domingo, 11 de agosto de 2013

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Año 6. Edición número 273. 

Domingo 11 de Agosto de 2013


El efecto Bergoglio

Por  Alejandra Rodríguez. Licenciada en Artes Combinadas (UBA)   
 contacto@miradasalsur.com

La elección del cardenal Jorge Bergoglio como Obispo de Roma es, sin dudas, un acontecimiento mundial por múltiples razones: su pertenencia a Latinoamérica, su origen jesuita y sus manifiestos gestos de humildad –dignos de un guión muy bien escrito– hacen de Francisco una suerte de actualización vivificante y contemporánea de la figura de San Francisco de Asís. Su asunción supuso para muchos el comienzo de transformaciones esperanzadoras en la Iglesia, seguros de que el Vaticano ha terminado por reconocer cambios geopolíticos en un mundo en crisis, en el cual regiones antes periféricas como Occidente y América latina disputan el peso global y desplazan a Europa del centro del catolicismo.
En el escenario político argentino un abanico de interpretaciones y diferencias ideológicas invadieron la escena pública los días posteriores a su elección, diferencias que con el correr de las horas fueron mermando en una comunión significativa entre los diversos actores políticos. El Papa logró sintetizar, al menos por unos días, contradicciones que parecían insalvables desde el punto de vista político, una demostración contundente del poder fáctico y real de la Iglesia.
A partir de su asunción como sumo Pontífice, un enorme despliegue de imágenes y sucesos referidos a Bergoglio acompañan nuestra cotidianeidad, amplificados por los medios masivos de comunicación. Al igual que en el realismo mágico, lo que en otro momento podía ser extraño o irreal, se presentó como cotidiano y común: la imagen de Francisco I aparece en la peluquería, en la zapatería o en la carnicería del barrio. Un menú en un bar porteño ofrece un contundente bife de chorizo llamado “Francisco”, por otro lado se puede escuchar la cumbia papal de Yayo o ver el programa de Discovery Channel “El papa de las Américas” que traza un perfil a modo documental sobre la vida de Francisco. Así, la papamanía satura nuestra cotidianeidad.
Esto pudo verse durante los días en los que el Papa estuvo en Río de Janeiro con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento que movilizó a casi 3 millones de jóvenes de 190 países del mundo. Al igual que en otros momentos, el Papa se salió del protocolo, saludó afectuosamente a los congregados que se abalanzaban para tocarlo, tomó mate dentro del papa móvil, instó a los jóvenes argentinos a “hacer lío” para que la Iglesia salga a la calle y en su vuelo de regreso a Roma, manifestó ante los periodistas que lo acompañaban: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”
En los días posteriores a su visita a Río, se pegaron afiches en Ciudad de Buenos Aires de la figura papal junto a Cristina e Insaurralde, fue tapa de la Revista Gente y Aptra le hizo un homenaje en la entrega de los premios “Martín Fierro”, en un teatro Colón colmado por figuras del espectáculo.
La dimensión cultural del “efecto Bergoglio” no se agota sólo en esta secuencia de gestos, expresiones y apariciones públicas sino que debemos pensar su productividad en el entramado de la experiencia social. Me refiero a la manera en que el poder de la Iglesia se distribuye e influye en lo concreto de los distintos espacios sociales y sus instituciones. Más allá de la alegría o el orgullo que pueda significar para muchos que el Papa sea argentino, lo que no podemos negar es la reconfiguración de la Iglesia como actor político de peso en el esquema de poder real y sus posibles efectos.
Sabemos que el Estado y las instituciones, entre las cuales está la Iglesia, operan sobre nuestras vidas singulares y colectivas determinando muchas veces cómo y dónde podemos movernos, asociarnos, trabajar, hablar y decidir sobre nuestras creencias y valores. Por esa razón, debemos dimensionar los efectos de este acontecimiento. Cabe entonces preguntarnos: ¿qué efectos performativos sobre nuestras vidas se podrán suceder a partir de este resurgir de la Iglesia? ¿Cómo se darán las nuevas articulaciones entre Iglesia y Estado en sus múltiples niveles? ¿Cuáles serán las formas de las relaciones entre los poderes eclesiásticos, políticos y las corporaciones? ¿Qué avances serán posibles para determinar la complicidad de la Iglesia en la dictadura militar argentina? ¿Qué pasará con la ley del aborto legal, seguro y gratuito? Estas preguntas no tienen réplicas certeras a priori, pero requieren ser formuladas con cierta hondura. Lejos de respuestas ingenuas, el verdadero desafío para nuestra experiencia política y democrática será seguir sosteniendo estos interrogantes como parte del debate social más allá de que “Dios sea argentino”.

domingo, 21 de julio de 2013

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Domingo 21 de julio de 2013

Ángeles, la víctima


Por  Alejandra Rodríguez Lic. en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior.
Desde que se conoció la muerte de Ángeles Rawson, la maquinaria mediática nos invita insistentemente a participar del minuto a minuto del caso. Como si se tratara de un continuado de la serie Criminal Minds en tiempo real. Su posible resolución se actualiza en cada movimiento de la Justicia y la policía, televisado en vivo y en directo. Participamos, cual espectadores interactivos, en el día a día de los vericuetos judiciales e investigativos del crimen, no sólo observando los acontecimientos sino, en muchos casos, tomando partido por alguno de los involucrados en la causa. Muchos formadores de opinión presentan y comentan el caso diariamente al mejor estilo de Sherlock Holmes. Los programas de chimentos y de noticias hicieron del caso el eje de su programación, tal es así que las figuras del espectáculo y las celebridades televisivas fueron reemplazadas por un coro compuesto por especialistas en criminología, peritos, médicos psiquiatras o abogados que recorren los distintos programas, opinando, conjeturando, interpretando el hallazgo de supuestas evidencias o, en muchos casos, de sus ausencias. Todos creen tener elementos para conjeturar sus hipótesis del crimen. A partir de aquellos datos que la Justicia revela, cada cual arma su juego. Así, la narrativa mediática hegemónica no sólo se ocupa de explicar el crimen sino que impone una manera de comprenderlo, abordarlo y pensarlo: la crónica policial.
La reiteración incansable de fotos de Ángeles presentadas en pantalla dividida con la imagen de Mangeri, el portero, saliendo de Tribunales esposado y escoltado por policías, mientras una voz en off cuenta las últimas novedades de la investigación. Así, el caso se actualiza en la instancia del espectáculo, en esta imagen repetida una y mil veces. En la lógica de la maquinaria mediática el crimen-espectáculo no puede ser clausurado. El negocio de lucrar con el morbo. Así funciona el poder del relato televisivo.
La pregunta por los motivos de la pregnancia del caso en la opinión pública, debería ser un punto de partida para desplegar reflexiones que permitan trazar algunas respuestas, más allá de la crónica policial o el morbo social. ¿Qué tipo de subjetividad se produce a partir de su espectacularización? ¿Qué planteos sociales están ausentes a la hora de narrar el crimen? ¿Qué puede decir de la sociedad este caso? ¿Para qué se usa el morbo?
En el capítulo 5 de El decálogo de Kristoff Kieslowsky, el juez Eugenio Zaffaroni reflexionó sobre la culpa a partir del film No matarás, en cuya trama un joven asesina sin motivo alguno a un taxista y es condenado a la pena de muerte. “Estaban todos contra mí”, dice el protagonista antes de su ejecución. Zaffaroni se preguntó entonces por qué la sociedad apela a una medida de venganza como la pena máxima. El hecho es el pretexto para estar con el acusado, dijo después. Siguiendo su misma línea de reflexión, ¿el caso Ángeles es un pretexto para estar con el acusado o con la víctima? ¿Es posible inscribir su muerte en la cadena de femicidios que se vienen sucediendo en nuestra sociedad? Ojalá este caso sea un pretexto para estar con la víctima, para estar con Ángeles y con todas aquellas mujeres víctimas de la violencia.
Por último, ¿qué posibilidades quedan? Tal vez se trate de construir o reponer otras narrativas que se desmarquen de la “crónica policial” impuesta por la maquinaria comunicativa.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Página/12


  Publicado en Página 12 el viernes 23 de noviembre de 2012


 Por: Alejandra Rodríguez*

Las manifestaciones del 13S y el 8N, que congregaron un número importante de personas sin liderazgos o estructuras políticas definidas, se presentan como acontecimientos que invitan a pensar los límites y alcances de la política en el presente.
En ambas manifestaciones se expresaron distintos reclamos: el de la inseguridad, la inflación, la libertad de expresión y otras demandas parciales alternadas con frases y cánticos reaccionarios y con apelaciones a la soberbia en el estilo de gestión y a la poca capacidad de escucha por parte del Gobierno. No estuvieron presentes entre las demandas la aparición con vida de Julio López o la reforma de una política tributaria, entre otras. Fue una marcha de los sectores medios, aquellos que, paradójicamente, gracias a medidas políticas implementadas por el gobierno nacional, han aumentado en el último tiempo su capacidad de consumo. Esto, más allá del rótulo fácil que supone decir “no sé de qué te quejás, si a vos no te va mal”, es algo que debe ser problematizado, formulando preguntas que ayuden a comprender cuáles son los resortes que se mueven entre esas subjetividades políticas, aunque no se compartan sus razones.
Una de las críticas que se les hace a los manifestantes es la de no tener representatividad. Ser disconformes sin proyecto, sin partido político, sin líderes que los representen, lo que supone –desde el punto de vista de quienes esgrimen estos argumentos– que carecen de legitimidad en términos políticos. En ambas marchas se levantaron múltiples slogans, si bien algunos estuvieron más cercanos a reclamos de corte liberal que a expresiones de los sectores populares, debemos reconocer que la multitud que salió a la calle no integra un grupo de fascistas destituyentes organizados. Instalar este relato empobrece la comprensión de lo sucedido y supone no querer escuchar ni ver en su amplia dimensión lo acontecido. Nadie podría negar que existió una dimensión organizativa y que las corporaciones mediáticas hicieron lo suyo, sobretodo en el 8N, ya que el 13S tuvo un carácter más espontáneo, pero lo que tampoco se puede negar es que se trató de una expresión de descontento ciudadano. Muchos de ellos manifestaron su disconformidad con la actual representación política, no sólo del gobierno nacional, sino también de la dirigencia en su conjunto. Si algo caracterizó a los manifestantes fue su carácter de “no representados”. Pero la política no sólo es la manifestación de sujetos representados con un claro liderazgo o ciudadanos que votan en los comicios. La política es también esa irrupción, aunque sus voces resulten antipáticas. Reconocerlas supone tener una mirada amplia y plural sobre la democracia. No como negación, indiferencia o mediante la rotulación simplista que ve en ellas sólo expresiones antipopulares o destituyentes. Explicaciones tranquilizadoras para quienes se sitúan en la vereda de enfrente, pero poco constructivas como lectura política ya que, lejos de dimensionar su complejidad, la simplifica. Resulta más sencillo ver a los manifestantes con el prisma de estereotipos variados de los más retrógrados y así diferenciarse de ellos, que asumir la tarea incómoda de formular preguntas acerca de sus porqué, aquello que los moviliza y los motivos de su descontento. Allí donde se anteponen explicaciones se pierden posibilidades de entender. En vez de hacer la constante reafirmación metonímica de tomar la parte por el todo y de adoptar explicaciones dicotómicas, convendría intentar una escucha atenta, proponerse ver la imagen en su compleja composición, con sus matices y sus grises.
Las subjetividades políticas se labran día a día en la experiencia social y en la posibilidad de verificar el efecto de la política en las propias vidas, por lo tanto no se pueden subsumir al voto ni suponen que exista una representación directa entre ellas y los comicios. Asumo entonces este ejercicio dialéctico que demando y pregunto: ¿qué tipo de subjetividades políticas son las que se están labrando en la experiencia social? ¿Qué hace la política para no ser sólo el voto obligatorio o la marcha heterogénea, desarticulada y reaccionaria? ¿Qué hace la política para incluir estas disidencias en el marco de un proyecto? ¿Qué nos están diciendo estas movilizaciones? ¿Qué sucede allí donde implosionan estas expresiones que surgen por fuera de la política representativa? La lectura de la realidad debería suponer interpelaciones y volver en forma de preguntas sobre la política, así se fortalece la experiencia democrática.

* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de educación superior.

sábado, 8 de septiembre de 2012



Página/12


Publicado en Página 12, 08 de septiembre de 2012.
EL PAIS › OPINION

La pluralidad parcial

Por Alejandra Rodríguez *

Desde hace un tiempo sostengo que las condiciones actuales de los debates políticos se inscriben bajo el imperio de la lógica binaria. Estos se presentan en una encrucijada difícil de resolver, ya que resulta complejo definirse kirchnerista y criticar alguna medida del Gobierno, o no serlo y defenderla.

La idea principal que quisiera poner en cuestión, a partir del debate surgido en estos últimos días, es la falsa antinomia que plantean quienes sostienen que oponerse al imperio de la lógica binaria supone ser un adherente de la “pospolítica”, una política sin antagonismos que elimina la dimensión conflictiva. Alimentar esta contraposición es un razonamiento, al menos, reduccionista. No es posible la política sin conflicto, sin correlación de fuerzas, sin lucha de intereses, sentidos e interpretaciones de los hechos. Pero reconocer su dimensión antagónica no supone encasillar los conflictos en dos campos definidos: kirchnerismo–antikirchnerismo. Justamente porque esos conflictos y esos intereses son múltiples, complejos, simplificamos su comprensión cuando intentamos polarizarlos. Reconocerlos en su pluralidad supone tener una visión democrática de la política. Si nos denominamos plurales, no podemos serlo de manera parcial, es necesario ser plurales no sólo para hablar de las conformaciones heterogéneas de las sociedades modernas, ésa es una lectura que le corresponde a la sociología. La pluralidad en términos políticos supone reconocer la complejidad de los múltiples conflictos sin etiquetarlos compulsivamente en derecha-izquierda, progresista-liberal, etcétera.

Restringir la mirada plural contribuye a la emergencia de un discurso hegemónico que construye en un “otro” antagónico a cualquiera que no acate en bloque las medidas del oficialismo y acusa de traidor y opositor al que señale cualquier contradicción entre las políticas y las prácticas y la lógica del modelo que se pretende defender. En muchos casos, el discurso hegemónico choca con las prácticas concretas de los sujetos que lo fogonean y reduce el pluralismo a la antinomia.

Ahora bien, la lógica binaria en la polarización política se reproduce en la circulación de las ideas, en los murmullos de la gente, eso que puede parecer intangible es una dimensión sustantiva de la vida en democracia, el caldo de cultivo en el que la política se alimenta y se construye cotidianamente. Es importante escuchar qué sucede en esos territorios. No se es menos kirchnerista por hacer esa escucha atenta. En este sentido, pregunto: ¿es posible reconocerse protagonista y constructor del proyecto nacional y popular en marcha, no identificarse con la oposición política ni con las corporaciones mediáticas, pero tener puntos críticos y desacuerdos con el kirchnerismo?

Algunas posiciones argumentan que el pluralismo lógico de toda sociedad no es incompatible con un reagrupamiento dentro de bloques más homogéneos que pretendan alcanzar cierta hegemonía política. Esta postura intenta trazar una línea divisoria de dos polos político-ideológicos: los neoliberales, que sostienen que las ideologías terminaron con el fin de instalar un neoliberalismo hegemónico, y los progresistas, que pretenden no dejarse engañar por este discurso. El pluralismo pretendido sería desde esa óptica apenas un argumento engañoso para instalar una visión o mirada unívoca sobre lo social. Nada invalida que las posiciones políticas puedan reagruparse, pero el que sean dos bloques, y no tres o cuatro, es arbitrario. Pero si aún todos coincidiéramos en que la línea divisoria está trazada “objetivamente” entre liberalismo-progresismo, este reagrupamiento de identidades sólo sería conciliador de la multiplicidad si se las reconociera y no se las invalidara. Lo más grave de todo es que la díada etiquetadora de derecha-izquierda, y de buenos y malos, lleva a asignar la etiqueta más solapada de amigo-enemigo.

Entonces, ¿es posible admitir prácticas plurales cuando la política es comprendida como una guerra, donde el que piensa diferente es etiquetado y convertido en un enemigo que debe ser combatido? La política tiene su cuota de disputa, sería imposible negarlo, pero una cosa es disputar en la diferencia reconocida, en el intercambio, y otra en la negación y el rotulamiento, tanto dentro como fuera del mismo espacio político.

Desde esta lógica, toda crítica al gobierno progresista es considerada una crítica de derecha, neoliberal, del enemigo o bien de un alma bella dedicada al análisis teórico y abstracto que desconoce la esencia misma de lo político. No cabe otra opción dentro del pensamiento binario etiquetador. Se pretende ingenuidad o mala intención allí donde hay crítica o disidencia. No, no idealizo a la política, sé de su espíritu de contienda, pero aquí no se trata de eso, sino de dónde y cómo se trazan los campos de “lucha” y de qué modo esa línea grotesca inhibe el desarrollo de nuestra cultura política.

* Licenciada en Artes Combinadas (UBA), docente de Educación Superior.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Sobre el imperio de la antinomias...


Entrevista que me hicieron en el programa radial "Rios de Tinta Tigres de Papel" el domingo 13 de agosto, luego de la publicación de mi artículo "El imperio de las antinomias" en el diario La Nación.


http://arinfoaudios.homeip.net/entrevistas/alejandrarodriguez.mp3


jueves, 9 de agosto de 2012



Jueves 09 de agosto de 2012 | Publicado en edición impresa


El imperio de las antinomias

Por Alejandra Rodríguez  | Para LA NACION

En los últimos tiempos, el debate político se ha tornado complejo, empobrecido en una encerrona de la que resulta difícil desmarcarse. El escenario social y cultural que se presenta como continente se delimita entre dos campos definidos: el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Tal es así que resulta casi imposible reconocerse kirchnerista y criticar alguna medida del Gobierno, o bien no serlo y defenderla. El kirchnerismo y el antikirchnerismo funcionan como lugares desde los que se pueden anticipar y explicar los comportamientos, las intenciones y los efectos de las palabras. De modo tal que las opiniones se ven condicionadas a priori en una suerte de lógica antinómica mediante la cual se está de un lado o del otro.
En un programa televisivo por Canal Encuentro, Adrián Paenza nos recuerda que el sistema binario está incorporado en nuestra vida cotidiana como forma de proceder para interpretar el mundo que nos rodea y que podemos escribir con 0 y 1 cualquier número hasta el infinito, así como codificar textos e imágenes. Ahora bien, ¿qué pasa cuando trasladamos esta lógica a la política? ¿Qué sucede si utilizamos la lógica de los sistemas binarios a la hora de abrir los debates? Es ahí donde la matemática encuentra sus límites ya que no alcanza como herramienta para la comprensión o la argumentación política. Por definición, la lógica de los sistemas binarios supone imaginar un escenario dividido en dos con la grave consecuencia de poner de un lado todo lo que no está del otro. Entonces, el destino del debate de ideas resulta inexorablemente empobrecido.
La coyuntura política viene marcando la agenda de debate público, para el que debemos pagar -a modo de peaje- con una toma de partido por una u otra posición antes de abrir diálogo alguno. De este modo, nuestras argumentaciones quedan encasilladas en algún lugar del tablero. La dicotomía se impone sobre el juicio reflexivo, aquel que se caracteriza por constituirse como juicio con otros, entre otros. Entonces, la palabra termina siendo ruido y el diálogo un "como si", porque dialogar supone estar dispuestos a pararnos en el lugar del otro, no para pensar como él, pero sí para incorporar su punto de vista, para conocer sus valores, sus razones e incluso para reafirmar las propias posiciones. El diálogo político supone la voluntad de desplazar las certezas, a riesgo de que éstas se vean modificadas; se trata de buscar el entendimiento aun en el desacuerdo.
El debate y el intercambio de ideas son condimentos indispensables para el fortalecimiento de la vida democrática, porque la democracia no se garantiza con un porcentaje determinado de votos, al menos, no, la democracia real, aquella que se sostiene con una ciudadanía activa, participante, dispuesta al ejercicio de la palabra y a la verificación constante de las elecciones y decisiones.
Es imposible pensar la búsqueda de entendimiento y la profundización de los procesos de transformación social sin incorporar la crítica, y ser críticos no significa desconocer lo avanzado o estar "en contra de"; es importantísimo consolidar los logros conseguidos, pero esto no debe imposibilitarnos para revisar los pasos que seguimos dando, ni el replanteo de ideas, ni dejar de lado la capacidad autorreflexiva.
Mucho se habla del cambio cultural como un desafío de este tiempo, y sin duda se vienen dando avances muy importantes en este sentido, pero la cultura se transforma cuando incluye. Y una inclusión que no debe ser excluyente en ninguno de los aspectos que hacen a la vida en comunidad. Nos distanciamos de las posibilidades del cambio cultural cuando excluimos de antemano o rotulamos al que no piensa igual que nosotros o cuando agudizamos las confrontaciones bajo la concepción simplista de un "ellos" vs. un "nosotros". La pregunta que nos formulamos es si seremos capaces como sociedad de avanzar hacia la superación de la concepción binaria de la política.
Sabemos que cuando las corporaciones mediáticas hegemonizan la interpretación de los acontecimientos sus consecuencias son negativas en el seno de la vida social, sucede también lo propio cuando se hegemoniza la experiencia política, invalidando aquello que no entra en el molde. Tal vez venga bien recordarnos que los proyectos políticos y las transformaciones sociales son el resultado del trabajo de conjunto, nunca son propiedad de algunas agrupaciones, espacios o personas, aunque sean estos dinamizadores, gestores o representantes elegidos por el voto popular. La construcción de un país inclusivo para todos no es privativa de quienes militan en un espacio determinado o de quienes ocupan cargos en el poder superestructural. El proyecto nacional, con sus logros y desafíos pendientes, es propiedad, construcción y responsabilidad de todos.
© La Nacion.

sábado, 31 de marzo de 2012


Lo que la tragedia dejó: el espectáctulo y las palabras

Por Alejandra Rodríguez

A poco más un mes de la tragedia del tren de la línea Sarmiento que tuvo como consecuencia 51 muertos y más de 700 heridos - una de las tragedias ferroviarias más significativas de nuestra historia -nos permitimos reflexionar sobre dos dimensiones abiertas a partir de lo sucedido: la espectacularización de la muerte y el poder de las palabras.

El corolario de los aciagos días posteriores al choque, fue el hallazgo del cuerpo sin vida de Lucas Menghini Rey (20) entre los vagones del tren siniestrado, tras dos días de intensa búsqueda por parte de sus padres. Mientras Lucas no aparecía, el tiempo estuvo suspendido por la incertidumbre, los interrogantes y las elucubraciones. Lucas no estaba en ningún lugar, nadie sabía de él, ni sus padres, ni la empresa, ni el Estado. Durante ese tiempo, entre el desasosiego social teñido de perplejidad, circulaban preguntas ¿Dónde estará? ¿Habrá subido efectivamente al tren? ¿Estará bajo efecto de shock en algún recóndito lugar de la ciudad? La confirmación de que Lucas se sumaba a la lista de víctimas fatales y que además su cuerpo permaneció entre los hierros del tren, sin que nadie se percatara de esto durante más de 50 horas, hizo de su rostro joven, un símbolo de la tragedia. En su rostro, el de todos los demás muertos. Su nombre, Lucas, condensó las posibilidades de sentidos, de impotencias y dolores compartidos socialmente.


Mientras tanto, apenas sucedido el siniestro y con el correr de las horas, se esperaban las palabras de la Presidenta, las que llegaron con contundencia días después de la tragedia. Este reclamo murmurado y amplificado por los medios de comunicación, fue leído desde muchos sectores como una demanda innecesaria, se argumentaba que la Presidenta está gobernando igual, que ha tomado decisiones a través de sus Ministros y que fue siguiendo paso a paso lo sucedido. Ahora bien, por qué no pensar e interpretar esta demanda o necesidad de pronunciamiento público como algo positivo, como un indicador social que da cuenta de la madurez de nuestra experiencia democrática. Donde no hay palabras, hay violencia y especulaciones. Donde el relato instituyente de la política está ausente, funcionan y operan otros relatos. Así, la desestabilizadora estrategia mediática hizo lo suyo como contrapunto del silencio presidencial. El relato de la tragedia fue reactualizado en la instancia del espectáculo, en cada imagen proyectada una y mil veces, porque para la lógica de la maquinaria mediática, la tragedia no puede ser jamás clausurada. La reiteración incansable de las imágenes del dolor, alimentando el morbo, acompañadas por música incidental y por voces dispersas, maniqueas, abocadas poco a informar, pero enérgicas haciendo leña del árbol caído. Así funciona el poder del relato televisivo, sabemos que el poder no se posee como un bien; es una relación desigual que se ejerce, circula, funciona en cadena, reticular y transversalmente  al cuerpo social.


En este escenario, se inscribe el relato de la Presidenta, su palabra pública instituyente, que re ordena, organiza, habilita la posibilidad de reconfigurar una vez más los resortes estratégicos de la política. En uno de sus discursos al comenzar su primer mandato Cristina Fernández dijo: “lo esencial de mi gobierno es el relato” y el relato es aquello que le da sentido a los acontecimientos, a las acciones, al devenir. La palabra pública ante el dolor público, como la sabia que brota de la corteza del árbol social, es lo que puede reencauzar el porvenir, trazar alguna explicación sobre lo sucedido.
Es la palabra del anuncio y la de los hechos, la palabra como puente extendido, como un input que emerge en medio del dolor y la incertidumbre, como lugar de lo común aún en el desacuerdo. Pero también es palabra con sentido de responsabilidad, que incorpora sus efectos sociales, que dimensiona su productividad, su receptividad, que se expresa en el anuncio de las decisiones y en la búsqueda de cooperación. Entonces, es tan necesario decir como querer escuchar, porque así se teje la autoreflexividad colectiva de los pueblos, en una interacción de todos, en un intercambio dialógico indispensable en la conversación social democrática. En este sentido,  y como parte de esta conversación social,  se expresaron los padres de Lucas, sus palabras legitimadas desde el dolor, exigentes de respeto y justicia, interpelaron el relato mediático: “Debemos pensar alguna vez, lo antes posible, que ninguna imagen, ningún sonido, ninguna supuesta primicia  puede violentar el derecho básico a la intimidad de las personas  como nos pasó el viernes a la tarde, cuando anunciaron la muerte de nuestro hijo sin que nosotros tuviésemos la confirmación oficial. Después me esperaron en la morgue, nunca más puede ser visualmente atractivo para nadie ver la imagen de un padre entrando allí a reconocer el cuerpo de su hijo, la obligación de imponer un cambio es nuestra, como trabajadores de prensa pero sobre todo como seres humanos que es una instancia superior a cualquier trabajo”, expresó Paolo Menghini, quien se desempeña como editor en la Televisión Pública.


La palabra reconfigura, abre, alivia, posibilita y funda la construcción del reverso de la  tragedia. De ese modo opera su poder instituyente, como el movimiento  ondulatorio de una red puesta al viento, porque el poder es productivo y sus fuerzas se definen por su capacidad de afectar para bien o para mal la vida de los más.
Hoy, la imagen de Lucas reposicionada en el tiempo de su no aparición, es una presencia ausente, un reaparecido, un recuerdo presente de un pasado siempre por venir en el futuro, si la justicia y la voluntad política no actúan. Una promesa de justicia, una promesa de igualdad cuyo enlace debe ser verificado cada vez más en nuestras vidas singulares y colectivas. Lucas, un ser con la política de la memoria.