiencia democrática.

* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior.